Artículos, conferencias,... sobre A. Machado


 ARTÍCULOS SOBRE LA VIDA Y LA OBRA DE ANTONIO MACHADO




Juan Antonio Gaya Nuño

El Santero de San Saturio
CAPÍTULO VIII
LOS POETAS
            De 1907 a 1912, don Antonio Machado profesaba sus cursos de Lengua francesa en el Instituto de Soria. He oído hablar de él a quienes le vieron discurriendo por la ciudad o en el vagón de tercera de sus viajes. O en el claustro del Instituto, o en sus paseos puente abajo, y, más tarde, cuando se le murió su pálida mujercita, subiendo al cementerio, ya casi cuarentón, aviejado, desengañado, pero con sillón en el Parnaso, al lado de Lope y de Góngora.
            "¿Qué es en Soria El Espino?", me han preguntado muchos a quienes escapaba este triste epílogo del poeta en Soria. Y cuando les aclaraba no ser sino el cementerio, me miraban con respeto, como si los sorianos poseyéramos toda la clave secreta de la poesía de Antonio Machado. Y creo que, en efecto, la poseemos. Pues nadie piense que la obra del primer poeta español de nuestro siglo, por ser de tan enorme y sencilla diafanidad, de cristal tan escasamente conceptuoso, deje de contener clave. Constituyen ésta los ríos, cerrillos y sierras que iba descubriendo Machado a los españoles con una especie de lírica sosegada, humana y cordial, con una templada y serena benevolencia por todo lo vivo y lo inerte que iba descubriendo su vista enamorada. Los españoles no saben ver su tierra sino adulterada por sangrientos, subversivos, amenazadores tópicos en que siempre se encuentra, latente, la guerra civil. Antonio Machado se acercaba al paisaje, a la inmanente y fabulosa herencia geológica de nuestra tierra, e ignoraba cuanto no fuera esencia contemplativo, es decir, poesía. ÉI realizó el milagro de aprovechar las licencias líricas, aparatosas y deslumbrantes de Rubén Darío, para sintetizar una poesía de salutación al paisaje más pobre y austero de las Castillas. Paisaje que le confirió portentosos secretos, como el de su primavera, por nadie conocida:

Primavera soriana, primavera

humilde, como el sueño de un bendito,

de un pobre caminante que durmiera

de cansancio en un páramo infinito.

Campillo amarillento

como tosco sayal de campesina,

pradera de velludo polvoriento

donde pace la escuálida merina.
            Los sorianos sabían del verano y del invierno, pero no supieron de la primavera silenciosa y humilde, hasta que no llegó nuestro don Antonio Machado. Pero ¿por ventura sabían algo de su paisaje? Antonio Machado, con todo el joven entusiasmo de su joven cátedra, se encontraba una Soria rodeada de paisaje inédito, tanto humano como geográfico. Nadie había cantado al Urbión, a la sierra Cebollera y al Moncayo; nadie había contado con el indígena, el a un tiempo callado y retórico indígena que paga las contribuciones. Por desgracia, los más inquietos ancianos de Soria, los qué no se intoxicaron con el juego y el casino, sólo se habían preocupado de cosas muertas, de Numancia y de CaIatañazor. No veían el maravilloso paisaje, la tremenda geología soriana, y he aquí que aparece un joven profesor sevillano, con entusiasmo no modelado por ningún prejuicio local, y con ojos abiertos a los tonos grises y otoñales de la tierra mía. Baja por el Collado, sin detenerse en los casinos, rebasa San Pedro, atraviesa el Puente, se adentra por la ribera de chopos Y sube a las sierras. Y, ahora, todo lo noble de Soria quedaba antologizado, condensado, en una summa poética trabajada no más que con nobleza, sencillez y lirismo de buen cuño. Ésa es nuestra clave, ésa es la ventaja sabedora que todos los sorianos llevamos sobre cualquier otro español. Y uno de los muchos menesteres que he realizado en mi vida, y el más gustoso, ha sido el de intérprete y guía de Machado, situando y detallando los lugares de esta geografía entrañable:

... por donde traza el Duero

su curva de ballesta

en torno a Soria, oscuros encinares,

ariscos pedregales, calvas sierras,
caminos blancos y álamos del río,
tardes de Soria, mística y guerrera...
            El recuerdo de Campos de Soria enaltece: un soriano podrá alardear siempre de que su tierra fue cantada por el altísimo poeta, que conocía no sólo a los campesinos y a los pastores "cubiertos con sus luengas capas", honrados y benignos, sino a otros terribles paisanos míos. "El hombre de estos campos que incendia los pinares", "El hombre malo del campo y de la aldea", "La sombra de Caín", que no le pasaban inadvertidas. Insistió poco en esta maldad, que siempre es materia ingrata para un poeta, pero la conocía, y prefirió dar un poco de lado el elemento humano, entregándose, con toda su capacidad de amor, al paisaje, dejando sonar los murmullos de la Laguna Negra, helarse las nieves del Urbíón, cambiar de forma, según se ven desde el tren, los

Pinos del amanecer,

entre Almazán y, Quintana.
            Pinos que contempló muchas veces, porque era viajero y soñador. Cuando se marchó de Soria, en 1912, ya tenía completa la lírica epopeya de la tierra soriana, y cabe preguntarse ante su cambio de rumbo: ¿Se dio cuenta la ciudad de que albergaba a un poeta de antología excelsa? ¿Comprendió que él ensanchaba sus límites administrativos, entrándolos en la Arcadia? ¡Un hombre de Sevilla que se llegaba a Soria y la comprendía, y veía colores, vida y primavera, donde todos las habían ignorado! En ello no hay deshonra para los sorianos, pues tampoco fue Salamanca exactamente entendida hasta que por ella no entró el bilbaíno don Miguel de Unamuno. Pues si los ojos ajenos ven más que los propios, Antonio Machado, en tierras del Duero, vio todo, y, entonces, este todo dejaba de ser ajeno, se convertía en propiedad de adopción, que es la mejor de las propiedades, y Soria pasó a la pertenencia de Machado, aunque alguna vez había de renegar de él. Lo previó, sin duda, el grande escritor cuando gritaba:
¡Oh, tierra ingrata y fuerte, tierra mía!

pero mejor es que ignorase hasta qué extremo había de serle ingrata esta tierra suya que ya, por los siglos de los siglos, va unida a su nombre de poeta.

JUAN ANTONIO GAYA NUÑO [1]


Gracias merece Marcos Molinero Cardenal[2] por haber ideado este número de su trisemanario en honor de Antonio Machado. Y acepto su invitación a colaborar en él del mejor grado porque jamás he rehuido participar en estas conmemoraciones. Pues aún entendiendo que no son necesarias unas fechas claves, unas datas fijas, para mostrar la adhesión y el cariño para con un gran creador, presente siempre en la memoria y en el corazón las celebraciones de centenarios pueden y deben resultar útiles a los olvidadizos y a los arrepentidos de antiguos desvíos. Y, si con este esfuerzo común se consigue que alguien desconocedor de la obra de nuestro poeta se aproxime a ella y la disfrute, el menester no habrá sido vano. Y ello se dice con el temor de que todavía haya en Soria y su provincia, no pocas gentes mal o nada enteradas de quién fuera su cantor, el celebrante de la modesta épica soriana de cada día.
Y del paisaje soriano de cada día, de todos los días, que todos los exilados de la tierra llevamos dentro como uno de nuestros bienes más propios y mejor ganados, el bien que no puede arrebatarnos nadie. La lírica calmosa y pacifica del poeta realizó el milagro de hacer muy suya tanta y tanta de nuestra tierra en modo que el recuerdo de ella ya no puede limitarse a la exclusiva vivencia de un río, un monte, unos pinos o unos chopos, sino que estos elementos naturales se identifican voluntariamente con las palabras reposadas de aquél sevillano captado por Castilla. En pocas ocasiones se habrá producido una compenetración tan absoluta e ideal entre la poesía inmanente de las cosas y la poesía escrita. Los sorianos – la culpa es de todos y de ninguno – no acertaron a darse cuenta de su inmensa riqueza de cielo y tierra hasta que la descubrió aquél catedrático de francés del Instituto, un hombre de aspecto más bien gris, un funcionario del Estado sin demasiadas relaciones ni simpatías. Para decirlo más exactamente, con notorias antipatías emergiendo de la indiferencia general. Es desagradable internarse en pormenores inherentes a todo ello y que, por lo demás, son bien sabidos.
Si él nos regaló la imagen de la Soria más pura posible, si a su amor se debe que nuestra ciudad y nuestra tierra hayan alcanzado hoy jerarquía casi mitológica en todos los anchos mundos de la sensibilidad y del pensamiento, la deuda contraída es inmensa. Luego será de elemental honradez tratar de saldarla en lo que buena y modestamente nos quepa hacerlo. ¿Cómo?
En primer lugar no reduciendo la legítima gloria del poeta al ámbito más o menos espectacular de la celebración centenaria. Eliminando las bambollas y las fanfarrias. Ni calles, ni placas, ni monumentos, ni actos insinceros. Ni mucho menos atentados como el que significó la erección del parador mal llamado de Leonor para estropear una de las siluetas más nobles del contorno de la ciudad. Y por supuesto, y por favor, que no se vuelva a hablar del traslado de los restos de Antonio Machado, porque ello no va con su estilo. Estas juergas necrofílicas, estos transportes de huesos y cadáveres son muy propios de los otros, de sus enemigos, pero hubieran repugnado a la más intima religiosidad – sin etiqueta precisa – del lírico genial. Dejad tranquilos a los muertos. Dejad que reposen en la tierra que les deparó el azar, y que ya por ello es bendita. Que nadie – si de verdad siente alguna especia de amor a Machado – vuelva a hablar de semejante ritos macabros.
Pero si se han adelantado los noes, habrá que pronunciarse por los síes. Casi no son acreedores a plural, porque pudieran resumirse en uno. El que resulte ser más auténtico, más efectivo y eficaz, el de hacer que todo soriano se convierta en lector de Machado. El de que no haya escuela ni taller en toda nuestra tierra falto de sus poesías completas, para que el hijo del obrero y del campesino – caso de que todavía queden campesinos en la tierra, que es cosa por comprobar – aprendan a pensar. A pensar ¿qué? Todo y en todo, mediante la larga lección desgranada de una vida plena de sensibilidad, de honradez, de conciencia de ciudadano en pie. Vengan libros, libros para repartir para todos, para que nadie deje de participar de la lección de Antonio Machado. Y para saber quien era el poeta. Todo lo demás tontería y tramoya.




[1] En el Centenario Antonio Machado,  Suplemento “Hogar y Pueblo”, 1975
[2] Molinero Cardenal, Marcos, “Antonio Machado y Soria”, Ediciones t,  Madrid.


ANTONIO MACHADO Y SORIA

JOSE ANTONIO PEREZ-RIOJA
Revista Celtiberia.
Nº 87-88. Año XLII-Vol.XLII. Soria, 1994.

En la figura humana y en la personalidad poética de Antonio Machado confluyen -en doble y feliz coincidencia -la sencillez y la autenticidad, que le permiten y aun le obligan -íntima, moralmente- a ser fiel consigo mismo en una sorprendente simbiosis lírica y vital.
Este rasgo -no frecuente o tan acentuado en otros poetas y artistas- es, sin duda, una de las más atrayentes y cautivadoras características de Antonio Machado, ya que en él es casi imposible, o muy difícil, separar al hombre del poeta.
Las altas y desoladas tierras de Soria y esta ciudad pequeña e íntima le sirvieron no sólo para encontrarse a sí mismo -brindándole todo el sosiego que requería su espíritu-, sino también para afirmarle en esa singular esencialidad que fue, siempre, la constante de su vida y de su obra. Ensamblar unos cuantos aconteceres y espigar a través de algunos de sus escritos su itinerario emocional y lírico por Soria -poemas salidos de su pluma, a veces desde lejos, pero con intensa añoranza- basta para ver en esos retazos de vida y en tales versos y prosas sus rasgos más definitorios a la vez que para confirmar algo que todos los lectores de don Antonio, e incluso cualquier persona medianamente culta, saben: que los nombres de Soria y de Antonio Machado son inseparables, y lo son, sencillamente, porque su peripecia humana y poética en la Ciudad del Alto Duero, entre 1907 a 1912, es fundamental en su vida y su obra.
Todos sabemos que Antonio Machado fue a Soria como profesor de Francés. Algunos han dicho que ganó, concretamente, esa Cátedra; otros, su hermano José, afirmaron, con error, que pudo, entonces, haber ido a Baeza.
Por Real Orden de 20 de Julio de 1905 se convocaron cinco plazas -luego ampliadas en dos- a Cátedras de Francés en Institutos. Entre la enorme lentitud de los trámites administrativos y su propia realización, las órdenes de nombramiento aparecerán casi dos años más tarde, en la "Gaceta" de 20 de Abril de 1907.
El hijo del poeta Manuel del Palacio -don Eduardo del Palacio Fontán- obtendría el número 1.. El poeta Antonio Machado consigue el número 6, lo que sólo le permite optar entre Orense y Soria, decidiéndose por esta última.
¿Acaso, por quedarle más cerca de Madrid y porque con tres mil pesetas de sueldo anual mal iba a permitirse desplazamientos largos? ¿O, quizás, porque ya, desde ese primer instante, don Antonio se deja llevar por sus afinidades electivas? Yo, desde luego, me inclino por esta segunda hipótesis. Porque, entonces, de otra parte, el viaje a Soria, con 10 horas largas de duración, era como desplazarse a otro planeta.
Y así fue, más o menos. El 30 de Abril toma un tren, sobre las ocho de la tarde, en la madrileña estación de Atocha, que, con parada y cena en Torralba, y luego de un trasbordo a otro tren, le permitirá llegar a Soria a la hoy desaparecida estación de San Francisco, el día 1 de mayo siguiente, sobre las seis y cuarto de la mañana.
Media hora antes ha podido vislumbrar, a través de los cristales de su renqueante vagón de tercera, su primer paisaje soriano, es decir, los pinos más próximos a la Ciudad, apenas entrevistos a esa hora:
Pinos del amanecer,
entre Almazán y Quintana.
Tenía, ya de niño, la imagen de un patio de Sevilla donde florece el limonero; ahora ya profesor de Francés, al estrenar ese 1° de Mayo la tardía primavera soriana, toma contacto con estos austeros pinos de Castilla; cinco años más tarde, triste y abatido, hacia Baeza, verá desde otro vagón de tercera, los olivos de tierras de Jaén: tres distintos símbolos vegetales para otros tantos momentos de su vida...
Pero he aquí, ya en la pequeña, diáfana y alta Soria, a este poeta que por su serio aspecto y su desaliño parece rebasar con mucho sus solos treinta y dos años y que, por la función que ha de ejercer, será para los sorianos don Antonion o el profesor de Francés del Instituto.
Soria, por entonces, es como una gran señora venida a menos. De su pasado, quedan el eco de Numancia y algunos escudos en las fachadas de casonas nobiliarias y se recuerda todavía la historia de sus Doce Linajes Troncales, ensamblados en un círculo porque ninguno era más que otro...
En 1907, Soria apenas rebasa los 7.000 habitantes. Los jueves, celebra un abigarrado y simpático mercado en la Plaza Mayor. En su calle principal, el Collado, bajo los soportales, tres Casinos: el de "Numancia" frecuentado por médicos, abogados, profesores y funcionarios; "El Mercantil", por comercian- tes; y "La Amistad", por el que aún se podía denominar el "estado llano". Muy cerca, -aún no han aparecido los bares -, tres cafés, "El Recreo", "El Desengaño" y "El Económico", que, para evitar imposibles dudas, aún añade el subtítulo de "Cafre Obrero". jAh! Y hay también cinco confiterías, con sus ricos dulces caseros y su mantequilla -lo único, junto al frío, que se sabe de Soria en Madrid y en el resto de España- y de las cuales todavía quedan algunas con nombres tan apropiados como "La Delicia" o "La Exquisita". Se publican, además, varios periódicos bisemanales, como "El Avisador Numantino" -que había fundado medio siglo atrás mi bisabuelo Francisco-, "El Noticiero de Soria" -que dirigía mi abuelo Pascual-, "Tierra Soriana" -del que era redactor el que iba a ser excelente amigo de Machado, José María Palacio- y alguno más que, pese a sus nombres todavía numantinos -"El Indomable" y "El Batallador"- serían de vida efímera...
Al llegar, se aloja Machado en una pensión de familia, la de don Isidoro Martínez y su esposa, doña Regina Cuevas, en el número 54 del Collado: allí convive con un médico, otro profesor y un ayudante de Obras Públicas. Don Antonio visita al director del Instituto y sus nuevos compañeros de Claustro, toma posesión, pero en tanto no le expidan el título definitivo nada tendrá que hacer, sino pasear varios días por Soria, en los que no se siente visitante, sino un admirativo contemplador de la ciudad y sus alrededores, sobre todo, del paseo a orillas del Duero, entre San Polo y San Saturio. Tan honda fue la impresión producida por ese paisaje que ya incluyó en la segunda edición de Soledades, galerías y otros poemas -publicado a fines de septiembre de ese año- su inicial poema soriano, Orillas del Duero, que se cierra con esta estrofa cuyo último verso no puede ser más expresivo:
¡Chopos del camino blanco,
álamos de la ribera,
espuma de la montaña
ante la azul lejanía,
sol de día, claro día!
¡Hermosa tierra de España!

