El Diario de Leonor Izquierdo

 


EL DIARIO DE LEONOR IZQUIERDO

PARIS, 1911



Nota de la Autora

El poeta sevillano Antonio Machado y su esposa Leonor Izquierdo Cuevas llegaron a París en febrero de 1911, a la edad de treinta y seis y diecisiete años respectivamente. Una alcoba de la pensión de la calle Perronet se convirtió en el espacio íntimo de la pareja y en el templo de la vida privada de la joven esposa. Leonor no tenía obligaciones ni responsabilidades en la Ciudad de la Luz; además de descansar, compartían el propósito de ser partícipes del sugerente y enriquecedor ambiente cultural.

Significaba mucho para Leonor poder pisar los mismos adoquines y cruzar las mismas calles de las que tantas veces había oído hablar a su marido. Fue precisamente durante esas salidas que parecían buscar la línea crepuscular de París donde los encuentros con el poeta nicaragüense Rubén Darío y su compañera Francisca Sánchez fueron adquiriendo el carácter de cotidianos. Sin olvidar que al mediodía, en horario de mercado, eran las dos hermanas abulenses —Francisca y María— las que solían acompañar a la joven soriana por las calles del barrio de Saint Germain-des-Prés.

Pero volvamos a ese escenario —la alcoba— donde reinaba la más absoluta intimidad, si con ello aludimos a lo inconfesable e inobservable. Una vez allí, el primer paso consistiría en dar rienda suelta a nuestra imaginación. El segundo supondría aceptar la premisa de dar por cierto o verdadero aquello que podría haber sido. El tercero invitaría a la observación. Esto nos permitiría visualizar el mobiliario de la alcoba: una puerta de un vasto armario haciendo las veces de un espejo de cuerpo entero; un «bureau» o escritorio dejando reposar sobre su lomo la luz natural que inunda el íntimo espacio. Y hay más: reflejado en el espejo, se adivinan un perchero y el vértice de un mullido lecho.

Como último paso, ya en el ámbito de la conjetura, cabría preguntarse: ¿a qué dedicaba su tiempo Leonor una vez finalizados sus paseos matutinos y sus compras en el centro comercial «La Samaritaine»?

Ello nos llevaría a pensar que, aireando las sábanas u ordenando los enseres para sentir ese espacio como algo más que una simple alcoba, se vería reflejada en el espejo y reconocería en su cuerpo la silueta de una mujer independiente, que descubre día a día con mayor entusiasmo el íntimo recogimiento.

Y no erraríamos en exceso al fantasear que un cuaderno con tapas acartonadas y páginas en blanco ocupaba un espacio estratégico en su equipaje. Leonor no era consciente de que un gesto tan normal —también reflejado en el espejo— como dejar su cuaderno sobre el lomo del escritorio iba a convertirse en un acto revolucionario que cambiaría su vida. Algo parecido —no tenemos la menor duda— ocurrió poco después de llegar.

Si un diario alude a un texto que muestra un registro cotidiano y heterogéneo donde se mezclan desde listas de la compra hasta la secreta confesión de las vivencias más reservadas de quien escribe, Leonor empezó su diario un miércoles, 15 de febrero de 1911. Sin embargo, no todo iba a ser tan fácil… El escrito confidencial exige de la misma actitud desafiante que experimenta quien sostiene impasible su propia mirada frente a un espejo, cuyo reflejo dibuja una imagen que lidia por descubrir un mundo interior. La dificultad de mirarse sin rubor y de entablar un reflexivo monólogo interior fue una de las primeras dificultades con las que se encontró Leonor. De ahí que en múltiples ocasiones, sobre todo durante los primeros meses, la voz de ese diario íntimo adquiriese un tono claramente epistolar que —sin olvidar la necesidad de imaginar, conjeturar o fantasear— iría siempre dirigido a la mujer que le había regalado ese cuaderno, su tía Concha Cuevas Acebes.

