Idiomas y Mundos


Heraldo de Soria 
19 de septiembre 2002 /
 19 de junio de 2003


CODIGOS DIFERENTES

19 de septiembre 2002

Jesús Bozal Alfaro

 

El curso está a punto de comenzar. Los libros, los cuadernos y los bolígrafos se preparan para trabajar con códigos nuevos de comunicación. Se llaman idiomas y son las lenguas oficiales de países vecinos o lejanos. En principio: Francia, Italia, Alemania, Inglaterra. Sin embargo, el francés y el inglés se hablan en muchos otros países. También aquí, entre nosotros, muchas personas lo consideran como su lengua natal (trabajadores y empleados de empresas extranjeras, estudiantes, inmigrantes, etc.) El número de lenguas de vivas en el mundo es, por supuesto, mucho más numerosos. Todas son necesarias para todos, aunque cada uno utilice la suya y estudie las que necesite. Si no conociéramos sus códigos, no podríamos acceder a ellas y, como consecuencia, nos sería imposible comunicarnos. De manera que, en un mundo globalizado, no tenemos otro remedio que aprenderlas.

Durante el curso, unos y otros iremos intentando aprende palabras, construir frases, trabajar situaciones. Luego las repetiremos con el fin de ponerlas en práctica en cuanto podamos. Los extranjeros lo tienen más fácil: pueden practicar todos los días. Para los de aquí el esfuerzo resulta mayor. Todos intentarán asimilar los códigos de la escritura y de la lengua hablada. Aprenderán también a situar la lengua en su entorno cultural. De esta manera, el aprendizaje será más rápido. A veces se aprende demasiada gramática y se practica poco la lengua hablada. A pesar de todo, la enseñanza de los idiomas es cada vez mejor. Incluso los nuevos medios técnicos de que se dispone (aulas multimedia, laboratorios de idiomas, internet, parabólicas, etc.) ayudan a alcanzar el objetivo más rápidamente.

Pronto se abrirá la Escuela y cientos de jóvenes sorianos recorrerán diariamente sus pasillos para acceder a unas aulas en las que conseguir, poco a poco, con esfuerzo y paciencia, adentrarse en mundos que sólo se distinguen de los nuestros en los códigos (lenguas) que utilizan para expresar las mismas ideas y parecidos sentimientos humanos.

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La sección que abrimos en el suplemento Escolar de Heraldo de Soria tiene como objetivo hablar de idiomas, en general. Hoy, la hemos ilustrado con un dibujo humorístico de Máximo (El País, 3 de septiembre de 2001). ¡Qué quiere decir! Si nuestro nivel fuera cero, podríamos utilizarlo para hacer un ejercicio con las terminaciones de los femeninos (14) o para aprender, a partir de los adjetivos, los nombres de las naciones (13), o para conocer el vocabulario universal: voiture, pizza, démocratie, vacances, chiffres, voisin, étranger. ¿Qué significa? Lo decíamos antes, en cuanto aprendemos los códigos de una lengua nos encontramos con nuestras ideas y nuestros sentimientos. Lo bonito es poderlos expresar en todos los idiomas. Es la única manera de entender, como explica Máximo, que el vecino extranjero es uno como nosotros: los mismos sentimientos, distintos códigos. Así de sencillo.

 

Jessica Giaquinta García

MY GOD!

26 de septiembre 2002

Jesús Bozal Alfaro

Según los periódicos, los escombros del Word Trade Center (las Torres Gemelas), de New York, barrio de Manhattan (Welcome to Manhattan!), esconden víctimas de más de 30 países distintos: inglesas, mexicanas, filipinas, brasileñas, ecuatorianas, danesas, sudafricanas, chinas, rusas, ... Todas, seguramente, hablaban inglés, además de, según la nacionalidad de origen, ruso, chino, español, danés... Y en esa misma lengua, en inglés, las víctimas no fallecidas continúan escribiendo, por prescripción médica, sus relatos del horror. Nunca una lengua había servido a tantos para curarse de tanto espanto, tanto dolor, tanta tragedia.