Soria fue como una revelación para la conciencia de Antonio Machado. En septiembre volverá a Soria para efectuar los exámenes e iniciar el nuevo curso. Recorre la ciudad y sus predilectas orillas del Duero. Aunque vive un tanto en solitario y no gusta de tertulias, sí se reúne con unos pocos buenos amigos: el ya citado Palacio -a quien dedicará un conocidísimo poema-; Ezquerdo, catedrático de Psicología en el Instituto; Zunón, profesor de la Escuela Normal y compañero de hospedaje; López Pelegrín, funcionario de Hacienda, y Julio Arroyo, oficial de Prisiones; en sus idas a Soria, a veces les acompañaba Manuel Hilario Ayuso, el conspicuo diputado republicano federal y catedrático de la Universidad Central, cuyo libro Helénicas (1914) prologaría Machado.
En diciembre de 1907, los dueños de la peensión en que se aloja se marchan de Soria, pero unos hermanos suyos -don Ceferino Izquierdo, guardia civil de Almenar, ahora trasladado a la capital- y su mujer, doña Isabel Cuevas, se hacen cargo de los huéspedes, en otra casa de Bernardo Robles n° 7. Este nuevo matrimonio tiene tres hijos: la mayor, una niña de trece años, Leonor; otro chico de nueve y una más pequeña, de dos.
No sabemos qué secretas galerías pudieron hacer retrotraer, quizá, la fina sensibilidad de Machado a sus días de infancia. Por otra parte, debió contrastar su azarosa y un tanto desordenada vida anterior en París y en Madrid con esta sencillez del modesto hospedaje familiar soriano. Saborea, sin duda, esta tranquila vida de familia, donde se le trata tan solícitamente. Día a día, ve también cómo la niña mayor ayuda a su madre no sólo en el cuidado de los pequeños sino en las diversas atenciones de la casa. Y la oye hablar, a medida que la va viendo crecer:
"... Tu voz de niña en mi oído,
como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera ".
Sin darse cuenta, poco a poco, se va enamorando de Leonor, y hasta siente -así lo expresa en un poema de comienzo de 1909- como un lamento de extraños e infundados celos:
"Y la niña que yo quiero,
¡ah!, preferirá casarse
con un mocito barbero"...
Pero. muy poco después, a fines de marzo, debió tener lugar la primera
"Mirad: el arco de la vida traza
el iris sobre el campo que verdea.
Buscad vuestros amores, doncellitas,
donde brota la fuente de la piedra.
En donde el agua ríe y sueña y pasa,
allí el romance del amor se cuenta.
¿No han de mirar un día en vuestros brazos,
atónitos, el sol de primavera,
ojos que vienen a la luz cerrados
y que al partirse de la vida ciegan?
¿No beberán un día en vuestros senos
los que mañana labrarán la tierra?
¡Oh, celebrad este domingo claro,
madrecitas en flor, vuestras entrañas nuevas!
Gozad esta sonrisa de vuestra ruda madre.
Ya sus hermosos nidos habitan las cigüeñas
y escriben en las torres sus blancos garabatos.
Como esmeraldas lucen los musgos de las peñas.
Entre los robles muerden
los negros toros la menuda hierba,
y el pastor que apacienta los merinos
su pardo sayo en la montaña deja ".
El poeta -como vemos- se siente rejuvenecido y parece como si quisiera contagiar su alegría y su gozo a las tierras y a las gentes de Soria y de Castilla y aún de España enteras. y así, a muy poco, la petición formal de boda -en nombre de su madre, doña Ana Ruiz- la hizo su compañero de hospedaje, el profesor don Federico Zunón, acordándose que la ceremonia se celebrara después del 12 de junio -fecha en que la novia cumpliría los quince años- y que la nueva pareja viviría independientemente en un piso de la plaza de Teatinos. Y, en efecto, la boda tuvo lugar, en la iglesia de Nuestra Señora la Mayor, el 30 de Julio de 1909.
Poco antes, aún no casado nuestro poeta, había publicado Rubén Dario en el diario "La Nación", de Buenos Aires, un artículo sobre Los hermanos Machado. Y del que, aquí y ahora nos interesa, decía en un párrafo: "Así habla Antonio Machado, santo del Arte, desde su retiro de Catedrátrico en la vieja Soria.... Así vive su vivir solitario ... No le martirizan ambiciones. No le muerden rencores. Escribe sus versos en calma. Cree en Dios."
Desde ahora -pensamos nosotros- cree, además, en Leonor, la joven el ideal esposa a la que él -nuevo y austero Pigmalión- ha ido viendo y modelando en sueños. No en vano, Soria es una de las ciudades más altas de España y tan cerca del Cielo que en ella es más fácil soñar.
Su "complementario" Abel Martín podría decir que "el amor comienza a revelarse como un súbito incremento del caudal de la vida, sin que en verdad aparezca objeto concreto al cual tienda". En efecto. Antonio Machado, antes de enamorarse de Leonor, había comenzado a enamorarse del amor. Pero halló, junto a ella, una felicidad real; eso sí, breve, fugaz, como la misma primavera soriana, y terriblemente castigada, primero con la cruel enfermedad de Leonor, la hemotisis sufrida en París, cuando disfrutaban de aquella beca -1911- de la Junta de Ampliación de Estudios, que, en verdad, fue el gran regalo de boda que él pudo hacerla; luego, el apurado y triste regreso a Soria y aquella estampa, conmovedora, en la que él, todo ternura, casi ya como un padre, la lleva en un cochecito a que respire los aires más puros del cerro del Mirón; y, por último, tres meses después de publicarse Campos de Castilla, el 1 de Agosto de 1912, la muerte inexorable de su joven esposa, lo que le hará huir a Baeza, donde aún pudo conseguir una Cátedra vacante en el Instituto.
A partir de entonces, y a lo largo de su vida, se sucederán las evocaciones de la esposa muerta. Así, por ejemplo, cuando la vivifica en el poema CXXI:
¿No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?
Mira el Moncayo azul y blanco;
dame tu mano y paseemos;
o en el CXXII, donde su evocación es como un sueño:
Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda.
Años después, en Nuevas Canciones, siguen los recuerdos de Leonor. Así, en la XII, no sin hacer una humorística alusión al ambiente levítico de Soria, como lo era el de cualquier otra capital de provincias de la época:
En Santo Domingo,
la Misa Mayor.
Aunque me decían
hereje y masón,
rezando contigo,
¡cuánta devoción!
y en la XIV:
Contigo en Valonsadero,
fiesta de San Juan,
mañana en la Pampa
¡ del otro lado del mar.
Guárdame la té,
que yo volveré,
estrofas, ambas, reveladoras de su fluctuación entre escepticismo e inconcreta creencia y que nos traen inevitablemente a la memoria aquella honda estrofa, escrita a la muerte de Leonor, instante, sin duda, en que el poeta se ha sentido
más directa y sinceramente cerca de Dios:
¡Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería!
Oye, otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
¡Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar!
En una carta escrita a don Miguel de Unamuno, sin lugar ni fecha, pero seguramente desde Baeza y en 1913, le hará esta significativa confesión: "Mi obra esbozada en Campos de Castilla continuará, si Dios quiere. La muerte de mi mujer dejó mi espíritu desgarrado. Mi mujer era una criatura angelical, "segada por la muerte cruelmente. Yo tenía adoración por ella; pero sobre el amor está la piedad. Yo hubiera preferido mil veces morirme a verla morir, hubiera dado mil vidas por la suya".
La nostalgia de las altas tierras sorianas, a través de una sutil, casi etérea invocación a Leonor, continuará en Los sueños dialogados. Así, en el comienzo; del primer soneto:
¡Cómo en el alto llano tu figura
se me aparece...,
y en la estrofa que cierra el segundo:
Mi corazón está donde ha nacido,
1 no a la vida, al amor, cerca del Duero.
¡El muro blanco y el ciprés erguido!,
el muro y el ciprés de su entrañable camposanto soriano, donde ella reposa.
¿No me respondes, bien mío?
¡Nada, nada!
Cuajadita con el frío
se quedó en la madrugada.
Si en Soria -como vemos- había encontrado el amor -el primero, el más puro-, trocado bien pronto en dolor por la prematura muerte de ella, en Soria halló también el verdadero camino espiritual por el que había de encauzar su poesía. Las "galerías" -escritas, las más, en 1904, e incluidas en la segunda edición de Soledades- significaban una nueva etapa adelante en su línea inicial de los intimismo y subjetividad. Y, sin embargo, en esa misma edición de 1907, en los titulados "otros poemas", ya empieza a mirar el paisaje, nada más llegar a Soria, escribiendo su primer poema soriano, Orillas del Duero, ya incluido, como se dijo, en ese libro.
Soria se adentró en su alma bien pronto y orientó con nuevo rumbo, desde ese instante, su poesía. Como ha dicho Ribbans, "se encontraba en el momento más propicio para recibir las lecciones que había de dictarle Soria. . Allí aprendería a mirar hacia fuera, hacia el paisaje, hacia los grandes problemas nacionales, sin perder por entero la intensa veta intimista, la más constan- te y decisiva de su poderosa personalidad poética ".
Mas, ¿cómo logra Antonio Machado un conocimiento tan amplio y profundo de Soria? Lo diría muy bien, años después, otro gran poeta y cantor de Soria y, como él, catedrático de su viejo Instituto, Gerardo Diego: "Porque nunca -subraya Gerardo- había vivido en el campo, y mucho menos, el campo, la tierra pura y alta de CastiI1a. Soria, sí, es una ciudad tan apretada y chica que el campo se mete hasta el centro de Portales [el Collado] por cualquiera de sus calles y callejas, apunte la veleta donde quiera. Vivir en Soria, solitario, o lo más, acompañado por algún nuevo amigo, sencillo y humilde como él mismo, es sentir dentro de sí la tierra de Castilla, empaparse de paisajes y de ensueños históricos, ahondar cada día en la convivencia callada con labriegos y trajinantes, aprender la siempre nueva lección de las cosechas, ponerse a la escuela del más rico y verdadero idioma castellano. Y Antonio -añadía Gerardo Diego- no se harta de pasear, de caminar por carreteras, sendas y trochas, de subir y bajar a los cerros y al río, de escuchar el habla de los hombres..., de escuchar y escuchar las confidencias transcendentales de pájaros, hojas y espumas".
En la todavía más pequeña Soria de entonces si es cierto que el campo se le adentraba en la misma ciudad, no lo es menos que Antonio, por su propia propensión natural. v sobre todo. entiendo yo, por su formación en la Institución Libre de Enseñanza -yeso lo había mostrado a los institucionistas el soriano Sanz del Río, introductor del krausismo en España- era un ser dotado como pocos para comprender la unión de la naturaleza con el espíritu, según había postulado el filósofo alemán.
El citado poema Orillas del Duero supone, como vimos, el encuentro inicial de la intimidad de su alma coincidente con la realidad del paisaje soriano. Dijérase que Machado se siente, por vez primera, conmovido de fervor ante este paisaje que, al final del poema, se ensancha hasta convertirse en un paisaje total de nuestra patria, cuando exclama el poeta: "Hermosa tierra de España".
Pero será el poema Campos de Soria, inserto también en el libro Campos de
Castilla (1912), de acentuados trazos y mayor colorido, el que nos muestre mejor la esencialidad e identificación espiritual del propio poeta con la realidad circundante. Como expresa su mismo título, su idea central es la visión poética de los campos de Soria; pero, en esta visión, no sólo cabe valorar el sentido impresionista del paisaje -luces y colores físicos-, sino el que podríamos llamar "talante moral" o retrato psicológico de estas tierras y sus gentes que, en la bellísima y exacta expresión del poeta, "tienen alma". Se trata, pues, temáticamente, de la "humanización" del paisaje soriano, el cual viene a ser para Antonio Machado como una quintaesencia o arquetipo ideal del paisaje castellano y, por extensión, un símbolo de España.
De otra parte, ese recuerdo del paisaje soriano que, a lo largo de su vida, permanece en la retina y en el espíritu de Antonio Machado, ha hecho pensar a algunos críticos que el poema Campos de Soria no fue escrito en la Ciudad del Alto Duero, por constar de paisajes o motivos diversos, vistos en ocasiones distintas, aunque evocados fuera de Soria. Sea como fuere -y yo me inclino por esa misma apreciación- lo que sí resulta evidente es que, incluso en aquellas estrofas en las cuales prevalece lo narrativo (la IV y la V, sobre todo) se trata, más bien, de una "lejanía narrativa", de lo que pudiéramos llamar una "decantación del mundo exterior en el propio mundo interior del poeta", porque cuanto ve, narra o describe viene a ser una morosa y amorosa evocación de un paisaje y de unos tipos humanos, tantas veces vistos físicamente, que él puede "contemplarlos" desde su propia interioridad en cualquier momento. Pues, como advirtió don Miguel de Unamuno, Machado era capaz de ver conjuntamente "el paisaje" yel "paisanaje", de acuerdo con un sentido intrahistórico de la realidad.
Si en "Orillas del Duero" -formado por cuartetas de endecasílabos y heptasílabos, muy melodiosos- ha visto Bemard Sesé "el panorama admirable del paisaje, como inmovilizado en un arrebato de la imaginación, donde aflora el hacia el fluir del tiempo, del pasado, de la historia, al ponerse todo el paisaje en movimiento", en "Campos de Soria" "la perspectiva cambia, se anima, abraza el horizonte o sigue a orillas del Duero, entre San Polo y San Saturio". "El final tiene la transparencia y el halo espiritual de un éxtasis místico donde confluyen el alma del poeta y el alma del paisaje. Un tono de tristeza, de profunda emoción, una mezcla de lucidez casi mágica y de pasión forman la atmósfera de esta composición, profundamente inspirada", que, en opinión del citado crítico, es "una imagen extraordinaria y como alucinada de Soria fría". Se ha dicho que la poesía de Antonio Machado apenas es sensorial, porque las sensaciones en ella predominantes son visuales, y de los cinco sentidos, el más inmediato en el de la vista.
El poeta nos ofrece la doble idea de paisaje-alma, a través de una gama recíproca y diversa de impresiones visuales y cromáticas. Las visuales son meras imágenes tan sólo; son, además, visiones morales o espirituales de la realidad apresada por su retina; y las cromáticas vienen a ser, por otra parte, la correlación tonal del paisaje en su alma, con una gradación de colores y matices que definen, en cada instante, el tono espiritual del poeta ante el "paisaje" y el "paisanaje".
En el poema Campos de Soria Antonio Machado ve los "verdes" pradillos; ! los cerros, "cenicientos"; las tierras labrantías, como retazos de estameñas "pardas"; los llanos, "plomizos"; y ve también las colinas "plateadas", los "grises" alcores, las "cárdenas" roquedas... Y, en la última estrofa, la IX, síntesis de las anteriores, exclama:
¡Oh, sí! Conmigo vais, campos de Soria
tardes tranquilas, montes de violeta,
alamedas del río, verde sueño
del suelo gris y de la parda tierra,
agria melancolía
de la ciudad decrépita.
¡Me habéis llegado al alma,
¿o acaso estabais en el fondo de ella?
¡Gentes del alto llano numantino
que a Dios guardáis como cristianas viejas,
que el sol de España os llene
de alegría, de luz y de riqueza!
Esta última y hermosa estrofa resume todo el poema para expresar, de modo categórico, cómo se ha producido en el alma del poeta la más plena identificación, (tales son sus afinidades electivas) con el paisaje soriano.
Así, en los cinco primeros versos, la adjetivación -precisa y exacta- define perfectamente el sosiego del campo (tardes tranquilas) y las tonalidades en él dominantes (montes de violeta, suelo gris, parda tierra), a la vez que logra conciliar una antinomia constate: la de agria melancolía con el verde sueño, es decir, con un sueño esperanzador...
Por ello, sin abandonar la crítica "noventayochista" (esa agria melancolía de la ciudad decrépita, donde ha oído hablar de incendios en pinares y de crímenes rurales y donde sufrió, él mismo, el día de su boda, comentarios mordaces y hasta alguna reacción hostil, aspectos todos éstos que se reflejan en La Tierra de Alvargonzalez y en el poema Por tierras del Duero, luego titulados Por tierras de España -"no fue por estos campos el bíblico jardín"-, tales aspectos negativos no le impiden declarar -nobleza obliga- que los campos de Soria le han llegado al alma, si es que no los llevaba ya dentro de ella.
* * *
El poeta -como hemos visto, y sólo he querido espigar algunos ejemplos significativos- no ha olvidado jamás a Soria. Esta, tampoco a él. Así, el Ayuntamiento de la Ciudad, el 16 de Julio de 1932, hizo suya una propuesta suscrita por Pelayo Artigas y don Bienvenido Calvo y acordó, por aclamación, nombrar "hijo adoptivo" de la Ciudad a Antonio Machado, "por haber sabido -se decía en la propuesta- describir en versos sublimes el paisaje, las costumbres y el alma soriana". Se propuso hacerle entrega de tal título acreditativo el 5 de Octubre de ese año, como digno remate de las fiestas de su patrono, San Saturio.
El 19 de Agosto contestaba Antonio Machado para dar las gracias, y decía: "Nada me debe Soria, creo yo, y si algo me debiera, sería muy poco en proporción a 1o que yo le debo: el haber aprendido en ella a sentir a Castilla, que es la manera más directa y mejor de sentir a España. Para aceptar tan desmedido homenaje sólo me anima esta consideración: el hijo adoptivo de vuestra Ciudad ya hace muchos años que ha adoptado a Soria como Patria ideal".
El acto se celebró con toda sencillez el 5 de Octubre. Y, según la Prensa local, Machado dijo, entre otras cosas; "Cuando yo os oí hablar tan puramente este rico tesoro de la lengua, penetré en vuestra alma, y como mi arte es el del lenguaje, aquí ha brotado el manantial de mis versos. Ya veis claramente que soy yo quien os debe todo". Y, luego se extendió en otros aspectos que fueron, en realidad, los mismos de un hermoso artículo que, solicitado por "El Porvenir Castellano"- el periódico que el propio Machado había impulsado y animado desde 1912- apareció en sus páginas del 1 de Octubre de 1932, como pórtico al acto antes aludido.
Se titula, sencillamente, Soria, y en verdad que no cabe una más precisa ni hermosa evocación. Como no se ha incluido en todas las ediciones de sus obras y, en general, es poco conocido, creo que vale la pena recordarlo, aquí y ahora:
"Con su plena luna amoratada sobre la plomiza sierra de Santana, en una tarde de septiembre de 1907, se alza en mi recuerdo la pequeña y alta Soria. Soria pura, dice su blasón. Y ¡qué bien le va este adjetivo!
"Toledo es, ciertamente, imperial, un gran expoliario de imperios; Avila, la del perfecto muro torreado, es, en verdad, mística y guerrera, o acaso mejor, como dice el pueblo, ciudad de cantos y de santos; Burgos conserva todavía la gracia juvenil de Rodrigo y la varonía de su guante mallado, su ceño hacia León y su sonrisa hacia la aventura de Valencia; Segovia, con sus arcos de piedra, guarda las vértebras de Roma. Soria... Sobre un paisaje mineral, planetario, telúrico, Soria, la del viento "redondo" con nieve menuda, que siempre nos da en la cara, junto al Duero adolescente, casi niño, es pura y nada más. Soria es una ciudad para poetas, porque allí la lengua de Castilla, la lengua imperial de todas las Españas, parece tener su propio y más limpio manantial. Gustavo Adolfo Bécquer, aquel poeta sin retórica, aquel puro lírico, debió amarla tanto como a su natal Sevilla, acaso más que a su admirada Toledo. Un poeta de las Asturias de Santillana, Gerardo Diego, rompió a cantar en romance nuevo a las puertas de Soria:
Río Duero, río Duero
nadie a acompañarte baja,
nadie se detiene a oir
tu eterna estrofa de agua.
"Y hombres de otras tierras, que cruzaron sus páramos, no han podido olvidarla. Soria es, acaso, lo más espiritual de esa espiritual Castilla, espíritu a su vez de España entera. Nada hay en ella que asombre, o que brille y truene: todo es allí sencillo, modesto, llano. Contra el espíritu redundante y barroco, que sólo aspira a exhibiciones y a efecto, buen antídoto es Soria, maestra de castellanía, que siempre nos invita a ser lo que somos, y nada más. ¿No es esto bastante? ... Hay un breve aforismo castellano -yo lo oí en Soria por vez primera-, que dice así: "nadie es más que nadie". Cuando recuerdo las tierras de Soria, olvido a veces a Numancia, pesadilla de Roma, y a Myo Cid Campeador que las cruzó en su destierro; y al glorioso juglar de la sublime gesta, que bien pudo nacer en ellas; pero nunca olvido al viejo pastor de cuyos labios oí este magnífico proverbio, donde, a mi juicio, se condensa toda el alma de Castilla, su gran orgullo y su gran humildad, su experiencia de siglos y el sentido imperial de su pobreza; esa magnífica frase que yo me complazco en traducir así: por mucho que valga un hombre nunca tendrá valor más alto que el valor de ser hombre. Soria es una escuela admirable de humanismo, de democracia y de dignidad". Valía bien la pena, como dije antes, leer esta magistral evocación de Soria, tras de la cual vemos, asimismo, el espíritu de Antonio Machado.
* * *
Sucede, sin duda, que en las altas tierras de Castilla se produce un gran proceso vital y estético depurador. Ya le había ocurrido mucho antes a Velázquez -a partir de 1623- frente a los cielos del Guadarrama; a comienzos de la segunda mitad del XIX, al poeta Gustavo Adolfo Bécquer y a su hermano Valeriano, el pintor, que, por tierras de Socia y del Moncayo pasaron y vivieron algún tiempo; igual, aunque más intensamente aún, volvería a pasarle, iniciado este siglo, a Antonio Machado.
En estos cuatro grandes artistas sevillanos, se produce, en efecto, un proceso análogo de eliminación de lo superfluo, de búsqueda rigurosa de su propia autenticidad, de catársica simplificación, porque son la tierra y el cielo de Castilla los espejos en que pueden verse humana y estéticamente a sí mismos.
Si analizamos la obra de estos cuatro grandes sevillanos, podríamos llegar a la conclusión de que Castilla lo que realmente da es un profundo sentido de lo esquemático y los transcendente: así, por ejemplo, en esos maravillosos cielos velazqueños, de tonos azules, grises o platas; así también en la pura desnudez de la altiplanicie soriana, donde Gustavo Adolfo Bécquer sitúa o inspira algunas de sus leyendas; de igual modo en los equilibrados y deliciosos cuadros y dibujos de escenas y tipo populares de Valeriano -como aquel de El baile o La Carreta de los Pinares-; y, luego, en las plateadas colinas, los grises alcores, las cárdenas roquedas, los verdes pradillos o los montes de Violeta de Antonio Machado.
Por todo lo expuesto, resultaría ocioso decir que Soria ha dejado una huella profunda y entrañable en la vida y la obra de Antonio Machado, confirmando y afinando en él su propio o innato sentido de la esencialidad, y a la vez, el añadir que Soria ha venido a ser por él el símbolo de un gran poeta, como lo son, entre otros ejemplos de la geografía literaria universal, la Salamanca de Fray Luis de León, la Galicia de Rosalía de Castro, La Verona, de Shakespeare o la romántica y muerta Brujas, de Rodenbach...
Soria le ofreció, en efecto, una gran lección de objetividad en sus tierras altas y desnudas y le brindó, además, una espiritualidad muy afín a la suya. Por eso, como ha dicho alguna vez Azorín, sus visiones de los campos de Soria no han sido trazadas por una mano carnal, sino que son tan sutiles que parece ser el propio espíritu del poeta el que alienta en estos paisajes.
El poeta sevillano Antonio Machado ha encontrado también su mejor lugar de expresión en esta árida y a la vez -para él- amada tierra de Castilla, donde pudo asomarse a un paisaje en el que lo material y localizado se halla en las fronteras de la desmaterialización y la eternidad, paisaje, que, en su cromatismo y espíritu, no es sólo el gran protagonista de la poesía más representativa de Antonio Machado, sino la expresión, fiel y exacta, del alma del más puro, auténtico y esencial poeta de nuestro tiempo.
Todo esto explica mejor que nada el que Soria sea un "leit motiv" constante -como geografía, como vivencia íntima, como evocación literaria- en su obra.