En definitiva, es un texto que camina de puntillas, en cuanto a género, entre el diario y la epístola. Invita al lector a participar del crecimiento interior de una mujer, esposa del poeta Antonio Machado, que se desarrolla en la alcoba de una pensión de la calle Perronet, 2. Al leer sus páginas, descubrimos una metáfora que da unidad a la obra, las cuentas de un rosario. Estas adquieren una proyección simbólica ajena al rezo u oración. Cada cuenta es una confidente femenina que será amada y acariciada por las yemas de los dedos de Leonor, antes de pasar a la siguiente. Habrá momentos en que las confidentes mujeres serán de carne y hueso; es decir, no formarán parte de esas cuentas que descansan en su memoria. La primera es una joven francesa a quien conoce en los Jardines de Luxemburgo y que tiene más o menos la misma edad que nuestra joven soriana, y la segunda es de alguna manera la responsable de que este diario íntimo esté en nuestras manos. En ningún momento estas jóvenes quedarán reflejadas en el espejo de la alcoba; siempre se comunicará con ellas en el espacio exterior, que se convierte en un apéndice del interior. En ambos encuentros se desliza por el texto un hilo narrativo donde observamos que la redacción de Leonor adquiere, mes tras mes, mayor fluidez en el uso del lenguaje y, por consiguiente, en el desarrollo de su pensamiento. Hay incluso un momento en el que ella misma, al leer una carta de su madre y de su tía, dice así: «Al leerla, sentí algo diferente. Tuve la sensación de que la carta iba dirigida a otra Leonor que yo también había conocido».

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En 1929, Virginia Woolf, posiblemente conocedora ya del poder de los espejos en las alcobas y temerosa de que su intimidad fuese algún día de dominio público, inició así uno de sus extraordinarios cuentos (La mujer en el espejo: un reflejo): «No habría que colgar espejos en las habitaciones, de la misma manera que no habría que dejar una chequera abierta a la vista o conservar cartas en las que se confiese un horrible crimen». 

Carolina Riera


Note de l´auteur

Le poète sévillan Antonio Machado et son épouse Léonor Izquierdo Cuevas sont arrivés à Paris en février 1911, quand ils avaient respectivement trente-six et dix-sept ans. Une chambre de la pension de la rue Perronet est devenue l'espace intime du couple et le temple de la vie privée de la jeune épouse. Léonor n’avait pas d´obligations ni de responsabilités dans la Ville Lumière ; outre le repos, ils partageaient l'objectif de faire partie du suggestif et enrichissant environnement culturel.

Cela signifiait beaucoup pour Léonor de pouvoir marcher sur les mêmes pavés et traverser les mêmes rues dont elle avait entendu son mari parler tant de fois. Ça a été précisément au cours de ces sorties, qui semblaient rechercher la ligne crépusculaire de Paris, que les rencontres avec le poète nicaraguayen Rubén Darío et sa compagne Francisca Sánchez ont commencé à acquérir le caractère de quotidiennes. Sans oublier non plus qu'à midi, pendant les heures de marché, c´étaient les deux sœurs d'Avila – Francisca et María – qui accompagnaient la jeune femme de Soria dans les rues du quartier de Saint Germain-des-Prés.

Nous revenons à ce scénario -la chambre- où regnait l´intimité la plus absolue, si on faisait allusion par là l'indicible et l'inobservable. Une fois sur place, la première chose serait de laisser libre cours à notre imagination. La seconde serait d´accepter le principe selon lequel ce qui aurait pu se passer à l´intérieur est considéré comme certain ou vrai. La troisième inviterait à l’observation. Ceci nous permettrait de visualiser le mobilier de la chambre : une porte d´un vaste placard faisant office de miroir pleine longueur; un "bureau"  permettant reposer sur son dos la lumière naturelle qui inonde l'espace intime. Et ce n'est pas tout : reflété dans le miroir, on devine un porte-manteau et le sommet d'un lit moelleux.

Comme dernière étape, déjà dans le domaine de la conjecture, on pourrait se demander : à quoi Léonor consacrait-elle son temps une fois terminés ses promenades matinales et ses achats au centre commercial « La Samaritaine » ?