En las Torres Gemelas, la presencia de los niños parece inexistente. Nadie habla de ellos. Ninguna imagen. Nada. Tuvieron suerte: no eran torres para niños; eran torres para negocios. A las 8´45 horas de la mañana, sus mamás o sus papás, o sus cuidadoras, o ellos mismos, estarían seguramente preparando la mochila/cartera/carrillo del colegio. Confiados, no se imaginaban que su país, tan poderoso, tan seguro de sí mismo, con la lengua más importante del planeta, demostraría una impotencia infinita para salvar a sus seres más queridos. ¿Cuál fue su reacción? ¿Qué hicieron aquel día, y los siguientes, en sus colegios? Nadie ha escrito de ello todavía. Los niños americanos, de razas y países distintos, habrán comprobado ya, seguramente, cómo su dolor es compartido por niños de países que ni siquiera sabrían situarlo en un mapa. Las cartas, los telegramas, los mensajes electrónicos, redactados en inglés o en español o en chino o en ruso o en árabe han servido, por su parte, al mundo entero para comunicarles su solidaridad y condenar tan bárbaro atentado. ¡Qué grande es el mundo!

Los niños de todos los países aprenden, como primera lengua, el inglés. Desde los tres años, comienzan a contar, a describir, a dar la hora y los buenos, días, a pronunciar los nombres de animales, los días del año, todo, en la lengua de los niños americanos, que lloran desconsolados este salvaje atentado contra la civilización, universal, que compartimos. “Lo de las Torres es un escándalo”, me dice mi hijo de 8 años. “¡Es que hacer eso...!” Se acuerda, quizás, de que niños como él han llorado a papás como yo y esto le produce una cierta predisposición a la solidaridad. Aquellos niños, le digo, hablan inglés, el idioma que te enseñan en el cole, el idioma en el que escribía Ernest Hemingway o Woody Allen. Se queda pensando y deja de sonreír. Seguro que, a partir de ahora, cuando abra su class book, pensará en sus amigos americanos, imaginándose la escuela en la que estudian, el patio de recreo en el que juegan, el nombre de la señorita que les enseña...”Estarán tristes”, insiste.

Cuando la señorita les cuente el próximo cuento americano, les hablará, seguramente, de aquellos niños de New York que no salen nunca en la tele, pero que siguen derramando lágrimas sin parar, intentando apagar el dolor y el miedo de las calles de su ciudad.

New York, la ciudad de las antiguas Torres Gemelas (“una representación viva de la fe del hombre en la humanidad”, según su creador, Minoru Yamasaki), la de los barrios marginales, la de Broadway, la de “las banderas, las biblias y las velas”, de Antonio muñoz Molina, la de la Liza Minnelli (“Cabaret”), New York, New York, habla todas las lenguas y llora en todos los idiomas. A pesar de todo, seguirá siendo la segunda ciudad para muchos intelectuales del mundo que estudian inglés para poder vivir en ella, disfrutar de su vida cosmopolita y defenderla, de palabra y obra, del fanatismo religioso, económico y político.



HALLO!

10 de octubre 2002

Jesús Bozal Alfaro 

          ¿Para qué necesito yo aprender alemán?, les pregunto a mis compañeras, Anabel y Carmen. Aquella me escribe, en un papel blanco, nueve razones, con letras azules, claras y contundentes: 1°) para poder hablar sin problemas con 100 millones de europeos (Austria, Alemania, Suiza, Liechtenstein, Luxemburgo, norte de Italia, este de Bélgica y norte de Francia); 2°) para leer cualquiera de las 60.000 publicaciones anuales escritas en ese idioma y poder seguir los cientos de programas diarios en las decenas de canales de televisión que nos muestran mundos y mundos que desconocemos; 3) para trabajar en empresas, en fábricas, en bancos,...; 4) para hacer turismo: Berlín, Viena, Leipzig (con la estación de tren más grande de Europa: 26 andenes), Koln (Camaval), o para trabajar con turistas, en España; 5) para estudiar e interpretar las grandes obras operísticas, compuestas en ese mismo idioma, como mi paisana, la soprano MARÍA BAYO (¿cantará pronto en Soria?); 6) para escuchar buena música: Wagner ("Tristan e Isolda"), Bach, Mahler, Mozart, Die Ante, Nena, ; 7) para ver buen cine: Fabhinder, Doris Dorrie, 8) para comprender a los grandes filósofos (Marx, Weber), conocer a sus grandes sabios (Einstein), leer las obras de sus escritores, poetas y novelistas, mundialmente conocidos (Hermann Hesse, Gunter Grass,...), y admirar a sus pintores, dramaturgos, artistas, etc.; 9) para valorar, en fin, en su justa dimensión, otra cultura, otras gentes.