Antonio Machado, ha de llegar -siguiendo el azar de su destino- a Soria, para que en sus tierras altas y desoladas, junto al Duero recién nacido, vea y nos descubra literariamente el paisaje castellano, convirtiendo a estas altas y frías tierras sorianas en símbolo de Castilla y ésta, a su vez, de España entera.
Si, por una parte, Antonio Machado -gran poeta del siglo XX- ha sabido captar en versos -ya que ha sido más difícil plasmar en pinceladas por Beruete, Sorolla y otros pintores- ese inaprehensible y etéreo, ese irreal y sutilísimo paisaje soriano, y si Soria ha dejado una huella singular en su poesía, de otra parte Soria ha venido a ser por él centro de peregrinación -como una nueva Compostela literaria- para quienes aspiran a conocer y amar la espiritualidad de esta tierra castellana de la que él es, hasta ahora -y tiene muchos- su mejor intérprete y su máximo cantor.





UNAMUNO Y DARÍO, INCITADORES DE ANTONIO MACHADO

Aurora de Albornoz
Con admirable sentido crítico, Juan Ramón Jiménez veía la mejor poesía hispánica del siglo XX como heredera de dos padres y maestros: Miguel de Unamuno y Rubén Darío. Son ellos –decía Juan Ramón en su curso de “Modernismo”-, un punto de partida: el primer gran heredero es Antonio Machado.
Acaso sea más fácil detectar en Antonio Machado la herencia unamuniana que la rubendariana; y ello por varias razones. La primera, porque durante toda su vida, Machado le llamó a don Miguel “Maestro”: hasta tal punto, que algunos nos vimos tentados a estudiar a fondo ese posible magisterio. Por otra parte, es obvio que muchos “temas” que preocuparon a Unamuno preocuparon, igualmente, al que se decía su “discípulo”: problemas que están a la vista de cualquier lector, preocupaciones afines: es decir: temas comunes. La herencia rubendariana acaso es menos visible, aunque no menos importante.
Pero, aunque he hablado de “herencias”, más me gusta utilizar otro término: “presencias”. Y, desde luego, deshecho otra expresión, “influencias”, porque, tratándose de grandes creadores –y nadie duda de que Antonio Machado lo es- lo que en principio puede ser “influencia” deja de serlo cuando la voz propia, personal, se impone: la de Machado se impuso muy pronto.
Como decía, Antonio Machado mostró siempre su admiración hacia el “Maestro Unamuno”, cosa que expresa a través de múltiples testimonios: dedicatorias, poemas dedicados, artículos, correspondencia,… Testimonios diversos podemos hallar desde los primeros años de siglo hasta los de la guerra (ya muerto don Miguel, ya cercana la muerte de don Antonio).
La proximidad de Machado a Unamuno y sus problemas podemos advertirla, quizá sobre todo, en la preocupación por la España de su momento y por España en su historia. Ambos contemplan con dolor una serie de vicios que viene de lejos: la envidia –por ejemplo- que personifican en el mito de Caín: ambos denuncian un ambiente dominado por la ramplonería, por la mediocridad,… Don Antonio –como antes don Miguel- se acerca a un paisaje, el castellano, que admira en su belleza y en su tristeza. Hay también posibles huellas unamunianas en ciertos problemas que Machado – ya el inicio de su madurez- se plantea apasionadamente: problemas de índole religiosa y otros fundamentales como los que se relacionan con el yo, uno y múltiple (antiguas preocupaciones de don Miguel). Ahora bien: si los problemas son los mismos (y Unamuno los planteó antes), cabría preguntarse si son las mismas las conclusiones a que ambos pensadores llegan. Y la respuesta habría que matizarla, aunque, resumiendo ahora muchísimo, cabe afirmar que, en general, hay coincidencias en todo lo que se refiere a los problemas relacionados con España y los españoles: por el contrario, no siempre coincide Machado con Unamuno en la solución –o no solución- de otros problemas. Más aquí, sin embargo, lo que importa es destacar el hecho de que Unamuno fue para Machado un “incitador”. Porque, sin duda don Miguel suscitó en Antonio Machado una serie de preocupaciones. Que el “discípulo” –pensador que piensa y repiensa- llegue a conclusiones que no siempre coinciden con las del “Maestro”, no invalida el magisterio.
También hay abundantes testimonios de admiración hacia Rubén Darío por parte de Antonio Machado, aunque, en este punto, se imponen ciertas matizaciones. Durante toda su vida se mostró Machado admirador del hombre y poeta Rubén Darío, a quien dedicó poemas en diversas ocasiones y cuya obra elogió sin reservas. Ahora bien: puede resultar un tanto desconcertante el hecho de que, durante unos años –como se puede ver en algunos testimonios- don Antonio afirme una y otra vez que, a pesar de su gran admiración por Darío, su poesía pretendió seguir otros rumbos, ya desde el comienzo de su andadura poética. Creo –y coincido con otros estudiosos- que esa actitud machadiana es pasajera; y creo que es imprescindible señalar que los años en que Machado hace esas afirmaciones –segunda década de siglo- son tiempos en que las vanguardias se inician y la tendencia a singularizarse, a rechazar a los maestros de antaño, es rasgo común a todo poeta: recordemos que Machado niega –también ese momento- su herencia simbolista (innegable, sin embargo). En los años últimos de su vida, don Antonio, como en los lejanos de su juventud, cita una y otra vez el nombre y los versos de Darío, con veneración.
También debemos ver a Darío más que como “influencia” como “presencia incitadora” en el joven Antonio y en su poesía, Rubén es para los jóvenes de comienzos de siglo no sólo una asombrosa voz poética, sino un estímulo: con él llegan a España otros nombres, otras literaturas. De sobar sabemos que Rubén, antes que nadie, había hablado de poetas desconocidos aquí: de la gran poesía francesa de entonces, sobre todo. En este aspecto, por lo tanto, sería un “incitador” del joven Antonio Machado, como de Manuel, Juan Ramón y tantos otros. Pero, además, el “Padre y maestro mágico” seduce a los jóvenes con sus palabras, con sus ritmos, nuevos en nuestra poesía.
Palabras, frases, mitos, símbolos,... de estirpe rubendariana, cautivaron el joven: el poeta Antonio Machado, ya maduro, conserva aún huellas de aquellas primeras sugestiones rubendarianas, como puede demostrarse por un simple cotejo de textos. Ahora bien: aún en los poemas donde un vocabulario, donde algunas palabras-símbolo, o donde algunos mitos revelan visibles huellas del maestro Darío, hay siempre una nota –o notas- profundamente machadianas. Podríamos aquí hablar, por ejemplo, de la evolución de ciertos símbolos, o del peculiar sentimiento machadiano del tiempo, o, quizá sobre todo, de ese característico, inconfundible “tono”, o, quizá sobre todo, de ese característico, inconfundible “tono” que diferencia la poesía de Machado tanto de la de sus maestros como de la de otros poetas contemporáneos suyos.
Pero, como el tiempo y espacio de que dispongo no dan para más, añadiré sólo una breve reflexión. Nadie nace por generación espontánea y todo escritor tiene padres y maestros. Creo que en el caos de Antonio Machado son Unamuno y Darío las presencias más claras, aunque hay algunas otras.

Esos “incitadores” contribuyeron definitivamente a que el poeta y pensador Antonio Machado pudiese buscar y encontrar sus propias ideas y expresarlas con su propia voz: voz personal, desde sus primeros libros hasta los últimos textos, pasando, claro está, por los versos de los apócrifos y por la prosa magistral de Juan de Mairena.

