Juan Antonio Gaya Nuño

 Juan Antonio Gaya Nuño

Conferencia

 


El compromiso intelectual del Santero de San Saturio

Juan Antonio GAYA NUÑO

 Por Jesús Bozal Alfaro

Abril 2013, Aulas Tercera Edad

«El español suele ser un buen hombre, generalmente inclinado a la piedad. Las prácticas crueles – a pesar de nuestra afición a los toros – no tendrán nunca buena opinión en España. En cambio, nos falta respeto, simpatía y, sobre todo, complacencia en el éxito ajeno.” Juan de Mairena, 1937.     

Es un honor para mí poder hablar hoy, dentro de las actividades organizadas por la Universidad de la Experiencia de Soria, y a personas de tanta experiencia, de Juan Antonio Gaya Nuño. No le conocí personalmente, ni supe prácticamente de su existencia hasta que, al llegar a Soria, hace ya 25 años, compré su Santero de San Saturio. Un texto, a mi juicio, enorme, en el que este soriano de Tardelcuende compone un Canto General - al estilo de Pablo Neruda, con música de Mikis Theodorakis - a la Soria que él conoció y tal y como la inmortaliza. Un canto generoso, lleno de respeto, de aprecio intelectual, de complacencia, y de reconocimiento sincero a su trascendencia.

         Además de este Santero, la lectura de otros textos, cuentos, estrafalarios algunos, como él mismo los define, que figuran en sus Obras Completas (“Tratado de mendicidad”, “Los gatos salvajes” (1968), “Milagro a la fuerza y otros prodigios”, Relato incompleto,…), me descubrieron este mismo verano a un escritor de una pluma rigurosa, guiada por la ternura, en la que el humor y el rigor literario conviven fraternalmente. Pero, yendo un poco más lejos, descubrí a un hombre comprometido con cada momento de su tiempo; convencido, como tantos otros, de que España llegaría a ser, a pesar de dictaduras y de dictadores, un espacio abierto, plural y tolerante:

         Yo comprometo mi pensamiento y mi postura, - escribiría en 1964 -  sin         la menor pretensión de ser seguido. A lo que si aspiro es a promover   inquietud y consiguiente diálogo, a sostener discusión con el lector,        aunque las conclusiones de éste sean todo lo antagónicas y dispares de las mías que pueda        pensarse. Cualquier cosa antes que el silencio o que    la aceptación sumisa de los tópicos establecidos."

         Diálogo, pues, respeto, promover inquietud, discusión con el lector, pero nunca el silencio o la sumisión. Ese fue el mensaje de compromiso que lanzó, durante toda su vida, a sus lectores y a sus críticos. Un patriota soriano que, aunque yo no soy el más indicado para decirlo, se merece, por su colosal obra (624 títulos, de los cuales 50 libros), por su compromiso con Soria, por su compromiso con el arte y la cultura de nuestro país, un homenaje público.

         Un legado, colosal, que no son solo sus libros, ni su tan apetecida pinacoteca (Manolo Miralles, Max Aub, Pablo Serrano, Rafael Alberti, Joseph Guinovart, Franciso Cossico, entre otros muchos cuadros de otros muchos pintores españoles), su abundante correspondencia, sus documentos, custodiado todo con tanto mimo por Caja Duero, sino también su magisterio personal, su categoría intelectual, su brillante trayectoria profesional, el hecho, en fin, como afirma el académico Francisco Fernández Pardo, en un artículo publicado en 2007 en las página de Diario de Soria, de haber sido uno de los españoles que “forjaron” nuestra cultura española; aunque, como insiste su amigo José Camón Aznar:  sin cátedra, sin ayudantes, sin el mínimo reconocimiento de esta gigantesca labor”.

         Es obvio que un personaje de esa relevancia y erudición admite juicios de valor contrapuestos, tanto sobre su persona como sobre su obra. De la primera no hablaré con el suficiente conocimiento, y bien que lo siento. De su obra, tampoco iré mucho más lejos, pues, desgraciadamente para mí, no la he estudiado como se merece, aunque sí he disfrutado leyendo, con verdadero deleite, la mayor parte de los textos que se recogen en sus obras completas. Mi visión será pues la de una persona que se ha acercado a su obra y a su biografía para tratar de valorar su compromiso con su país, su cultura y con Soria. 

         Tuvo, sin duda, que ser difícil para un personaje de este temperamento civil, podríamos decir, mantener esos compromisos durante el periodo comprendido entre marzo de 1943, fecha de su libertad condicional (Prisión Provincial de las Palmas de Gran Canaria), y la fecha de su fallecimiento, en 1976, a punto de acabarse la dictadura franquista. La guerra, por una parte, los tres años de cárcel, a continuación y el, digámoslo así, exilio interior, supusieron para él una lucha permanente en defensa de su dignidad intelectual y personal. El precio a pagar, como reconocen sus amigos y sus estudiosos, fue alto, pero mucho mayor fue, estamos seguros, el orgullo de haberla mantenido hasta el último día de su vida:

         “¡Descanse en paz, escribía Camón Aznar, uno de los hombres más       generosos, desbordado, entusiasta de todos los temas, entrañable, Juan          Antonio Gaya Nuño!”