          Les pregunto si estas razones son suficientes. Carmen me dice, y asiento, que existen muchas más. Da cierto rubor, sin embargo, insistir sobre lo obvio. El alemán es, además, la lengua de esas estudiantes que uno ha conocido en sus cursillos por el extranjero, de talante tan parecido al nuestro; la de log grandes prohombres del movimiento ecologista, la música "tecno", con su Festival anual de Berlín. El alemán es así mismo el idioma de aquellas enormes policías de aduanas del aeropuerto de Berlín (Este), cuando todavía existía el muro, tras el que estuvimos hace muchos años, visitando la inmensidad de Moscú, las nostálgicas calles de Leningrado, de canales cristalinos, tiendas de discos casi regalados, pintores esperando en el laberíntico Museo del Hermitage.

          Es verdad que el alemán fue también la lengua del nazismo, que devasto media Europa, con el propósito de imponer su inservible y sanguinaria ideología política. Pero, los años no pasan en balde y nadie puede arrojar la primera piedra sin sentir cosquilleos en su conciencia. ¿Se puede olvidar que los judíos alemanes ("Cabaret") soñaban y rezaban en esa misma lengua? ¿Se debe culpar al "habla" de algunos pueblos del desdén por la vida de personajes tan despreciados par la Historia?

"¿Por qué no estudiáis alemán? ", nos gustaría preguntar a los niños sorianos. "Porque no se da en nuestro colegio", nos contestarían. ¿Y por qué no se da en vuestro colegio?, insistiríamos. No lo saben. Pero, como ocurre siempre, esta carencia educativa también se solucionará. La Europa del Euro no permite por más tiempo que las lenguas sean consideradas como "Marías".

          El alemán no ejerce, contra la idea comúnmente extendida, como lengua minoritaria. Es tan difícil, seguramente, como las demás. Sus hablantes no aparentan poseer un coeficiente intelectual superior al nuestro. En absoluto. Nacieron allí y aprendieron alemán. Nacimos aquí y aprendimos castellano. Nada más. Todas las lenguas, incluidas las minoritaria, se aprenden de la misma manera: trabajando. Mientras se asimilan todas estas ideas, la Escuela Oficial de Idiomas de Soria, el Instituto “Castilla”, y alguna academia, siguen ofertando su estudio. ¡Enhorabuena!

          El problema de los idiomas en nuestro país – por si todavía no está claro – no tiene nada que ver con la competencia entre departamentos. La cosa es mucho más grave: los Centros de Enseñanza no están todavía dotados con profesores de inglés, francés, alemán, italiano, etc. ¡Viva el euro?

 

Jessica Giaquinta García



SAN SATURIO APRENDE ITALIANO

17 de octubre 2002

Jesús Bozal Alfaro

Después de hablar de la lengua de los niños huérfanos de Manhattan, del alemán de Goethe, nos faltaba ocuparnos del habla de la Roma de Alberti (LA Arboleda Perdida, II): “La Roma Trasteverina de los artesanos, los muros rotos, pintarrajeados de inscripciones políticas o amorosas, la secreta, estática, nocturna y, de improviso, muda y solitaria”. Una evolución moderna de aquel otro, el latín, que arrasó Numancia, con sus estandartes y sus espadas. Como se preguntaba el santero de San Saturio (Antonio Gaya Nuño), un libro de obligada lectura para todos los niños sorianos, escrito por alguien que murió hace 25 años, en julio de 1986: “Pues ¿Qué necesidad tenían nuestros abuelos de los fascios y del Senatuus Populusque Romanus?”. Pero, aquello ya pasó y el santero de San Saturio/Saturno (Dios del tiempo) asistió, después, a la representación, en el Casino, de Rigoletto, y enseñó la ermita a gentes de Florencia y Venecia. No es de extrañar, pues, que este hombre solitario, si no habla italiano, quiera terminar de aprenderlo; ni que, después de tantos siglos, Alberti, que estuvo también en Soria, se quedara, tras su paso por aquel país, con los versos de Giuseppe Giochino Belli:

“Ah!, cchi nun vede sta parte de monno

Nun za nnemmnanco pe cche ccossa é nnatto”.

Pensar en la lengua italiana nos conduce, efectivamente, a Roma, a la Roma del poeta gaditano, del arcipreste de Hita y de Mariano Granados, otro soriano, que la conoció en los años veinte y vio al Papa pasar delante de él, mientras contemplaba el Jardín del Vaticano: “Che vettura e questa?”, le preguntó al jardinero papal. “Oh, signore!, la vettura nel Papa”. Roma, la ciudad santa, como París, la ciudad luz. ¿Por qué no asociar todas las ciudades a la luz?