ANTONIO TABUCCHI

Brani tratti da "Il rancore e le nuvole" di ANTONIO TABUCCHI, Piccoli equivoci senza importanza, Milano, 1985


Il ritratto di Machado lo attaccò sopra il tavolo da lavoro, fra il letto e la finestra sull'ospedale. Ma non sarebbe rimasto ancora a lungo in quella squallida stanza d'affitto, lo sapeva, ormai il concorso era vicino, lo avrebbe vinto e avrebbe appeso quel ritratto su una parete adatta alla sua bellezza. Intanto, inconsapevolmente, si trovò ad assomigliargli. Lasciò crescere i capelli sulle tempie, un po' gonfi, ma senza brillantina. Il disegno della fronte, con l'attaccatura alta dei capelli, era lo stesso. Anche il taglio della bocca era analogo: una bocca sottile, come una ferita di cinismo a camuffarele ingiustizie subite. Ora, del grande spagnolo, leggeva il diario di Juan de Mairena, lo affascinava quella capacità di assumere maschere, quella sottigliezza pseudonimica che sentiva così cingeniale. "Il fondo del mio pensiero è triste; nondimeno, io non sono un uomo triste, e non credo di contribuire a rattristare nessuno. Detto in altro modo: la mancanza di adesione al mio proprio pensare mi libera dal suo maleficio; oppure, più profonda del mio pensare è la mia fiducia nella sua umanità, la fonte di Giovinezza in cui si bagna costantemente il mio cuore". La mancanza di adesione al mio proprio pensare mi libera dal suo maleficio. Era un concetto che gli dava una leggerezza infinita, una specie di remissione delle pene, di innocenza. E fu in quella innocenza che visse i giorni così impegnativi del concorso, senza neanche rendersi conto della difficoltà della prova. Una prova che non concerneva la poesia di Machado evidentemente: era un lavoro strettamente tecnico, rigorosamente teorico, di metrica. Eppure quella grammatica poetica così astratta, così superbamente incontaminata, gli parve la metafora della sua esistenza; era il pensiero allo stato puro: un pensiero libero dal maleficio dello stesso pensiero. [...]
E allora gli recitò il suo disprezzo, lo fece con flemma, con sarcasmo, quasi un ritmo di frase che gli ricordava il Machado delle Coplas por la muerte de don Guido; e mentre gli sussurrava le sue parole di rivincita taglienti ed essenziali, la sua mente, pe conto proprio, come un pensiero libero dal maleficio dello stesso pensiero, andava ripetendo in un metro conosciuto: "Al fín la pulmonía mató a don Guido, y están las campanas todo el día doblando por él: din-dan! Murió don Guido, un señor de mozo muy jaranero, muy galán y algo torero; de viejo gran rezador." "È morto don Guido, un signore da giovane tutto altero, molto galante e un po' torero, da vecchio tutto orazioni." [...]
E poi erano venute le vittorie domestiche, confortevoli e rassicuranti: l'appartemento in centro, la ricca biblioteca, il suo studio, il ritratto di Machado appeso finalmente in un luogo decoroso, vicino a libri degni di lui. Trascrisse la terzina della curiosa poesia che aveva scelto di analizzare e pensò nuovamente al titolo del congresso. Ne tentò la traduzione in italiano e provò a leggerla ad alta voce, per sentire l'effetto che avrebbe fatto sull'uditorio:
Di cosa si formano le nostre poesie? Dove?
Quale sogno avvelenato risponde loro,
se il poeta è un risentito, e il resto è nuvole?
Il poeta dopotutto non gli dispiaceva: asciutto e relistico, con uno sguardo lucido sulle cose, anche se forse appannato da una venatura metafisica che trovava superflua. A pensarci bene c'era qualcosa di querulo in quel rimando tardoromantico a un empireo non meglio definito nel quale vagherebbero in forma astratta i concetti poetici per scendere poi in forma di parole nel recipiente vile del poeta: uomo mortale e contaminato dal peccato e dal risentimento. Ma forse quel poeta dalla vena elegantemente malinconica era davvero inconsapevole: era a suo modo un signorino, aveva scritto quelle parole senza capirne il significato, credendole misteriose e provenienti da chissà quali profondità dello spazio cosmico. E invece esse non avevano nessun mistero per lui che le leggeva, erano chiare come l'acqua, sentiva di possederne la chiave, poteva afferrarle e tenerle tutte nel palmo della mano, giocare con loro come con le lettere di legno di un alfabeto infantile. Sorrise e scrisse: Il rancore e le nuvole. Per una lettura ritmica di una poesia del Novecento. Il vero poeta era lui, lo sentiva."


[ La traducción al castellano está publicada en la editorial Anagrama. ]

Una carta inédita de Antonio Machado
DANIEL PINEDA NOVO 
Real Academia de Sevillana de Buenas Letras

Monteagudo, 3.ª Época – N.º 18. 2013 – Págs. 139-157

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El escultor Pablo Serrano visitó Soria 

y donó al pueblo un busto de Machado


Un humanista de nuestra época ante el compromiso con la realidad del siglo

Campo Soriano
Lunes, 30 de agosto de 1982, Página 11

         El escultor Pablo Serrano visitó Soria el pasado martes y durante su estancia hizo donación al pueblo soriano de una escultura que representa la cabeza de Antonio Machado y que será instalada en la plaza del Vergel como homenaje al poeta-profesor recordando los 75 años del comienzo de su profesorado en el Instituto de la capital. Soria tiene desde este momento una deuda de gratitud con el escultor aragonés que ha sabido captar con su sensibilidad y la esplendidez de su gesto, la especial importancia que lo machadiano tiene en la provincia. En los pasillos del Instituto y demostrando lo justo de las afirmaciones del escritor García Sabell este escultor “sencillo, tímido, de una enorme delicadeza y de una cultura exquisita”, nos habló de su obra, de esa área de creación de las artes plásticas que más le gusta, la escultura.

         “Cualquier motivo es bueno para venir a Soria. Ver cómo la ciudad crece, cómo la ciudad se desarrolla, y cómo a pesar de todas las dificultades de todos los ayuntamientos, se trata, con buena voluntad, de continuar aquella tradición en los edificios y en su conservación, vista la cantidad de posibilidades que hay para continuar esa labor de mantenimiento de la tradición, en el sentido de la arquitectura, de la forma de vivir, etcétera, en este caso especialmente ha coincidido la invitación que me ha hecho mi amigo Leopoldo Ridruejo para venir acá a pasar un día con él y con su encantadora señora, Blanca, para tratar también un tema entrañable, para él y para mí, de hacer algo por Antonio Machado.”

         Pablo Serrano nació en Crivillén (Teruel) el 10 de febrero de 1910. Realizó sus primeros estudios en Zaragoza, ciudad en la que residía su abuela. Más tarde marchó a Barcelona al trasladarse a la Ciudad Condal sus padres, donde estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Jorge. En 1929 marchó a América, donde vivió durante veinte años, en los cuales su obra siguió una línea expresionista que posteriormente se reflejó en los retratos de personajes y a la que siguió una etapa de tendencia constructiva. En 1954 regresa a España y se inicia entonces su época más creadora. Dos años más tarde funda con otros artistas el grupo El Paso y participa de las primeras exposiciones colectivas del mismo. Luego sigue solo su propio camino.

         Su obra, concretada en alambres, bronce, escayola o mármol, se convierte en la exteriorización de sus inquietudes y especialmente de su concepción del hombre y de su lucha ante sus problemas que dan un paso cualitativo al trascender al plano del arte.

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         Pablo Serrano, de cuya obra García Sabell dijo que “puede conseguir, de hecho lo consigue, por su sola presencia que la intimidad se os (…) en el inefable placer de lo que se entiende sin necesidad de las palabras”, se ha caracterizado por esa calidad testimonial que le ha impulsado a realizar homenajes memorables a figuras egregias de la cultura contemporánea.

         Su valiente compromiso con la realidad de siglo, su calidad testimonial que le ha llevado a realizar homenajes como el célebre de Baeza con el busto a Antonio Machado, o los grandes monumentos en memoria de Unamuno y Pérez Galdós, se relaciona con su hermoso gesto de donar al pueblo de Soria un busto del poeta?

         “Estas participaciones obedecen todas siempre a mi sentido humano de las cosas y por lo tanto entiendo que todos debemos colaborar porque estas grandes personas que constituyen la base de nuestra cultura no se pierdan, concienciando a nuestra sociedad de la importancia que tiene para las generaciones futuras la conservación de nuestro patrimonio vivo la creación artística que se está produciendo en la actualidad. El homenaje a Machado nació a través de un grupo de personas que nos reunimos un día y nos dijimos vamos a hacer un homenaje a Machado y decidimos que fuera en Baeza ya que allí estuvo siete años dando clases. Pero, ¿en qué consistiría?; hicimos una generosa convocatoria para que todo el que quisiera, el que haya conocido a él o a su obra se adhiriera. Resulto ser un homenaje fallido puesto que las autoridades consideraron que el acto sería un movimiento y ellos no habían sido invitados, pero si los hubiéramos invitado se nos hubieran cerrado muchas adhesiones. Ahora, aquí en Soria hay un motivo muy especial al conmemorarse el 75 aniversario de comienzo de sus actividades en Soria como profesor del Instituto lo que me parece una fecha notabilísima pues quién no recuerda desde la niñez con verdadero cariño a los primeros maestros. Esto de conmemorar me parece importe y debe darse la mayor información posible. A la vocación de profesor de Machado de por sí hay que unir el que era un hombre vivo en Soria. Al notificarme a mí la idea de hacerle un homenaje mi amigo Leopoldo Ridruejo me invitó a venir aquí. Mi colaboración en el homenaje es en el sentido de que he intervenido en otros, aportando mi colaboración, donando la escultura al pueblo de Soria, corriendo por cuenta del Ayuntamiento los gastos de la fundición.

         Ese deseo de Pablo Serrano no a de servir de raíz al porvenir con todo lo que supone de búsquedas, dudas posibles errores peligros ciertos es lo que sitúa como un humanista de nuestra época. Un artista no sólo de su época sino, por creación, conformador de aquello que servirá en el futuro para comprenderla mejor.

         Pablo Serrano se fue de Soria, pero nuestra ciudad le debe el reconocimiento agradecido por el noble gesto de su donación. Seguirá haciendo arte en las ocho o nueve horas diarias que trabaja superando las dificultades de visión que a veces se le presentan, y ampliando ea obra escultórica que le sitúa como un humanista de nuestra época.



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Diario de Burgos


             Aurelio Martín / Segovia - domingo, 6 de diciembre de 2015



El Machado de Castilla




         Soria y Segovia mantienen un punto en común en su relación con Antonio Machado (Sevilla, 1875 - Collioure, 1939). En ambas ciudades, separadas por una estancia de siete años en Baeza, quien no sólo está considerado como uno de los grandes poetas del siglo XX, sino ejemplo ético de español y figura universal, encontró el amor y, además, recuperaba cierta alegría cuando permanecía fuera de su ámbito de Madrid, a pesar de que ninguna de las dos capitales castellanas le convencía en un principio.

         «Físicamente Machado murió, pero desde el punto de vista de los sentimientos y del pensamiento está muy vivo», recordaba recientemente durante su intervención en la III Aula Juan de Mairena el exdiputado socialista y presidente de la Fundación Pablo Iglesias, Alfonso Guerra. De la trascendencia del legado intelectual del autor de ‘Soledades’ son conscientes en Soria, a donde llegó en 1907, con 32 años, para salir al cumplirse el lustro, y en Segovia, donde permaneció desde 1919 a 1931. Ambas capitales quieren potenciar la figura del poeta como recurso de turismo cultural. Las dos cuentan con un valor intangible, la huella de quien, en el plano personal, fue extraordinariamente bondadoso, tanto que atendía peticiones de poemas que le pedía la gente, incluso sin conocerla.

         La presidenta de la Fundación Machado en Collioure (Francia), Monique Alonso, hace hincapié en la relevancia de Soria en la primera etapa amorosa del poeta, donde encontró a Leonor Izquierdo, con quien se casó, cuando ella contaba con 15 años, aunque le siguió un periodo más triste, con su enfermedad y muerte: «Una noche de verano/-estaba abierto el balcón/y la puerta de mi casa-/la muerte en mi casa entró». En Segovia encontraría el segundo amor de su vida, un romance platónico con muchas complicidades, oculto, como fue el de Guiomar, Pilar de Valderrama: «Todo amor es fantasía:/él inventa el año, el día,/la hora y su melodía,/inventa el amante y, más,/la amada...».

         Naturaleza con alma. Soriano de nacimiento, el profesor Manuel Núñez Encabo, presidente de la Fundación Antonio Machado, considera a Soria decisiva, tanto para la vida y para la obra del poeta, como para el descubrimiento de Castilla. Él lo escribió así: «Cinco años en tierra de Soria, hoy para mí sagrada -allí me casé, allí perdí a mi esposa, a quien adoraba- orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano». ‘Campos de Castilla’ está considerado el libro más importante de Antonio Machado porque, según Núñez Encabo, supone un antes y un después de su poesía, pasando del lirismo interior de ‘Soledades’ al descubrimiento del campo y la naturaleza. Fue el hallazgo de una naturaleza con alma, una naturaleza con lo elemental humano y con el pueblo como expresamente señala el poeta.

         Coincidiendo con el centenario de su muerte en el exilio, la fundación -que ha situado su sede nacional en Soria- desea instalarse en un edificio propio para desarrollar un Centro Internacional de Documentación Machadiana y celebrar congresos y exposiciones internacionales al más alto nivel. La impronta de la personalidad y de la obra que deja en Soria ha quedado en el recuerdo de sus reuniones en los casinos de la ciudad y la inmortalización del paseo de los álamos del Duero. La laguna Negra. El olmo seco. La tumba de Leonor... La frase que escuchó de un pastor: «Nadie es más que nadie...».

         Su calvario eran las clases, sobre todo los exámenes, hasta el punto de que en las anécdotas que cuentan de don Antonio no sólo aparecen sus manchas de ceniza de cigarro en sus trajes grises o el apodo de ‘Charlot’ por sus andares sobre pies planos, sino los tres tipos de calificaciones que otorgaba a los alumnos: «Aprobado, aprobadillo y aprobadejo».
         En Segovia, después de Baeza, se reencuentra con la naturaleza y el paisaje castellano semejantes a los de Soria, aunque con características propias, lo mismo que la ciudad. No solamente describe los alrededores de un río, el Eresma -donde para leer su «biblia» echaba mano al estuche de sus gafas «en busca de ese andamio de mis ojos / mi volcado balcón de la mirada», sino también la Sierra de Guadarrama, que percibe de cerca en sus viajes en el tren que le lleva de Madrid a Segovia, ida y vuelta, hasta terminar conociendo rama a rama y roca a roca. Es en la ciudad del acueducto donde desarrolla más actividades de ámbito social y político, desde la Universidad Popular a la Liga Provincial de Derechos Humanos, las Misiones Pedagógicas o publicaciones de teatro.
         Vivió momentos históricos como el primer mitin de la Agrupación al Servicio de la República, en el teatro Juan Bravo, junto con José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala, el 14 de febrero de 1931. Dos meses después, el día de la proclamación de la República, Antonio Machado fue uno de los republicanos que izaron la bandera tricolor en el Ayuntamiento de Segovia, después de encabezar una manifestación por las calles de esta ciudad.
         Una de las aspiraciones del consistorio segoviano es que la antigua pensión donde residió el poeta, ahora casa museo, sea considerada por el Consejo de Europa como lugar emblemático de la cultura europea, cuando se cumpla el centenario de la llegada del poeta, en 1919. Él cantaba las estancias como «¡blanca hospedería,/celda de viajero,/con la sombra mía!».
La concejala de Turismo y Patrimonio del Ayuntamiento de Segovia, Claudia de Santos, opina que la figura de Antonio Machado forma parte del enorme legado patrimonial inmaterial que da altura a Segovia, uniéndose a San Juan de la Cruz, Santa Teresa o María Zambrano… «Si las ciudades son libros que se leen con los pies, como asevera Quintín Cabrera», añade, «los pasos de Machado, en su ruta guiada, por la ciudad, descubre una Segovia más íntima, reposada y plagada de resonancias que hacen patente la dimensión humana de esta ciudad, -el dulce vivir- en palabras de Chueca Goitia».
         De Santos no oculta que crece el interés de segovianos y visitantes por las actividades que se desarrollan en torno al poeta, como las visitas guiadas a la casa museo, que han aumentado exponencialmente desde su remodelación en 2013, «lo que pone de manifiesto el atractivo de las propuestas desarrolladas en torno a su figura».
         El filólogo José Manuel Blecua habla de Machado como artífice de «una lengua poética limpia clara, basada más en la palabra hablada que escrita», como él decía, y la incorporación de la lírica de tipo tradicional que venía de su padre, una actitud ética, honrada frente a la vida y a la política (...) y fue muy innovador «en cuanto a la sensibilidad ante el paisaje». Ese bagaje intelectual y su figura humana es ya parte imprescindible del patrimonio de las ciudades en las que vivió, que conforman una red, integrada por Sevilla, Soria, Baeza, Segovia y Collioure, a las que podría incorporarse París, donde viajó con Leonor y donde escribió el relato en prosa ‘La tierra de Alvargonzález’, y a la que acaba de llegar Rocafort (Valencia), donde vivió tras estallar la Guerra Civil, entre noviembre de 1936 y marzo de 1938, para morir en tierras francesa, después de un breve paso por Barcelona. Aunque allí, en el corazón de Cataluña no eran muy bien recibidas algunos pensamientos del poeta, como el recogido en ‘El regionalismo de Juan de Mairena’, donde mantenía que de quienes se sentían catalanes antes que españoles, «nada grande era esperable» , además de puntualizar que «los catalanes no nos han ayudado a traer la República, pero ellos serán los que se la lleven».
         Ahora, Machado vuelve a estar en boca de los políticos, algunos regalan su obra en visitas institucionales y otros hasta se equivocan del lugar de su cuna, pese a que ya escribió que su infancia son «recuerdos de un patio de Sevilla/, y un huerto claro donde madura el limonero;/ (...) para alcanzar su juventud y pasar «veinte años en tierras de Castilla».