         Para tratar de explicar esta visión personal de este patriota soriano y español, he dividido mi trabajo en dos partes. En la primera estudiaré su compromiso con la cultura española, a través del arte. En segundo lugar, abordaré su compromiso con su pueblo y su ciudad, tratando de profundizar un poco más en su  principal obra: El Santero de San Saturio.

I

COMPROMISO CULTURAL:

CON LA CULTURA Y EL ARTE ESPAÑOLES.

         José Camón Aznar[1] (1898-1979), vinculado a Unamuno y a Unión Republicana, antes de la guerra civil, fue seguramente uno de sus principales valedores en los años difíciles de la postguerra. A su muerte, a modo de epitafio, resumiría así, en las páginas de ABC, el compromiso de Gaya Nuño con la cultura española en general:

         Solitario, bravo luchador solitario, sin apoyos en la Universidad, en las         Academias, en la Prensa, sin ningún halago oficial ni publicitario,          sostenido sólo por su gran espíritu, Juan Antonio Gaya Nuño se ha ido dejando una         obra colosal, magna en sus proporciones y en su        contenido, fieramente fructífera, mostrando a la faz de España sus          tesoros de arte conservados aún,    los ya          perdidos, y los a punto de       perderse.”

         En ese contexto, en esos años que el mismo Gaya Nuño califica de “espantosos”, su labor parece todavía más meritoria.

         Tras su puesta en libertad, en 1943, comenzó una brillantisima carrera como profesional de la historia y de la crítica de arte. Bilbao, Madrid, Barcelona, como gerente de las Galerías Laietanas (1948-1952), en donde tuvo la oportunidad de estudiar de cerca a Picasso, Dali, fueron las ciudades en las que desplegó dicha actividad. Además de sus colaboraciones en periódicos y revistas (Al-Ándalus, Estafeta Literaria, Diario 16, Celtiberia, Cinema (1958), Blanco y Negro, ABC, Príncipe de Viana, Trenes, Urogallo), destacan sus monografías sobre distintos pintores (Picasso, Dalí, Goya, Zurbarán, Velázquez, etc.), guías, libros de arte (“El arte europeo en peligro”; “Pequeñas teorías de arte”; “La pintura española del siglo XX”; “La Pintura española fuera de España”; “La arquitectura en sus monumentos desaparecidos”, etc.), conferencias en España, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Portugal y México; siendo así mismo, durante el Curso 1962-1963, profesor invitado en la Universidad Río Piedras de Puerto Rico.

         Además de toda esta ingente actividad, apoyó, incondicionalmente, a pintores, como el soriano Marcos Molinero, tal como reconocía él mismo no hace muchos días. Y defendió y apoyó por supuesto cuantas causas estuvieran relacionadas con la defensa del patrimonio histórico-artístico:

         “¡Y qué inmenso patriotismo, escribe Camón Aznar, el que ha animado a        su autor a evocar lo que pudo ser la plenitud de España en sus artes,    desaparecidos por una mezcla de incuria y codicia!”.

         Se atrevíó incluso a denunciar, con la valentía que le caracterizaba, “a los responsables”, como escribe, en Diario de Soria, el académico Francisco Fernández Pardo.

         Su obra, de una erudición interminable, mantuvo siempre el mismo nivel de conciencia profesional, rigor intelectual, sencillez y claridad. Y juicio crítico: “Lobo solitario, sigue escribiendo Camón Aznar, que exaltaba y condenaba según su criterio apoyado en una frenética independencia que lo mantenía alejado de cualquier favor oficial.” Así, cuando le preguntan sobre la obra de Dali, no duda en alabar sus cualidades, pero rechaza sin paliativos su excesivo personalismo:

         “Como dibujante sólo Picasso se le puede comparar. Pero este hombre, pues, perdió la cabeza, posiblemente emborrachado por sus propios   éxitos.”

Además de Picasso, de Velázquez, de Goya, de Zurbarán, de El Greco, como hemos citado anteriormente, valoró inmensamente la obra de Pancho Cossio, “uno de los maximísimos del siglo XX”, “un pintor imponderable”; la de Juan Gris, la de Joan Miró, al que define como:

         un artista excepcional, un pintor fabuloso. Una pintura tan esquemática,        geométrica y cerebral como la suya, es, a la vez, absolutamente medida y         organizada.”

En definitiva, Gaya Nuño se pasó la vida reivindicando, “con un magisterio auténtico”, todo lo que de valor tenía el arte español.

A)  CON LA CULTURA ESPAÑOLA.