Aprender italiano no resulta difícil, nos dice Mercedes Nohales, la profesora de la Escuela Oficial de Idiomas. No es extraño, tras haber visto representar su Povera Barbi, en mayo pasado. ¡Qué fácil lo hicieron! Aprender esta lengua nos acerca a una cultura que ha dejado su huella (arte) en medio mundo. Nos trae el recuerdo de la película, y de la música, de Morte a Venecia, de Luchino Visconti; de los grandes actores, como Vittorio Gassman, Sofía Loren... ¿Se acuerdan? La lengua de La vita è bella, de las grandes óperas y sus grandes divos, de Miguel Ángel, Boticelli... de los grandes músicos, de los grandes Papas...

¿Papas? Sí, los Papas, el Vaticano, la ciudad en la que coexisten bajo una misma doctrina todas las lenguas del mundo. Incluso las más pequeñas, las menos habladas. Todos necesitaríamos estudiar italiano. Como María, que estudiándola, aprendiéndola, penetrando en ella, intenta levantar una nueva barrera contra la tragedia. Pero, si no conocemos Roma, ni Florencia, ni Venecia, imprescindible para poder hablar de Italia, hemos leído tanto de todas esas ciudades, de todos esos personajes emblemáticos, a través de la Revista Triunfo, ya desaparecida, de tantos artículos recortados, que nos rodean, que casi nos sentimos autorizados a recomendar el estudio de esta lengua tan inmensamente bella. ¿Has oído hablar de Sicilia, la isla del gatopardo (Acacia Domínguez Uceta, El País, 1987)? ¿Y de Florencia “en su imagen más actual, en la pátina de cosmopolitismo que le dan los extranjeros” (Antonio Colina)?: Ciudad a la luz del conocimiento. De Venezia nos hablan los enamorados de todo el mundo, y los poetas, como César Ibáñez París: “Veía la belleza, no podía no verla, pero lo único que sentía era la mugre perfecta de lso canales y de los palacios...” La ciudad de las góndolas.

Insomma... Hay tanto que hablar de Italia y de la lengua de las italianas y de los italianos; tanto, que sería ridículo llenar este suplemento escolar elogiándola. Sólo pretendíamos recordar que el italiano es una lengua maravillosa, que merece muy mucho la pena aprenderla; que, por suerte, se puede estudiar ya en la Escuela Oficial de Idiomas de Soria, que las acoge a todas, a todas, y que, pronto, muy pronto, se podrá aprender en otros institutos, otras escuelas, otras Academias.

San Saturio, faro/luz del Duero, patrón invisible de la Escuela, está a punto de terminar quinto curso. Quiere hacer honor a los muchos sorianos y a las muchas sorianas que, antes que el italiano – de los italianos que la habitaron un rato – aprendieron, en sus aulas de la Plaza de Teatinos, el único idioma que les pudieron enseñar: el amor a su tierra. ¡Qué gran labor aquella!



Jessica Giaquinta García


Arte e Idiomas

Dos acontecimientos artísticos han venido a animar últimamente la vida cotidiana de Soria: las esculturas de Ripollés, en verano, y el conjunto escultórico de la Trashumancia, en invierno. De las primeras, se habló mucho entonces. Del segundo, ahora. Arte y Soria, Alcaldes, Artistas e Idiomas guardan, en ambos casos, una estrella relación. De ahí que reproduzcamos lo que escribíamos en julio, justificándolo en cierta manera con lo que escribimos ahora. Hablar de idiomas, objeto de esta sección, es hablar de mundos y el arte forma parte de sus contextos.

"¡Qué bellas nos parecen las ciudades que se dejan seducir por el arte! Porque, aunque algunas personas bien intencionadas lo duden, las obras del escultor Joan Ripollés son formas artísticas que, una vez instaladas en el espacio urbano (calles, plazas, jardines, monumentos, ...) mantienen con el habitante y el visitante un dialogo constante y enriquecedor. Las ciudades acogedoras, cosmopolitas, como París, Amsterdam o Venecia se parecen a Soria en eso también. Mientras uno las contempla, va recorriendo la Soria urbana, las orillas del Duero/Sena, la Dehesa, y, sin querer, va considerándolas como propias, integradas en el paisaje acogedor de la Soria viva/histórica. Seguro que, cuando nos las arrebaten otras ciudades, otros espacios acogedores, otros paisajes, las echaremos en falta: "Me buscarás entonces, ... ", cantaba el poeta. Solo las ciudades acogedoras - escribió alguien no hace mucho - son capaces de atraer.