Heraldo de Soria, domingo 5 de septiembre de 1999

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Prologo del autor, Patrick H. Sheerin


"Campos de Castilla" (versión en inglés)

Por Patrick H. Sheerin

Editado por :Escuela Oficial de Idiomas de Soria (Diciembre, 2011)

Es una gran satisfacción escribir este breve prólogo-presentación de la edición de Campos de Castilla a cargo del profesor Jesús Bozal, con traducción inglesa y notas muy aclaratorias.
Esta edición tiene de entrada el mérito de ser la primera reedición que se publica en inglés de la obra más emblemática de Machado en los inicios del Centenario de su publicación que tiene como punto de referencia mayo de 1912. Los centenarios que tienen unas fechas concretas en que se enmarcan, no pueden limitarse únicamente a las mismas, ya que como ocurre con la publicación de Campos de Castilla en mayo de 2012 el mismo contenido de esta universal obra recoge poemas machadianos creados durante toda su estancia en Soria del poeta (2007-2012). Esta obra maestra de la literatura universal es al mismo tiempo una obra Soriana.
El primero de mayo de 2007 fecha tan emblemática para la primavera y para la reivindicación social Machado toma posesión de su Cátedra de Francés en Soria y el paisaje que se abre ante sus ojos le deslumbra. De este descubrimiento surgió un poema definitivo, “Orillas del Duero”, que ya está incluido incluso en la edición de noviembre de ese mismo año de “Soledades, Galerías y otros poemas”. Como señala Manuel Alvar es en ese momento cuando vira en redondo la obra machadiana. Todos los cambios que descubriremos en sus versos se iniciarán y arraigarán para siempre en una fecha definitiva soriana, en su encuentro por primera vez de Soria mayo 2007, calificando desde el primer momento a Soria “como hermosa tierra de España”. Una fecha también universal en que a la poesía española le nacieron nuevos temas y nuevos modos poéticos, “también entonces se mudó el destino de nuestra poesía”. A partir de “Orillas del Duero” abandona Machado la torre de marfil de la lírica intimista y se inunda de unos paisajes que rebosan las más profundas sensaciones humanas ya que junto al paisaje late la vida de las personas. El descubrimiento de la tierra de Soria fue al mismo tiempo el descubrimiento de Castilla y de la realidad de España: “son tierras que tienen alma”, por eso a propósito de la tierra de Alvargonzález escribe “mis romances miran a lo elemental humano, al Campo de Castilla” la grandiosidad de la poesía de Campos de Castilla es que se convierte también en una poesía visual llena de colores con imágenes y matices cromáticos del paisaje, anteriores a Joaquín Sorolla y otros pintores. En el prólogo a la edición de Campos de Castilla de 1917 escribe (refiriéndose a la edición de 1912): “cinco años en la tierra de Soria hoy para mi sagrada, allí me casé, allí perdí a mi esposa a quien adoraba, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano”. Machado añade también que ya en Soria “era otra mi ideología” y afirma contundentemente “el simple amor a la naturaleza es muy superior infinitamente al arte”. Machado es sin duda el gran poeta lírico de Castilla, a partir de él puede afirmarse, como decía Azorín, otro admirador de Castilla, que “a Castilla la ha hecho la literatura” . Campos de Castilla está también vinculado al recuerdo de Leonor, ya que el Centenario de Campos de Castilla coincide también con la muerte de Leonor el 1 de agosto de 1912. Tuvo tiempo sin embargo Machado a que su obra llegase a las manos de Leonor en momentos de gran dolor y la leve esperanza que se desprende de su impresionante poema: “A un olmo seco” fechado en mayo de 1912. Siete días después de dejar a Leonor, Machado abandona Soria. Ha pensado en suicidarse. Se salva por el reconocimiento a su obra como le escribe a Unamuno. Los poemas con referencia a Leonor muerta se escriben en su etapa de Baeza entre noviembre de 1912 y abril de 1913 pero la intensidad de su lírica sobre Leonor tiene su antecedente en Soria en “A un olmo seco”.
En el Centenario de Campos de Castilla que prepara la Fundación Antonio Machado tendrá su digna presencia Leonor. La Fundación nunca ha olvidado el influjo fundamental de Leonor en la vida y obra del poeta. Por eso conmemoró el Centenario de su nacimiento con un gran congreso internacional en Soria sobre la mujer en la literatura, cuyo recuerdo volvió a repetirse con un nuevo congreso en 2007 con motivo del Centenario de la llegada a Soria del poeta. “Mi corazón está donde ha nacido no a la vida, al amor cerca del Duero”.
Una advertencia importante en relación con el libro Campos de Castila es que los poemas que se integran en esta edición de mayo de la editorial Renacimiento hay que encuadrarlos en sentido amplio ya que los contenidos reales de Campos de Castilla rebasan la fecha de la edición de este libro. Precisamente el poema emblemático e iniciador de Campos de Castilla escrito desde Soria con el nombre primero de “Orillas del Duero” no se encuentra en esta edición primera de Campos de Castilla. Tampoco su poema “A un olmo seco”.
Anticipándose a este Centenario la Fundación Antonio Machado con la colaboración del Ayuntamiento y Alcalde de Soria colocó ya en 2010 una placa en la Laguna Negra conmemorando el viaje machadiano que dio lugar a la Tierra de Alvargonzález incluida más tarde en Campos de Castilla. Por eso la Fundación Antonio Machado iniciará los actos del Centenario en los últimos meses de 2011.
No se necesitan sutiles interpretaciones para señalar lo que significó para Antonio Machado su estancia en Soria que dio lugar a la obra culmen de Campos de Castilla. Ya un año antes de morir respondiendo a un periodista indicó: “soy hombre extraordinariamente sensible al lugar en que vivo. Allá en el año 10907 fui destinado como Catedrático a Soria. Soria es un lugar rico en tradiciones poéticas. Allí nace el Duero que tanto papel juega en nuestra historia. Allí se produjo el monumento literario del Poema del Cid…y viví y sentí aquel ambiente con toda intensidad. Subí a Urbión al nacimiento del Duero. Hice excursiones a Salas…allí se reveló el perenne hechizo de la obra poética de Gonzalo de Berceo: “su verso es dulce y grave: monótonas hileras de chopos invernales en donde nada brilla: renglones como surcos en pardas sementeras y lejos las montañas azules de Castilla”. Fue en Soria donde comprobó que “esa maestra de castellanía nos invita a ser lo que somos y nada más”… hay un breve aforismo castellano “yo lo oí en Soria por primera vez, que dice así: nadie es más que nadie”. Este humanismo universal de Machado desde Soria junto con el sublime esplendor de sus poemas, principalmente Campos de Castillas, fue el motivo de ser declarado en 1987 por la UNESCO a instancias de la Fundación Antonio Machado, poeta de valor universal, convirtiendo a Soria con Campos de Castilla en la ciudad de la poesía universal.
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Más allá de Campos de Castilla


Manuel Nuñez Encabo
Presidente de la Fundación Antonio Machado

El libro “Campos de Castilla” publicado en Mayo de 1912 por la Editorial Renacimiento de Madrid a través del manuscrito que hizo llegar Juan Ramón Jiménez, es una edición modesta cuya portada lleva un dibujo de un paisaje otoñal de árboles y nubes y cuyo contenido marca el nuevo rumbo no solo de la poesía machadiana sino de toda la poesía española, convirtiéndose en obra de referencia universal. Con la marcha de Soria por el dolor de la muerte de Leonor, el poeta se lleva para siempre también el hondo palpitar y la resonancia de su obra más emblemática. Su ausencia de Soria y el contacto con su Andalucía natal, en lugar de alejarle de los Campos de Castilla propiciará una continúa nostalgia y recuerdo que dan lugar según denominación de Pedro Cerezo a “Los Poemas del Retorno”, que configuran la más alta cumbre de la poesía lírica española y una estremecedora elegía de amor a Leonor. Ya instalado en Baeza siguió escribiendo nuevos versos que fue incorporando en las sucesivas ediciones de sus Poesías Completas, donde se integraron bajo el título otra vez de “Campos de Castilla” en la edición de 1917. De ese modo el primer libro fue ampliándose notablemente asegurando la pervivencia de Campos de Castilla más allá de “Campos de Castilla”.

La línea divisoria entre poemas castellanos escritos desde Soria y poemas también castellanos escritos desde la lejanía sólo física de Baeza la marca el poema Recuerdos fechado en el tren en Abril de 1913 camino de Baeza en un entrañable adiós a la tierra soriana:

¡Adiós tierra de Soria; Adiós el alto llano
cercado de colinas y crestas militares,
alcores y roqueadas del yermo castellano,
fantasmas de robledo y sombras de encinares!
En la desesperanza y en la melancolía
de tu recurso, Soria, mi corazón se abreva.
Tierra de alma, toda, hacía la tierra mía,
por los floridos valles, mi corazón te lleva.

El poema que más sintetiza la presencia de sus señas de identidad castellanas desde la ausencia, es el titulado a “José María Palacio” donde se encuentra todas las marcas del paisaje y del profundo sentimiento humano de Campos de Castilla:

Palacio, buen amigo
¿Esta la primavera
vistiendo ya las ramas de los chopos
del rio y los caminos?...
¿Tienen los viejos olmos
algunas hojas nuevas?
Aún las acacias estarán desnudas
Y nevados los montes de las sierras...
¿Hay zarzas florecidas
entre las grises peñas,
y blancas margaritas
entre la fina hierba?...
Habrá trigales verdes,
y mulas pardas en las sementeras…
¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas?…
¿Tienen ya ruiseñores las riberas?
Con los primeros lirios,
y las primeras rosas de las huertas
en una tarde azul, sube al Espino.
al alto Espino donde está su tierra…

En su visita a Sevilla en 1913 sigue expresando el palpitar de sus poemas castellanos y de su emotivo recuerdo de Leonor:

De aquel trozo de España, alto y roquero,
hoy traigo a ti, Guadalquivir florido,
una mata del áspero romero.
Mi corazón está donde ha nacido, no a la vida, al amor: cerca del Duero,
¡El muro blanco y el ciprés erguido!

En Baeza sigue constante este sentimiento:

De la ciudad moruna
Tras las murallas viejas, yo contemplo la tarde silenciosa
A solas con mi sombra y con mi pena…

Y vuelve constantemente el paisaje castellano:
Soria de montes azules
Y de yermos de violeta,
¡Cuantas veces te he soñado
en esta florida vega
por donde se va,
entre naranjos de oro,
Guadalquivir a la mar .
El poeta descubre su soledad en su propia tierra:

Por estos campos de tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.

Y en el poema “Otro Viaje” describe la soledad más total.

¡Y la alegría
de un viajar en compañía!
¡Y la unión
que ha roto la muerte un día!
¡Mano fría
Que aprietas mi corazón!

Soledad,
sequedad.
Tan pobre me voy quedando,
que ya ni siquiera estoy
conmigo, ni sé si voy
conmigo a solas viajando

Y en el poema “Valcarce” confiesa los límites de su creación poética ante la ausencia de Soria y Leonor.

No sé, Valcarce, más cantar no puedo,
se ha dormido la voz en mi garganta,
y tiene el corazón un salmo quedo.
Ya sólo reza el corazón, no canta.

Y continúa diciendo:

Mas hoy…¿será porque el enigma grave
me tentó en la desierta galería,
y abrí con un diminuta llave
el ventanal del fondo que da a la mar sombría?
¿Será porque se ha ido
quien asentó mis pasos en la tierra,
y, en este nuevo elegido
sin rubia mies, la soledad me aterra?

Y finaliza con este lamento desgarrador:

Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar
Sin embargo más tarde en 1918 en carta a Pedro Chico expresaba su memoria viva y su esperanza:

Si la felicidad es algo posible y real, -lo que a veces
pienso- yo la identifico mentalmente son los años de mi
vida en Soria y con el amor de mi mujer a quien, como V.
sabe, no me he resignado a perder, pues su recuerdo
constituye el fondo más sólido de mi espíritu

El amor de Leonor y el éxito de Campos de Castilla íntimamente vinculados se convierten así en la clave más esencial del resto de la vida y la obra de Antonio Machado, así lo afirma el poeta en carta de Abril de 1913 desde Baeza a Juan Ramón Jiménez:



Cuando perdí a mi mujer pensé pegarme un tiro. El éxito de mi libro me salvó, y no por la vanidad ¡Bien lo sabe Dios! sino porque pensé que si había en mí una fuerza útil no

tenía derecho a aniquilarla. Hoy quiero trabajar, humildemente, es cierto, pero con eficacia, con verdad, hay que defender a la España que surge, del mar muerto, de la España inerte y abrumadora que amenaza anegarlo todo. España no es el ateneo, ni los pequeños círculos donde hay alguna juventud y alguna inquietud espiritual. De estos yermos se ve panorámicamente la barbarie española y aterra

Surge así desde la épica humana, como califica Oreste Macrí a “Campos de Castilla” y desde los muy numerosos artículos en la prensa soriana el intelectual comprometido con España y con su pueblo desde la ética más heroica que le llevó al destierro y a la muerte. Es el Machado integral paradigma de la vinculación entre estética y ética que debe siempre ponerse de manifiesto para no mutilar a veces intencionadamente las mil vertientes de un poeta pensador y persona universal que debe seguir siendo ejemplo y lección. Estas singulares características fueron el motivo de ser declarado en 1989 por la UNESCO a instancias de las Fundación Antonio Machado Poeta Universal: Executive Borrad Conmemoration of the fiftieth anniversary of the death of the spanish poet Antonio Machado (131/EX/37): “Reconociendo que la vida y la obra de Antonio Machado estuvieron consagradas a los ideales de libertad, la democracia y la ilustración que caracterizaron toda una época. Recordando el valor universal de su obra y la contribución de ésta a la solidaridad internacional. Consciente de que la obra literaria de Antonio Machado continúa siendo hoy muy fuerte de inspiración para las nuevas generaciones”.


De lo Local a lo Universal


Manuel Nuñez Encabo

Presidente de la Fundación Española Antonio Machado


Campos de Castilla, obra maestra de la Literatura Universal es al mismo tiempo una obra soriana. El primero de mayo de 2007 fecha tan emblemática para la primavera y para la reivindicación social Machado toma posesión de su Cátedra de Francés en Soria y el paisaje que se abre ante sus ojos le deslumbra. De este descubrimiento surgió un poema definitivo, “Orillas del Duero”, que ya está incluido incluso en la edición de noviembre de ese mismo año de “Soledades, Galerías y otros poemas”. Como señala Manuel Alvar es en ese momento cuando vira en redondo la obra machadiana. Todos los cambios que descubriremos en sus versos se iniciarán y arraigarán para siempre en una fecha definitiva soriana, en su encuentro por primera vez de Soria mayo 2007, calificando desde el primer momento a Soria “como hermosa tierra de España”. Una fecha también universal en que a la poesía española le nacieron nuevos temas y nuevos modos poéticos, “también entonces se mudó el destino de nuestra poesía”. A partir de “Orillas del Duero” abandona Machado la torre de marfil de la lírica intimista y se inunda de unos paisajes que rebosan las más profundas sensaciones humanas ya que junto al paisaje late la vida de las personas. El descubrimiento de la tierra de Soria fue al mismo tiempo el descubrimiento de Castilla y de la realidad de España: “son tierras que tienen alma”, por eso a propósito de la tierra de Alvargonzález escribe “mis romances miran a lo elemental humano, al Campo de Castilla” la grandiosidad de la poesía de Campos de Castilla es que se convierte también en una poesía visual llena de colores con imágenes y matices cromáticos del paisaje, anteriores a Joaquín Sorolla y otros pintores. En el prólogo a la edición de Campos de Castilla de 1917 escribe (refiriéndose a la edición de 1912): “cinco años en la tierra de Soria hoy para mi sagrada, allí me casé, allí perdí a mi esposa a quien adoraba, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano”. Machado añade también que ya en Soria “era otra mi ideología” y afirma contundentemente “el simple amor a la naturaleza es muy superior infinitamente al arte”. Machado es sin duda el gran poeta lírico de Castilla, a partir de él puede afirmarse, como decía Azorín, otro admirador de Castilla, que “a Castilla la ha hecho la literatura” . Campos de Castilla está también vinculado al recuerdo de Leonor, ya que el Centenario de Campos de Castilla coincide también con la muerte de Leonor el 1 de agosto de 1912. Tuvo tiempo sin embargo Machado a que su obra llegase a las manos de Leonor en momentos de gran dolor y la leve esperanza que se desprende de su impresionante poema: “A un olmo seco” fechado en mayo de 1912. Siete días después de dejar a Leonor, Machado abandona Soria. Ha pensado en suicidarse. Se salva por el reconocimiento a su obra como le confiesa a Unamuno.