Ceci nous conduirait à penser qu'en aérant les draps ou en disposant les affaires de manière à ressentir cet espace comme quelque chose de plus important qu'une simple chambre, elle se verrait reflétée dans le miroir et elle reconnaîtrait dans son corps la silhouette d'une femme indépendante qui découvre jour après jour avec plus d´enthousiasme l´intime recueillement.

Et on n’aurait pas trop tort de fantasmer qu’un carnet à couverture cartonnée et pages en blanc occuperait une place stratégique dans ses bagages. Léonor n´était pas consciente qu'un geste aussi normal –reflété également dans le miroir – comme laisser son cahier sur le dos du bureau, allait devenir un acte révolutionnaire qui changerait sa vie. Quelque chose de semblable – nous n’avons aucun doute – s’est produit peu de temps après son arrivée.

Si un journal fait allusion à un texte qui montre un rapport quotidien et hétérogène où se mêlent, depuis les listes de courses jusqu'à la confession des expériences les plus réservées de celui qui écrit, Léonor a commencé son journal un mercredi 15 février 1911. Cependant, tout n´allait pas être si facile... L'écriture confidentielle exige la même attitude de défi que celle vécue par quelqu'un qui tient impassiblement son propre regard devant un miroir dont le reflet dessine une image qui peine à découvrir un monde intérieur. La difficulté de se regarder sans rougir et d'engager un monologue intérieur réflexif a été l'une des premières difficultés rencontrées par Léonor. Voilà pourquoi à plusieurs reprises, surtout pendant les premiers mois, la voix de ce journal intime ait acquis un ton clairement épistolaire qui - sans oublier la nécessité d'imaginer, de conjecturer ou de fantasmer - s'adresserait toujours à la femme qui lui avait fait cadeau de ce cahier, sa tante Concha Cuevas Acebes.

Bref, c’est un texte qui oscille, en termes de genre, entre le journal et l’épître. Il invite le lecteur à participer au développement intérieur d'une femme, épouse du poète Antonio Machado, qui se déroule dans la chambre d'une pension de la rue Perronet. En lisant ces pages, on découvre une métaphore qui donne une unité à l'œuvre, les grains d'un chapelet. Celles-ci acquièrent une projection symbolique en dehors de la prière. Chaque perle est une confidente féminine qui sera aimée et caressée du bout des doigts de Léonor, avant de passer à la suivante. Il y aura des moments où les confidentes seront en chair et en os ; autrement dit, elles ne feront pas partie des comptes qui reposent dans sa mémoire. La première est une jeune femme française qu'elle rencontre au Jardin du Luxembourg et qui a plus ou moins le même âge que notre jeune femme de Soria, et la seconde est en quelque sorte la responsable que ce journal intime soit entre nos mains. A aucun moment ces jeunes femmes ne se refléteront dans le miroir de la chambre ; elle prendra toujours contact avec elles dans l'espace extérieur, qui devient un appendice de l'intérieur. Dans les deux rencontres, un fil narratif parcourt le texte où l'on observe que l'écriture de Léonor acquiert, mois après mois, une plus grande fluidité dans l'usage des mots et, par conséquent, dans le développement de sa pensée. Il y a même un moment où elle-même, en lisant une lettre de sa mère et de sa tante, parle de cette manière : « Quand je l'ai lue, j'ai ressenti quelque chose de différent. J'ai eu le sentiment que la lettre était adressée à une autre Léonor que j'avais connue moi aussi. »

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En 1929, Virginia Woolf, peut-être déjà consciente du pouvoir des miroirs dans les chambres à coucher et craignant que son intimité ne devienne un jour du domaine public, a commencé ainsi l'un de ses extraordinaires contes, La Femme dans le miroir : un reflet : "Nous ne devrions accrocher des miroirs dans nos chambres, tout comme nous ne devrions pas laisser un chéquier ouvert ou conserver des lettres avouant un crime horrible."

    Carolina Riera