Da gusto vivir en una ciudad para artistas y para poetas; para clericales y anticlericales; curas con solana, críticos de arte, filósofos, feligreses y feligresas, profesores de idiomas, de historia del arte, concejales, agoreros, fatalistas, pesimistas y adivinos. Nadie estorba en Soria y las críticas son tan "de aquí" como las alabanzas. Las figuras que nos visitan estos días no se sorprenden ya de nada. ¡Han conocido tantos países! Están acostumbrados a tantos climas, a tantas lenguas, a tanto .., que, no sólo no rechazan el debate, ni la crítica, sino que lo/la provocan, inmersos en la misma problemática que los habitantes de cualquier ciudad del mundo. Lo novedoso de la cita es precisamente ese: que estén aquí y que nadie eluda el debate. ¡Bonita iniciativa, la del Ayuntamiento!

 

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Tanto chocaron las esculturas del valenciano Ripollés, que basta el Heraldo tuvo que salir al paso con un significativo titular: "Es arte, no una plaga" (25 de julio). Nos recordó a aquel otro: "La France a peur" (Francia tiene miedo), con el que inició su telediario, hace muchos años, uno de los periodistas más conocidos de la televisión francesa. El segundo sacaba las cosas de quicio; el primero, las ponía en su sitio.

Unos meses más tarde, vuelve a reproducirse un debate parecido: la instalación del monumento a la Trashumancia. Nadie puede cuestionar - si ha visto la maqueta y el video (palacio de la Audiencia) – que estamos, una vez más, ante una obra de arte, firmada, por suerte, por un artista soriano, Carlos Sanz Aldea.

¡Pone alguien en duda, todavía hoy, que la Tour Eiffel, la Pyramide du Louvre, o las columnas de la Place du Palais, en París, sean tan obras de arte como las magníficas piezas que conserva con mimo el Museo Numantino; ni que, mientras paseamos por Amsterdam o Venecia, por Londres o New York, obras de artistas conocidos y desconocidos atraen nuestra atenci6n? ¡Tiene derecho Soria a ser/atraer como París, Venecia, Londres o New York? El arte habla una lengua universal: la del respeto al trabajo del artista. Cada cual, eso sí, frente a cualquier obra, tiene derecho a expresar su punto de vista. En cualquier caso, el arte es una manera personal (la del artista) de representar el mundo en el que vivimos. Nada más. ¿Se acuerdan de la portada del Suplemento dedicado por El País Semanal (n° 1.023) a sus 20 años de vida? La tengo a la vista: 20 ladrillos macizos de cerámica dando la sensaci6n de movimiento como si fueran las páginas del periódico. "Teruel, existe" / "Soria, ya!" - otra ciudad que reclama más atención - conocerá pronto su nueva alfombra de piedra, obra del arquitecto británico David Chipperfield, que salva la distancia entre la estación del tren y el gran muro de contención, junto al antiguo convento de los carmelitas. La piedra, otra vez la piedra, como elemento integrador de ciudades que quieren descubrirse al mundo. ¡Cuántos siglos llevan cruzando las calles de esta ciudad ovejas y pastores, camino de un verano/invierno mejor! A los cedros, por otra parte, no los arranca la alcaldesa, ¡Por Dios!, sino el artista que, recuperando la Historia de la ciudad, pretende recuperar, para ella, la totalidad del magnífico espacio urbano (de balcón a balcón, desde el Collado hasta La Alameda) de la Plaza de Mariano Granados. ¡Qué suerte la de Soria que tiene una alcaldesa/ayuntamiento que escucha/entiende/respeta a los artistas! Sólo él, Carlos Sanz Aldea, el artista elegido, ha sido capaz de crear una obra ("des choses magiques", diría Picasso) que, además de enriquecer el paisaje urbano y publico de Soria, va a permitir, a cuantas personas pasen o vengan para verla, establecer con ella un diálogo abierto y sincero en cualquiera de las lenguas habladas por los hombres y mujeres del mundo entero. Sólo una alcaldesa/ayuntamiento sensible al arte y a la cultura es capaz de entenderlo.

Cuando nadie creía en la blancura de París, André Malraux ("La Corde et les souris"), ministro de cultura del General De Gaulle, llegó y la descubrió. Desde entonces, nadie se acuerda del gran intelectual francés, cuyos restos reposan, sin embargo, en el Pantheon. Pero la blancura de París, gracias a él, permanece (demeure).