Los Centenarios que tienen unas fechas concretas en que se enmarcan no pueden limitarse únicamente a las mismas, ya que como ocurre con la publicación de Campos de Castilla en Mayo de 2012 por la Editorial Renacimiento de Madrid, su proyección rebasa la fecha de su edición, precisamente el poema emblemático e iniciador de Campos de Castilla escrito desde Soria con el nombre primero de “Orillas del Duero” no se encuentra en esta edición primera. Tampoco su poema “A un Olmo Seco”. Estos y otros poemas figurarán en la segunda edición de Campos de Castilla de 1917.

No se necesitan sutiles interpretaciones para señalar lo que significó para Antonio Machado su estancia en Soria que dio lugar a la obra culmen de Campos de Castilla. Ya un año antes de morir respondiendo a un periodista indicó: “soy hombre extraordinariamente sensible al lugar en que vivo. Allá en el año 1907 fui destinado como Catedrático a Soria. Soria es un lugar rico en tradiciones poéticas. Allí nace el Duero que tanto papel juega en nuestra historia. Allí se produjo el monumento literario del Poema del Cid…y viví y sentí aquel ambiente con toda intensidad. Subí a Urbión al nacimiento del Duero. Hice excursiones a Salas…allí se reveló el perenne hechizo de la obra poética de Gonzalo de Berceo: “su verso es dulce y grave: monótonas hileras de chopos invernales en donde nada brilla: renglones como surcos en pardas sementeras y lejos las montañas azules de Castilla”. Fue en Soria donde comprobó que “esa maestra de castellanía nos invita a ser lo que somos y nada más”… hay un breve aforismo castellano “yo lo oí en Soria por primera vez, que dice así: nadie es más que nadie”. Este humanismo universal de Machado desde Soria junto con el sublime esplendor de sus poemas, principalmente Campos de Castillas, y el ejemplo heroico de su ética configuran el Machado integral que debe siempre ponerse de manifiesto para no mutilar a veces intencionadamente las mil vertientes de un poeta, pensador y persona universal que debe seguir siendo ejemplo y lección. Estas singulares características fueron el motivo de ser declarado en 1988 por la UNESCO a instancias de la Fundación Antonio Machado, poeta de valor universal.

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“Soria en Campos de Castilla”
Conferencia pronunciada por Jesús Bozal Alfaro en la Casa de Cultura de Collioure (Francia) el día 19 de febrero de 2012, con motivo del LXXII aniversario de la muerte de Antonio Machado.

Cuando se clausuraron los actos del I Centenario de la llegada de Antonio Machado (1907-2007) a Soria, tuvimos la sensación de que seguía siendo necesario profundizar más en la relación de Machado con los habitantes de esta ciudad, “con los cuales, como escribió Julián Marías, se siente en comunión fraterna”.
La vida, insiste este filósofo, “es singular, pero a la vez convivencial.” Es decir que la obra literaria de Antonio Machado, CAMPOS DE CASTILLA, que tiene a Soria como uno de sus principales protagonistas, no es el fruto de un trabajo elitista, sino que, dirigido al pueblo (“escribiendo para el pueblo, diría el poeta, se escribe para los mejores”), surge del necesario contacto diario con las miradas, las palabras, las expresiones de alegría y de dolor, de sus convecinos sorianos. “La experiencia, insiste Julián Marías, de su propia vida en un lugar concreto:…”; “la vida que pasa aquí y ahora: en Soria, en Castilla, en la ribera del Duero, entre San Polo y San Saturio, junto a los álamos del amor.” (la vie qui se passe ici et maintenant: à Soria, en Castille, au bord du Duero, entre Saint Polo et Saint Saturio, à côté des peupliers de l´amour)
Y, efectivamente, fue allí, en Soria, en donde Antonio Machado compartió, con todos sus habitantes, no sólo un espacio físico, una naturaleza áspera pero a la vez digna y hermosa, y cinco años de su vida, sino también una filosofía de la vida basada en el sentido común colectivo; en la aceptación del tú, como algo fundamental para el yo; resumido, si se quiere, en ese viejo proverbio castellano: “nadie es más que nadie.” “(Personne ne plus que personne)
Pero, además de compartirlo todo con el pueblo soriano, Antonio Machado supo estar también a la altura del intelectual comprometido con el futuro de esa ciudad. Prestando, por ejemplo, su colaboración gratuita, desde su llegada en 1907, en cursos nocturnos organizados para mejorar el nivel cultural de sus trabajadores; poniendo en práctica el sistema de enseñanza más avanzado de la época, aprendido en la Institución Libre de Enseñanza; colaborando en la prensa de la ciudad; trasmitiendo en fin a los niños sorianos consejos de alto calado ético en el discurso, por ejemplo, de homenaje a Antonio Pérez de la Mata (1910): “Respetad a las personas”; “no aceptéis la cultura postiza”; ”Estimad a los hombres por lo que son, no por lo que parecen”.
         Por todas estas razones, cuando Jacques Issorel me propuso participar en este acto, solo se me ocurrió proponerle hablar hoy, aquí, en Collioure, de Soria en Campos de Castilla, en este año 2012, I Centenario de la muerte de Leonor Izquierdo y de la publicación de una de las obras claves de la literatura en lengua castellana, y, por lo tanto, de la literatura universal, que tiene a Soria, repito, como uno de sus principales protagonistas..
         Soria en Campos de Castilla ocupa un espacio muy destacado, ya que 19 de los poemas que figuran en ese libro le están enteramente dedicados: A Orillas del Duero, Por Tierras de España, El Hospicio, Orillas del Duero, Un Loco, Campos de Soria, La Tierra de Alvargonzález, A un olmo seco, Recuerdos, Al maestro “Azorín” por su libro “Castilla”. Caminos: CXVIII; “Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería” (CXIX), “Dice la esperanza: un día” (CXX), “Allá, en las tierras altas” (CXXI), “Soñé que tú me llevabas” (CXXII), “Una noche de verano” (CXXIII), “Al borrarse la nieve” (CXXIV), “En estos campos de la tierra mía” (CXXV). A José María Palacio, Adiós (CXXVI).
         Las cosas de Soria, reflejadas en estos poemas, están presentes, como escribe Julián Marías (Antonio Machado y la experiencia de la vida, 66), “no como meras cosas, sino como realidades vividas (des réalités vécues), …” Es decir: que Machado habla de Soria en este libro porque la conoce perfectamente: el Duero, por donde acostumbraba a pasear, el Hospicio, el Castillo, la Placeta del Mirón, El Espino, San Polo y San Saturio, junto al Duero. Conoce a sus gentes, por haber escrito estos poemas mientras convivía con ellas. Y a Leonor, de la que hablaremos más adelante. Y ha recorrido los parajes sorianos que para él son entrañables porque forman parte de su experiencia personal en una ciudad de la que dice que “es una escuela admirable de humanismo, de democracia y de dignidad.” (une école admirable d´humanisme, de démocratie et de dignité.”
         Para estudiar, pues, esta presencia de Soria en Campos de Castilla, hemos dividido nuestro trabajo en tres partes: En la primera, hablaremos de su visión de la ciudad. En la segunda, abordaremos el paisaje soriano, y en la tercera, de su visión de las gentes que habitan aquella ciudad.

I
LA CIUDAD DE SORIA

Ciudad hermosa, ciudad decrépita

         Cuando llega Machado a Soria, en el verano de 1907, se encuentra con una doble realidad. En primer lugar, Soria, la pequeña ciudad castellana, en donde va a ejercer como profesor de francés, era una ciudad hermosa. Con ese epíteto acaba su primer poema soriano publicado en Soledades (Orillas del Duero): ¡Hermosa tierra de España! Por lo tanto, Soria era para él, en ese momento, la perfecta metáfora de esa España – la España rural, mayoritaria - que tanto preocupaba a los intelectuales de su generación. Es la afirmación de una “realidad absoluta, como escribe Mairena (2030), porque el poeta cree siempre en lo que ve, cualesquiera que sean los ojos con que mira.” Soria nos es presentada, además, como una barbacana/barbacane; es decir, una especie de baluarte, de punto avanzado de Castilla hacia el exterior, hacia lo otro:

“Soria es una barbacana,
                        hacia Aragón,
que tiene la torre castellana.”
(A orillas del Duero, XCVIII)

“-barbacana
                        hacia Aragón,
en castellana tierra-”
(Campos de Soria, CXIII)

“Soria, mística y guerrera, guardaba antaño la puerta de Castilla como una barbacana hacia los reinos moros que cruzó el Cid en su destierro.”
(La tierra de Alvargonzález)

         Pero, frente esta realidad hermosa, a esa posición puntera, (d´avant-garde), Soria es también una ciudad pobre, decrépita. El doctor Guisande constataba, en un informe fechado en 1907, que a la excesiva mortalidad que existía en ese momento en Soria “… coopera la insalubridad (insalubrité) de la mayor parte de las viviendas, y especialmente las habitadas por clases de escasos recursos, verdaderas zahurdas (porcheries) impropias de ser habitadas ni siquiera por bestias.”; y coopera también a esa excesiva mortalidad la “escasez de jornales para obreros”; la ignorancia, el frío, la falta de instrucción higiénica.
         Es decir, Soria era una ciudad con una población, de 7000 habitantes, mayoritariamente pobre, y así queda reflejado también en un artículo publicado por el famoso periodista Benito Artigas Arpón en Tierra Soriana el 16 de mayo de 1907. En él, comentando la fiesta celebrada con motivo del nacimiento del Príncipe de Asturias, Alfonso de Borbón y Battemberg (10 de mayo de 1997; bautizado el 17 de mayo; fallecido en 1938), escribía lo siguiente:
“Por eso el reparto de limosnas se vio extraordinariamente concurrido. Quinientas madres o hermanas, pálidas, anémicas, consumidas por las privaciones, víctimas de la miseria, acudieron a donde la Caridad se ejercía… ¡Quinientas madres o hermanas en éxodo trágico! ¡La tercera parte de la población indigente!”
Ése es el tiempo y la Soria que Antonio Machado describe en Campos de Castilla (CXIII):
¡Soria fría, Soria pura,
cabeza de Extremadura,
con su castillo guerrero
arruinado, sobre el Duero;
con sus murallas roídas
y sus casas denegridas!
“Soria du froid, Soria pure
avec son château guerrier
tombant en ruine, sur le Dour ;
avec ses murailles rongées
et ses maisons toutes noircies !

¡Muerta ciudad de señores,
soldados o cazadores;
de portales con escudos
con cien linajes hidalgos,
y de famélicos galgos,
de galgos flacos y agudos,
que pululan
por las sórdidas callejas,
y a la medianoche ululan,
cuando graznan las cornejas!
Morte cité de seigneurs,
de soldats ou de chasseurs;
aux larges portes à écussons
de cent lignées d´hidalgos,
aux lévriers faméliques,
maigres lévriers élancés,
qui pullulent
dans les sordides ruelles.
et qui hurlent à la mi-nuit,
quand croassent les corneilles !
         La descarnada descripción de esta realidad urbana corresponde a su filosofía de decir la verdad “por encima de todo.” Porque, junto a esta descripción, Antonio Machado pone en paralelo, con generosidad, su “cariño entrañable” (carta Pedro Chico) hacia ella:
                            ¡Oh, sí! Conmigo vais, campos de Soria,
                           
tardes tranquilas, montes de violeta,
                           
alamedas del río, verde sueño
                           
del suelo gris y de la parda tierra,
                           
agria melancolía
                           
de la ciudad decrépita,
                           
me habéis llegado al alma,
                           
¿o acaso estabais en el fondo de ella?
                           
                            Oui, vous êtes en moi, campagnes de Soria,
                            soirs tranquilles, monts de violette,
                            allés de peupliers le long de la rivière,
                            oh ! verte rêverie du sol gris
                            et de la terre brune,
                            âcre mélancolie
                            de la ville décrépite.
                            vous êtes parvenus jusqu´au fond de mon âme
                            ou bien vous étiez là, peut-être, tout au fond ?

         La ciudad de Soria son también, en Campos de Castilla, lugares concretos, que, a pesar del tiempo transcurrido, siguen evocando hoy - porque siguen formando parte de su paisaje urbano - esa relación entre Machado y Soria: La Audiencia
                            “¡Soria fría! La campana
                           
de la Audiencia da la una            
                            Soria, ciudad castellana
                            ¡tan bella! bajo la luna”
(Campos de Soria, CXIII)
         La curva de ballesta (la courbe d´arbalète), tan conocida, en torno a Soria; la placeta del Mirón (la place du Miron),... Y los campanarios (les clochers) que aparecen – fuera ya de Soria - como imágenes evocadoras para él de un pasado tranquilo y felizmente vivido: “Tendrán los campanarios de Soria sus cigüeñas” (Auront-ils les clochers de Soria leurs cigognes?).
         Soria, sus rincones, paisajes, estaciones del año, dejaron una profunda huella en Machado. No hay sino leer las muchas expresiones de admiración que aparecen en sus poemas: “¡Oh Soria,..”; “¡Oh, tierra triste y noble,”; “¡Oh tierra ingrata y fuerte, tierra mía!”; ”¡Oh Duero,”; “¡Oh, sí! Conmigo vais, campos de Soria,”; “¡Oh, loma de Santana, ancha y maciza,”.
         El poeta siente incluso un profundo orgullo al pronunciar su nombre: “En la desesperanza y en la melancolía / de tu recuerdo, SORIA, mi corazón se abreva. / Tierra del alma, toda,…” Hasta expresar, como mejor homenaje a la ciudad, su compromiso definitivo con ella:
         Mi amor a Soria es grande, y el tiempo, lejos de amenguarlo, lo      depura y  acrecienta. Pero en ello no hay nada que Soria tenga que agradecerme. ¿Quién en mi caso no llevaría a Soria en el alma?         (Carta a José Tudela, 23-07-1924)
                  
         Mon amour pour Soria est grand, écrit à son ami Pepe Tudela, et   le temps, loin de le diminuer, l´accroît. Mais dans cela, Soria n´a      rien à me remercier. Qui dans mon cas ne la porterait pas dans          son âme !

         Faltaría darles a cada uno de estos lugares descritos y vividos una interpretación poética más detallada, pero como dice Julián Marías: “… es el lector el que, llevado de su mano, “realiza” su propia interpretación poética de unos objetos que conservan así perenne frescura y un trasfondo de intactas posibilidades.”
         Machado no solo manifiesta pues su admiración por la realidad soriana de entonces, “la tierra mía” - de su persona, no de su origen, que es Sevilla - sino que, al declarar que la hace suya, la convierte en heredera permanente de todo lo que sobre ella hay de valor universal y eterno en su obra.

II
PAISAJE SORIANO

         Mucho se ha escrito sobre el paisaje soriano en Campos de Castilla. Y es lógico. La descripción del paisaje soriano pone en evidencia todo su amor por la naturaleza en general: su contemplación, su curiosidad por ella, su deseo de observarla y conocerla. No es extraño pues que, además de expresar, describiéndola, su “comunión íntima” con ese paisaje, le sirva también para contextualizar perfectamente el relato poético, sentimental, de su vivencia en la ciudad, y la convivencia con sus habitantes. Machado conoce perfectamente este paisaje, se lo ha recorrido entero, lo ha contemplado, lo ha estudiado minuciosamente. Por eso lo describe con tanta fidelidad, con tanto mimo, con tanta precisión, con tanta, se podría decir, “objetividad” sentimental.
         Pero, para evitar equívocos, es necesario resaltar que el paisaje, en toda su grandeza, está, para él, absolutamente asociado al paisanaje. Es decir: a los habitantes de Soria. Como dice él mismo, hablando de su poesía: “No es la lógica lo que el poema canta, sino la vida, aunque no es la vida lo que da estructura al poema, sino la lógica.” (Reflexiones sobre la lírica). La vida. Es decir, en este caso: la vida de Soria.
         En efecto, la poesía no es un objeto abstracto sino un objeto construido “sobre el esquema del pensar genérico”. Es decir: del pensar colectivo (de la pensée collective). Y de la vida de una época, y de la ideología de esa época. Parece evidente que no hay poema fuera de su tiempo, sino objeto totalmente contextualizado en ese tiempo y en ese lugar, con la influencia que ambos tienen sobre él.
         En ese sentido, y solo en ése, es comprensible la presencia del paisaje soriano en Campos de Castilla. No, Machado no quiere convertir ese paisaje en un mito, en un sueño, digamos, inútil, “pura cucaña”, como diría Alfonso Guerra, sino en una realidad poética, bien expresada, que conviva con todas las demás realidades, al objeto de completar una visión nueva de esa realidad compartida. Como escribe Gaya Nuño (El Santero de San Saturio): ”Nadie había cantado al Urbión, a la sierra Cebollera y al Moncayo; nadie había contado con el indígena,...” Es decir: Machado canta lo que ama, lo que ve: el paisaje soriano. Y lo canta para ensalzarlo, para potenciarlo, para gravarlo, para inmortalizarlo. Para que exista eternamente.
         La imagen símbolo del paisaje soriano en Campos de Castilla es la primavera, que nadie, escribe Gaya Nuño, había descubierto antes: “Los sorianos sabían del verano y del invierno, pero no supieron de la primavera silenciosa y humilde, hasta que no llegó nuestro don Antonio Machado. Pero ¿por ventura sabían algo de su paisaje? Antonio Machado, con todo el joven entusiasmo de su joven cátedra, se encontraba una Soria rodeada de paisaje inédito, tanto humano como geográfico.” Los sorianos sí conocían, por supuesto que sí, la primavera y valoraban, también, el paisaje que les rodeaba. Les faltaba, sin embargo, esa mano amiga que lo proclamara a los cuatro vientos. Esa fue la contribución del soriano Antonio Machado en agradecimiento a todo lo que él había aprendido en esa ciudad:  “Primavera tarda, / ¡pero es tan bella y dulce cuando llega!...” (Printemps tardif, mais il est si beau, si doux, quand il arrive)
                            “Primavera soriana, primavera
                            humilde, como el sueño de un bendito,
                            de un pobre caminante que durmiera
                            de cansancio en un páramo infinito.”
(Orillas del Duero, CII)

                            “Printemps de Soria, humble printemps,
                            comme le songe d´un bienheureux
                            d´un pauvre voyageur assoupi de fatigue
                            au milieu d´une lande infinie »

         Y nadie tampoco había cantado a la Sierra de Santana (“A orillas del Duero”). Su descripción es tan exacta, que, para comprobarlo, cualquiera puede subir todavía a esa Sierra, justo encima del río Duero, y dar fe de su exacta descripción: tanto en el esfuerzo que se realiza al subir,

                           
A trechos me paraba para enjugar mi frente

                           
y dar algún respiro al pecho jadeante;

como en la enumeración de todos y cada uno de los elementos que constituyen su conjunto (cerros, rapaces, vegetación); sin olvidar lo que se percibe desde lo alto: una redonda loma, colinas oscuras; y el puente sobre el Duero (con sus ocho tajamares/arcos):
                            Veía el horizonte cerrado por colinas
                           
obscuras, coronadas de robles y de encinas;
                           
desnudos peñascales, algún humilde prado
                           
donde el merino pace y el toro, arrodillado
                           
sobre la hierba, rumia; las márgenes del río
                           
lucir sus verdes álamos al claro sol de estío,
                           
y, silenciosamente, lejanos pasajeros,
                           
¡tan diminutos! —carros, jinetes y arrieros—
                             (veía)
cruzar el largo puente, y bajo las arcadas
                           
de piedra ensombrecerse las aguas plateadas
                           
del Duero.
         En ese poema, se escucha así mismo el sonido de la ciudad “lejana”:
                   El Sol va declinando. De la ciudad lejana
                   me llega un armonioso tañido de campana
-         e irán a su rosario las enlutadas viejas –
         Y queda constancia de la presencia de dos lindas comadrejas/ardilla (belette/écureuil), cuyas herederas siguen habitando hoy aquellos mismos parajes:
-         De entre las peñas salen dos lindas comadrejas;
                   me miran y se alejan, huyendo, y aparecen
                   de nuevo ¡tan curiosas!... Los campos se obscurecen.
         La tierra, la naturaleza de Soria, en general, la que le llega “al fondo del alma”, es descrita en Campos de Castilla con múltiples epítetos: (7) parda, árida, triste, fría, dura, adusta, de ceniza, (sombre, aride, triste, froide, dure, de cendre), para el águila, para las águilas caudales, pero también (6): inmortal, noble, blanca, castellana, de alma, sagrada (su tierra) (immortelle, noble, blanche, castillane, d´âme, sacrée). Es decir que como imagen de postal parecería negativa, si no fuera porque Machado la considera como un símbolo trascendente de la realidad vivida y amada, que, al alcanzar su dimensión universal, gracias a la publicación de Campos de Castilla, queda inmortalizada para siempre.

         El Duero ocupa un lugar especial. El padre Duero, de Gaya Nuño, ese río “joven”, que “abraza” la ciudad, que corre junto a ella, que forma la famosa curva de ballesta, que “cruza el corazón de roble / de Iberia y de Castilla.” Es decir: el Duero se convierte en otra referencia fundamental de la naturaleza soriana. El Duero y los árboles que lo bordean, y que son el símbolo permanente del amor, ya que sus cortezas (écorces) tienen grabadas - de ahí la utilización del presente histórico - las declaraciones de amor de tantos hombres y de tantas mujeres:
Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.

“Ces peupliers de la rivière, qui accompagnent
du bruissement de leurs feuilles sèches
le son de l´eau, quand le vent souffle,
ont sur l´écorce
gravées, des initiales qui sont des noms
d´amoureux, des chiffres qui sont des dates »

         Elevándolos a la categoría de árboles del amor, el poeta los convierte en símbolo, para recordarla, de toda una ciudad. Soria podría ser declarada perfectamente como la ciudad universal del amor en este año 2012:
                            ¡Álamos del amor que ayer tuvisteis
                            de ruiseñores vuestras ramas llenas;
                            álamos que seréis mañana liras
                            del viento perfumado en primavera;
                            álamos del amor cerca del agua
                           
que corre y pasa y sueña,
                           
álamos de las márgenes del Duero,
                           
conmigo vais, mi corazón os lleva!
(Campos de Soria, CXIII)
                            Peupliers de l´amour dont les branches hier
                            étaient emplies de rossignols ;
                            Peupliers qui serez demain des lyres
                            du vent parfumé au printemps ;
                            Peupliers de l´amour près de l´eau
                            qui coule, passe et songe ;
                            Peupliers des berges du Douro,
                            vous êtes en moi, mon cœur vous emporte.
         Otros elementos de este paisaje lo constituyen la nieve. Y el cielo azul. Y otros lugares, cuyos nombres evocan nuevas historias: El Mirón, Moncayo, Urbión, Quintana, Almazán

         Mucho se ha insistido así mismo en el carácter solitario de Machado, cuando es él quien utiliza en sus clases el “diálogo socrático”, quien encuentra en el pueblo, en el saber popular (lo que el pueblo sabe y tal como lo sabe), el fundamento de su obra; quien afirma: “Deseoso de escribir para el pueblo, aprendí de él cuanto pude, mucho menos – claro está – de lo que él sabe.” (El poeta y el pueblo, 2198); y termina confesando que “un corazón solitario no es un corazón.” (un coeur solitaire n´est pas un coeur). No, Machado no es un solitario sino un hombre que mantiene permanentemente, en su obra, y en su vida, como escribe Alfonso Guerra “… una esencial relación dialéctica entre la soledad y el mundo exterior: el paisaje, los hombres, la comunidad en que estos hayan su sabia, sus sueños y los propios motivos para despertar.”
         Y esa dialéctica le lleva, en homenaje a la ciudad y a sus habitantes, a “intemporalizar, como dice Juan de Mairena, el tiempo (el tiempo vital del poeta con su propia vibración)” (PC, 697). Es decir: inmortalizar esa “vibración”, esa visión suya, dialéctica, directa, en el tiempo, y dejarlo, a modo de testimonio personal, recogido en una obra también intemporal como Campos de Castilla. Porque, como podemos leer en Juan de Mairena: “… sólo la creación apasionada triunfa del olvido.” (…seulement la création faite avec passion triomphe de l´oubli.) Y Campos de Castilla es sin duda una creación apasionada.
         Así mismo, en ese libro quedan nombradas, en su contexto, todas las especies de pájaros, aves pequeñas, mamíferos, insectos, animales domésticos, que habitan en los lugares vividos por el poeta en Soria: corneja, ruiseñor, vencejo, golondrina, mariposa, comadreja, galgo, merino, borriquillos, buey, mula, hormiga, araña, perdiz, ciervo (corneille, rossignol, hirondelle, papillon, boeuf, mule, fourmis, araignée, perdrix, cerf); y también las rapaces (les rapaces), aves de altura, que pululan por aquellos lugares: buitre, águila, cuervo. (aigle, corbeau, vautour)
         También desfilan por todo el poemario especies de plantas, flores, árboles míticos, que conforman el paisaje soriano: los lirios (l´iris) (hay un sueño de lirio, Un loco), las margaritas (blancas) (les marguérites), (los montes de) violeta, los álamos (les peupliers) (cantores), los chopos (del río, del camino), el roble (le chêne) (de Iberia y Castilla), el pino (le pin), la acacia (l´accacia), el haya (le hêtre), la encina, como símbolo de la dignidad de todo el paisaje soriano, tomados individualmente o como masa/conjunto (trigales, pinares, encinares, hayedos).
         Un paisaje, por otra parte, tremendamente colorido. Cada lugar, cada momento, tiene su color. Destaca el azul, color machadiano por excelencia, pero también el verde y el blanco, el violeta, el rojo, el rosa o el negro:  

AZUL
Azul del cielo, montes azules, azules serranías, días azules, lomas azuladas, Moncayo azul, tarde azul

VERDE:
Verdes álamos, Verdes prados, Verde llama, Verde sueño, Hojas verdes, Trigales verdes, Campo verde,

BLANCO
Camino blanco, Cielos blancos, Moncayo blanco, Rebaños blancos, Pañuelo blanco, Caminitos blancos, Margaritas blancas, Nieves blancas, Blanca tierra, Blanco remolino, Blanca vereda, Blanca nieve, Blancos torbellinos, Mole del Moncayo blanca y rosa

ROJO: herrumbe, hogar, lar
Rojo de herrumbe, Rojo en el hogar, Rojo lar

ROSA: torbellinos, mole de Moncayo, primeras.
Rosados torbellinos, Oh mole del Moncayo blanca y rosa,, Primeras rosas

NEGRO: Negros encinares

VIOLETA:
“tarde piadosa, cárdena y violeta”, ¿Quedan violetas? (Palacio), y montes de ceniza y de violeta. (Adios, Campos de Castilla).

         Y, junto al color, el olor de sus plantas, que así mismo queda inmortalizado, con tan solo nombrar sus hierbas montaraces de fuerte olor: romero (romarin), tomillo (thym), salvia (sauge), espliego (lavande). (A orillas del Duero, XCVIII) Curiosamente, estas mismas cuatro plantas medicinales bastaron para sobrevivir a los cuatro ladrones de la leyenda de Marseille y de Toulouse, conocida sin duda por Machado, Les quatre voleurs.
         Así pues, el paisaje, en Campos de Castilla, constituye el marco natural que da categoría a ese rincón de España, Soria, que fue para el intelectual, el hombre, el escritor, la revelación más importante quizás de su vida; y su patria ideal: “yo tuve patria donde corre el Duero”. Es decir: el rincón de España en el que se concentran todas sus ambiciones como hombre de su tiempo.
         Bajo mi humilde punto de vista, Machado rinde en Campos de Castilla un gran homenaje al paisaje soriano, pero siempre asociado a su gente. Vosotros sois, quiso decirles, pobres, como el resto del país, pero, al mismo tiempo, ricos, pues la naturaleza que os rodea, que es vuestra, es hermosa, atractiva, tiene color, olor, categoría, dignidad y alimento espiritual para vivir dignamente en ella y de ella. Todo lo cual, además de ser sentido como una verdad íntima, personal, necesitaba ser dicho, porque lo que el poeta ve él solo, se dirige a alguien: el lector de Campos de Castilla.

II

PERSONAJES SORIANOS


         Además de la ciudad y del paisaje, la otra fuente de inspiración de Antonio Machado, fueron siempre, a nuestro juicio, esas sabias y dignas gentes – con nombre y apellido, apodo, oficio, condición social – con las que compartió todo, absolutamente todo, mientras residió en Soria:
                            Arrieros que cruzan el puente
                            Muletiers qui traversent le pont
                            Los pastores que conducen sus hordas de merinos
                            Las enlutadas viejas que van al rosario
                            Los viejos que esperan,
                            Les vieux qui attendent
                            El viejo que tiembla y tose,
                            La vieja que hila,
                            Los viajeros que cabalgan,
                            El hombre y la mujer que aran,
                            L´homme et la femme qui labourent,
                            Los rostros pálidos, atónitos y enfermos que se asoman a contemplar los montes azules,

                            El loco que habla a gritos, que vocifera,
                            Le fou qui crie
                           
                            un hombre que se inclina hacia la tierra,
                            y una mujer que en las abiertas zanjas
                            arroja la semilla.

                            La vieja que mira,
                            La niña que piensa,
                            La viejecita que aviva el fuego,

         Como escribe Alfonso Guerra: “Para él, (para Machado), sin el tú, lo otro, el prójimo, la colectividad, el pueblo, no tiene sentido la obra literaria, por no tener arraigo, por no tener fruto, pura cucaña, todo lo embellecida que se quiera, pero poste, al fin, sin raíces, ni ramas ni frutos.”
         Es decir, el tú, cada uno de los habitantes de Soria, son en Campos de Castilla los personajes que le dan sentido a la obra poética. Tanto es así que, un siglo después, todos esos personajes siguen viviendo por su cuenta e inspirando, cuando uno se acerca a ellos, lee su historia, los mismos sentimientos.

         En su Santero de San Saturio, Gaya Nuño escribe: “El recuerdo de Campos de Soria enaltece; un soriano podrá alardear siempre de que su tierra fue cantada por el altísimo poeta, que conocía no sólo a los campesinos y a los pastores “cubiertos con sus luengas capas”, honrados y benignos, sino a otros terribles paisanos míos…” (Gaya Nuño, 62) La relación de Antonio Machado con el hombre soriano es, por lo tanto, un elemento clave para comprender también su evolución poética. Es decir que al contacto con esa pobre tierra, digna tierra, con esas pobres gentes, “sabias y dignas”, Machado intenta con su canto, con su trabajo literario, dejar constancia definitiva de todas la grandeza que atesoraba, entonces, y atesora, ahora, la tierra castellana que, en este caso, lleva el nombre de Soria.

Así lo entiende Heliodoro Carpintero, contra la opinión todavía de algunos:
Más de una vez, releyendo a Machado en sus poemas, en sus prosas, en sus cartas, he podido comprobar la constancia de su cariño por Soria, desde el momento en que pisó su tierra, hasta la muerte[1].

         A pesar de lo cual, sigue la polémica sobre un verso de “A orillas del Duero”: “y atónitos palurdos sin danzas ni canciones” (avec ces lustres hébétés, sans danse ni chanson) Machado se refería evidentemente a los campesinos castellanos, en general, que sobrevivían en medio de todas las carencias: “campos sin arados, regatos ni arboledas, / decrépitas ciudades, caminos sin mesones”. No podía haber fiesta en un contexto tan pobre. Pero eso no quería decir que negara la existencia de un rico legado cultural, o que no admirara, privilegiadamente, el saber popular soriano. En primer lugar por su larga tradición familiar en el estudio del folklore andaluz. Además, por su relación privilegiada con el dueño de la primera pensión en la que vivió, en Collado 50, Isidoro Martínez Ruiz, que era entonces uno de los sorianos más populares, y que, según el testimonio de su hija, acompañaba siempre a Machado. En tercer lugar, porque, en toda su obra, en verso y en prosa, cartas, etc., no deja ni un momento de elogiar el saber popular:
 “Siempre que trato con hombres del campo, pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos, y en lo poco que a ellos importa conocer cuanto nosotros sabemos.” [2] (Quand je parle avec les paysans, je pense l´énormité de leur savoir face à notre ignorance, et leur manque d´intérêt pour tout ce que nous savons)
Todavía dice muchas más cosas en ese sentido, pero citaremos, para concluir esta cuestión, dos frases de Juan de Mairena: “en nuestra gran literatura casi todo lo que no es folklore es pedantería” (dans notre plus grande littérature, presque tout ce qui n´est pas folklore, c´est de la pédanterie) y “o escribimos sin olvidar al pueblo, o sólo escribiremos tonterías” (ou bien nous écrivons sans oublier le peuple ou nous n´écrirons que des conneries). Hubiera sido absurdo que un hombre que pensaba de esta manera hubiera podido siguiera ocurrírsele negar el valor de la cultura popular soriana.

         No nos detendremos en estudiar las reacciones que produjeron la publicación del poema “Tierras del Duero – Por Tierras de España”, incluido en Campos de Castilla, en el que juzga con dureza ciertos comportamientos de ciertos hombres de aquella tierra. Hechos como aquellos no tenían únicamente lugar en Soria, sino, como ocurre ahora, en cualquier lugar del planeta.

         Entre los personajes sorianos se encuentra, en primer lugar, él mismo. El YO testigo de su propia presencia: “Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía”; “Yo divisaba, lejos, un monte alto y agudo”; “He vuelto a ver los álamos dorados,”; “hoy siento por vosotros, en el fondo / del corazón, tristeza, / tristeza que es amor!”. El yo, presencia real, se distancia al final de ellos, cuando utiliza el “vosotros”, para, precisamente, tener la oportunidad de elogiar, desde la distancia, y con más contundencia, esa relación fraterna.
         Y desde esa condición de soriano de adopción y de corazón, en la lejanía, reconoce en el poema ADIOS que, lejos de Soria, su canción pierde la frescura de lo cotidiano, pero adquiere, por el contrario, una especie de compromiso de fidelidad permanente en el tiempo y de confianza en sus convecinos sorianos y en su futuro:
Adiós, ya con vosotros
quedó la flor más dulce de la tierra.
Ya no puedo cantaros,
no os canta ya mi corazón, os reza...
                   ….
¡Oh, loma de Santana, ancha y maciza,
placeta del Mirón! ¡desierta plaza
con el sol de la tarde en mis balcones
nunca os veré! No me pidáis presencia;
las almas huyen para dar canciones:
alma es distancia y horizonte: ausencia.[3]

         Pasando a los retratos de personajes sorianos que aparecen en Campos de Castilla, nos encontramos con el campesino. Antonio Machado describe, en su contexto, su esfuerzo, lleno de fe y de sacrificio, para ganarse, con dignidad, el pan de cada día:
                            y tras la yunta marcha
                            un hombre que se inclina hacia la tierra,
                            y una mujer que en las abiertas zanjas
                            arroja la semilla. (Campos de Soria, CXIII)                    
LOS VIEJOS
Los viejos sorianos tienen también su presencia en Campos de Castilla. No son sombras de pasado, sino seres humanos que, a pesar de su cansancio infinito, mantienen viva la esperanza frente a la pena y el dolor, descrito con una dulzura emocionante, por la desaparición, en ese caso, de un hijo:
Padres los viejos son de arriero
que caminó sobre la blanca tierra,
y una noche perdió ruta y sendero,
y se enterró en las nieves de la sierra.
En torno al fuego hay un lugar vacío,
y en la frente del viejo, de hosco ceño,
como un tachón sombrío
- tal el golpe de hacha sobre un leño -.

La vieja mira al campo, cual si oyera

pasos sobre la nieve. Nadie pasa.
(Campos de Soria, CXIII)

         También los enfermos y los locos sorianos ocupan un espacio en Campos de Castilla. Los primeros, rostros pálidos, atónitos y enfermos, forman parte del contexto convivencial del poeta, no sólo porque habitan en la misma ciudad sino porque, desde su dolor:
asoman, al declinar el día,
a contemplar los montes azules de la sierra;
o, de los cielos blancos, como sobre una fosa,
caer la blanca nieve sobre la fría tierra,
¡sobre la tierra fría la nieve silenciosa!... (El Hospicio, C)
         La descripción del “sórdido” edificio en donde habitan, el viejo hospicio, es también una metáfora realista, cruda, de la ciudad, tan en ruinas como estos enfermos: “el caserón ruinoso de ennegrecidas tejas / en donde los vencejos anidan en verano / y graznan en las noches de invierno las cornejas.”
LOS LOCOS [4]

         En el discurso de presentación del libro de Manuel Hilario Ayuso, Helénicas, Antonio Machado deja clara su simpatía por los locos: “Nuestra simpatía hacia los que el vulgo llama locos, es como nuestro amor hacia los niños: simpatía y amor hacia lo nuevo, porque sólo una nueva conciencia o una nueva forma de conciencia, pueden añadir algo a nuestro universo.” Pues bien, también en Campos de Castilla el loco, que habita en Soria, es el cuerdo, ese personaje lúcido que “Huye de la ciudad”, del tedio urbano, buscando “tras la tierra esquelética y sequiza”, “un sueño de lirio de lontananza.”

         Pero, sin duda, el personaje soriano más trascendental, en Campos de Castilla, sigue siendo Leonor Izquierdo, de la que se conmemora este año el I Centenario de su muerte.

LEONOR

         Campos de Castilla se publica en Madrid en la segunda quincena del mes de abril de 19012, pocos meses después de su regreso de París, en donde permaneció el matrimonio Machado los primeros nueves meses de 1911. Su nombre, Leonor, aparece una sola vez en el poemario:
                                      ¿No ves, Leonor, los álamos del río
                                      con sus ramajes yertos?
                                      Mira el Moncayo azul y blanco; dame
                                      tu mano y paseemos. (CXXI)
         Como si estuvieran paseando por el alto del Castillo, desde donde se divisa exactamente el plano de ese paisaje, la evocación de Leonor, en un tú a tú imaginario, revela ese respeto con el que siempre consideró a su mujer. El poeta recrea en su imaginación un lugar idílico, Soria, junto al Duero, de la mano de su amada. De tal manera que, cuando se desvanece el sueño, el empleo del presente de indicativo lo devuelve a la realidad: “¡Ay, ya no puedo caminar con ella!”
         Leonor es, por supuesto, su gran pena. Por el amor truncado y por la injusta desaparición de un ser humano tan joven:
                            yo contemplo la tarde silenciosa,
                            a solas con mi sombra y con mi pena.
(Caminos, CXVIII)
         Y los versos que describen su muerte son un impresionante epitafio fúnebre, por una parte, descrito con absoluta precisión (entró, miró, rompió,…), y un grito de rebeldía, ante la crueldad de su desaparición:
                            Una noche de verano
                            —estaba abierto el balcón
                            y la puerta de mi casa—
                            la muerte en mi casa entró.
                            Se fue acercando a su lecho
                            —ni siquiera me miró—,
                            con unos dedos muy finos,
                            algo muy tenue rompió.
                            Silenciosa y sin mirarme,
                            la muerte otra vez pasó
                            delante de mí. ¿Qué has hecho?
                            La muerte no respondió.
                            Mi niña quedó tranquila,
                            dolido mi corazón,
                            ¡Ay, lo que la muerte ha roto
                            era un hilo entre los dos!. (CXXIII)
                           
                            Ay, ce que la mort a brisé
                            C´était un fil entre nous deux!
         Es la segunda, y última, vez que, hablando de Leonor, utiliza la palabra “niña”. Niña, porque es un ser necesitado de protección, cualquiera que hubiera sido su edad. Niña, porque se muere en la primera etapa de su vida. Niña, porque, en la muerte, todas las personas vuelven a ser niños para sus seres queridos. Por lo tanto, el sentimiento del amor conyugal se transforma en ese momento, sólo en ese momento, con toda la fuerza que ocasiona el dolor por la pérdida de un ser querido, en sentimiento de piedad. Así se lo escribe a Unamuno: “Yo tenía adoración por ella; pero sobre el amor está la piedad. Yo hubiera preferido mil veces morirme a verla morir, hubiera dado mil vidas por la suya…”. El poeta está conmovido ante el cadáver del ser humano, de la niña, a la que la muerte, cruel, inmisericorde, ha arrebatado la vida. De ahí que el poema nos parezca tan desgarrador:
                            Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
                            Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
                            Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
                            Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar. (CXIX)
         Se rebela, pero se reconforta al saber que la muerte no se ha llevado el recuerdo, el hilo no roto, que le unirá para siempre a su mujer:
                   ”Late, corazón... No todo
                   se lo ha tragado la tierra.” (CXX)
         Y que le permite seguir soñando, mientras ella viva en su recuerdo. Ese hilo que echa en falta una vez que abandona Soria, después de la muerte de Leonor:
                            “mas falta el hilo que el recuerdo anuda
                            al corazón, el ancla en su ribera
                            o estas memorias no son alma. Tienen,”
         Por esa misma razón, el poeta convierte el nombre del cementerio de El Espino, en donde reposan sus restos, en un lugar casi sagrado, verdadero monumento al recuerdo de su paso por Soria.
                            Con los primeros lirios
                            y las primeras rosas de las huertas,
                            en una tarde azul, sube al Espino,
                            al alto Espino donde está su tierra...  
                            (A José María Palacio, CXXVI)
         La tierra de Leonor, porque la tierra de Machado está en Collioure.
         No nos hemos referido a La Tierra de Alvargonzález, tan importante en Campos de Castilla, y cuya historia no emana, como escribe el mismo poeta, “de las heróicas gestas, sino del pueblo que las compuso y de la tierra donde se cantaron”.
         Un canto, este de la Tierra de Alvargonzález, que, lejos de servir de acusación genérica, intenta, como escribe Alfonso Guerra: “poner de manifiesto el sueño, un recorrido simbólico por las terribles consecuencias de no dar cauces adecuados a la “sombra de Caín”, para haciéndolo consciente ir encontrando las posibilidades de liberarlo de la maldición histórica y abrirlo a la reconciliación y a la esperanza.” Un texto, para nosotros, inmortal, cuya belleza es comparable a la belleza de los campos que describe. El de la Laguna Negra, por ejemplo: “agua pura y silenciosa / que copia cosas eternas.” (de l´eau pure et silencieuse / qui copie des choses éternelles).


         Concluiremos diciendo que, a nuestro juicio, no se puede entender la poesía de Antonio Machado referida a Soria sin ser sensibles a la profunda admiración, el profundo respeto, la perfecta comunión con sus gentes. Todos los poemas dedicados en Campos de Castilla a Soria, tanto a la ciudad, como a su paisaje, como a sus habitantes, son la expresión de una profunda lealtad a las gentes de Soria. Un contexto humano, urbano y natural que admiró desde que pisó aquellas tierras y que se mantuvo firme hasta su muerte en esta hermosa ciudad de Collioure. La musa de Machado no fue pues Leonor Izquierdo, que sí fue su mujer, sino el pueblo de Soria. El pueblo de Soria que, en Collioure, es el pueblo de Collioure, cuyas gentes supieron acogerlo, primero, y protegerlo desde entonces en la tierra suya, que será suya para siempre. Merci beaucoup.















[1] CSIC. Centro de Estudios Sorianos: Antonio Machado y Soria. Homenaje en el Primer Centenario de su nacimiento, 1976. “Antonio Machado, en Soria”.
[2] La Tierra de Alvargonzález.
[3] Publicado en España peregrina (México), número 2, 1940.
[4] Ver entrevista a Manrique de Lara. En ella se habla de su amistad con un loco, El Tufa. 






ARTÍCULOS DE ALBERTO LLORENTE

EL EQUIPO DIRECTIVO DEL INSTITUTO DE SORIA
(1907 – 1912)
         D. Antonio Machado Ruiz fue nombrado catedrático numerario de Lengua Francesa en el Instituto General y Técnico de Soria por Real Orden de 16 de abril de 1907 que se publicó oficialmente en la Gaceta de Madrid, Núm. 110, del 20  abril  del mismo año. Estaba finalizando el curso escolar 1906-07. La norma dice así:
MINISTERIO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA
REALES ÓRDENES
         Ilmo.  Sr.: S. M. el Rey (Q. D. G.) ha tenido a bien nombrar, en virtud de oposición, Catedrático numerario de Lengua francesa del Instituto de Soria, con el sueldo anual de 3.000 pesetas y demás ventajas de la ley, a D. Antonio Machado y Ruiz, habiendo dispuesto S. M. que se le expida el titulo profesional, en cumplimiento del art. 56 del decreto de 15 de enero de 1870, a cuyo fin se formará el oportuno expediente por el Director del Instituto citado, previo pago de los derechos que correspondan
         De Real orden lo digo a V. I. para su conocimiento y demás efectos. Dios guarde a V. I. muchos años. Madrid 16 de Abril de 1907
                                                                  R. SAN PEDRO
                                                                  Sr. Subsecretario de este Ministerio
         Después se desplaza a Soria y toma posesión el 1º de mayo del mismo año según recoge el Libro de Registro (1887-1960) del Instituto (nº de orden 169), donde en la misma fecha de 1912 está anotado el “primer ascenso por quinquenio” (nº de orden 210) confirmando su posesión en nuestra ciudad en la fecha indicada. No sabemos si había llegado a Soria en esa fecha o lo había hecho algún día antes.
         Era Director del Instituto D. Gregorio Martínez Martínez, Catedrático de Lengua Latina, y ejercía como Secretario D. Juan Gil Angulo, titular de Lengua y Literatura Castellana, que cesó el 28 de julio de 1907 por traslado a Salamanca según Real Orden de 16 de julio del mismo año.

Curso escolar 1907 – 1908
        
         En octubre de 1907, al comenzar el curso 1907–08, Machado “se estrena” como profesor con 7 alumnos de primer curso y 9 de segundo en su asignatura de Lengua Francesa que formaba parte del programa de Bachillerato que impartía el Instituto.
         Unos meses después, en marzo, sería nombrado Vicedirector por Real Orden de 28 de marzo de 1908 para tomar posesión el 14 de abril del mismo año, según recoge el Libro de Registro con el nº de orden 179.
         Machado ocupó el puesto de D. Agustín Santo Domingo López que había sido nombrado Secretario el 20 de enero del mismo año después de cesar en el cargo de Vicedirector que desempeñaba desde el 19 de noviembre de 1907. Era, según las Actas de Examen, Catedrático de Ciencias Físicas y Naturales con aplicación a la Industria y a la Higiene.
         El Equipo Directivo del Instituto era el siguiente:
                   Director: D. Gregorio Martínez Martínez
                   Vicedirector: D. Antonio Machado Ruiz
                   Secretario: D. Agustín Santo Domingo López

Cursos 1908-09 y 1909-10
         Continuará el mismo equipo después de que D. Gregorio Martínez superará el “expediente de edad” al que debió someterse al cumplir 70 años. Había nacido el 15 de noviembre de 1838 y, por tanto, en la misma fecha de 1908 debía jubilarse, pero continuó como Director y al frente de su cátedra. Los trámites administrativos correspondieron al Vicedirector Antonio Machado.

Curso 1910 – 1911

         D. Gregorio Martínez va a cesar como Director el 7 de febrero de 1911, siendo sustituido hasta el 11 de marzo del mismo año por D. José Lafuente Vidal y a partir de esta fecha por D. Ildefonso Maés Sevillano, catedrático de Agricultura y encargado de la Estación Meteorológica. Siguen en sus puestos el Vicedirector y el Secretario.
         El Ex – Director seguirá al frente de su cátedra de Latín, también al siguiente curso. Moría, a los 74 años, en septiembre de 1912 cuando Machado ya había abandonado Soria, después de la muerte de Leonor.

Curso 1911 – 1912

         Director: D. Ildefonso Maés Sevillano. Cesó en el cargo  el 5 de junio de 1931
         Vicedirector: D. Antonio Machado Ruiz. Según el Libro de Registro del Instituto todavía no ha cesado en el cargo. Fue sustituido por D. José Lafuente Vidal (nº de orden 212) con fecha de nombramiento 4 de noviembre de 1912 y toma de posesión del día 15 del mismo mes y año. Cesaría el 18 de mayo de 1915 por traslado al Instituto de Salamanca.
         Secretario: D. Agustín Santo Domingo López. Cesaría el 14 de octubre de 1913 y acompañó, por tanto, a Machado en el equipo directivo del Instituto durante los cinco cursos que permaneció en Soria. 


























































[1] CSIC. Centro de Estudios Sorianos: Antonio Machado y Soria. Homenaje en el Primer Centenario de su nacimiento, 1976. “Antonio Machado, en Soria”.
[2] La Tierra de Alvargonzález.
[3] Publicado en España peregrina (México), número 2, 1940.

[4] Ver entrevista a Manrique de Lara. En ella se habla de su amistad con un loco, El Tufa. 







































[1] CSIC. Centro de Estudios Sorianos: Antonio Machado y Soria. Homenaje en el Primer Centenario de su nacimiento, 1976. “Antonio Machado, en Soria”.
[2] La Tierra de Alvargonzález.
[3] Publicado en España peregrina (México), número 2, 1940.

[4] Ver entrevista a Manrique de Lara. En ella se habla de su amistad con un loco, El Tufa.