Su compromiso con el arte se extiende, por supuesto, a la cultura española en general. Son muchos los intelectuales de aquella época que así se lo reconocieron: Camón Aznar, Guillermo Díaz Plaja, Carmen Conde, Antonio Manuel Campoy, Enrique Azcoaga, José Gudiol, Eugenio D´Ors... Gaya Nuño fue para ellos una referencia fundamental. El mismo Alfonso Sastre, uno de los mejores dramaturgos de la segunda mitad del siglo XX, recordaba, en el suplemento de la revista Triunfo, 1972 (nº 507), dedicado a “La cultura en la España del Siglo XX”, sus colaboraciones en Revista Española,:

Revista Española no era, pues, un grupo homogéneo ni, por otra parte,       tuvo importancia ninguna. Basta recordar, en cuanto a la          heterogeneidad    de su       redacción, que nuestros críticos de Arte,   Música y Cine fueron   Juan Antonio Gaya Nuño, Dolores Pala      Berdejo y Miguel Pérez           Herrero, los cuales        entregaban sus originales   directamente a Antonio Rodríguez Moñino. Pero su “frente”  propiamente literario con alguna coherencia: fue un grupo de       amigos entrañables y sensibles, abiertos a todo lo bello y verdadero.    ¡Y como fue así, hay que decirlo, aunque esto   suene, en algunos oídos, a basura romántica.”

         Es decir que Gaya Nuño formó parte de esa generación de intelectuales españoles, que, sin comulgar con en ningún momento con el régimen franquista - cuando la mayoría de los intelectuales españoles estaban en el exilio -, mantuvo su compromiso firme con la cultura española de siempre, sin perder el contacto postal, por supuesto, con muchos de aquellos ilustres exiliados: Juan Marichal, Mariano Granados, Rafael Alberti, Benito Artigas Arpón, Américo Castro, Max Aub, y otros.

         En esa misma revista Triunfo, número 703, de 17 de julio de 1976, su crítico de arte, José María Moreno Galván (que había sido sancionado a dos años de cárcel, tres años antes, por dirigirse a los estudiantes en la Facultad de Ciencias de la Complutense), le dedica un elogioso recuadro con motivo de su fallecimiento:

         Sin ruido y sin honores se ha ido Juan Antonio Gaya Nuño, ha muerto       el martes día 6 en Madrid, en cuyo cementerio civil han sido inhumados       sus restos    después de ser incinerados. Gaya era hombre largo en    obras y corto en honores. Nacido en la provincia de Soria hace sesenta y tres años, en la         Universidad de Madrid se doctoró en Historia    y en Madrid vivió dedicado por      una parte a los trabajos de historia y         crítica de arte y, por otro, a la pura creación literaria. Profesor en     Universidades de América, conferenciante por diversos países     europeos, en España ejerció la enseñanza a cuerpo limpio, a través       de sus escritos, numerosos, llenos de contenido, que se creerían obra de     todo un equipo si no fuera por su irrenunciable acento personal. 

         Tampoco Antonio Buero Vallejo fue parco en sus elogios: “En esa actitud de libertad mental: es en la que recuerdo a Gaya. Una resuelta actitud contraria a empobrecedores prejuicios, lúcida y a la vez sosegada pese al vozarrón un tanto gutural con que la manifestaba. Pues fue, en suma, otro combatiente en pro de las liberaciones que anhelábamos”.

         Nadie pues pasó por alto la inmensa categoría y el enorme compromiso de este preclaro soriano con la cultura de España 

B) COMPROMISO CON EL ARTE ESPAÑOL EN GENERAL 

         Su obra como historiador y crítico de arte, que recibiría, en reconocimiento a su ejemplar labor en los campos de la historia y la crítica artística, “a los responsables”, tuvo un antes y un después de la guerra. “Un tajo, - afirmaría en una entrevista en ABC en 1972 - en todos los órdenes”.

         El antes se materializó en su tesis doctoral sobre El románico en Soria. En torno a este trabajo, alguien echaba en falta recientemente que, en esa tesis, faltaban algunos monumentos sorianos. La respuesta, curiosamente, la había dado ya en 1972, a propósito de otro de sus libros “La pintura española del siglo XX”:

         “¿Que faltan nombres?”,Claro; esto no es un catálogo; es un estudio que tiene que tener su ilación desde el principio hasta el final.”

         Otra persona afirmaba que Blas Taracena habría sido su maestro. Obviamente, además de amigo, Blas Taracena había sido uno de sus maestros de los que se sentía más honrado. Pero eso no le quita mérito alguno al tremendo trabajo que tuvo que realizar él para redactar aquella tesis. Como ocurre también con Machado, cualquier elogio a Gaya Nuño parece necesitar una especie de certificado de legitimidad intelectual.

         La publicación de esta tesis doctoral, en 1946, suscitó un gran interés fuera de España. Así en el Bulletin Hispanique, en 1948, el prestigioso hombre de letras francés, Georges Gaillard, realizó una crítica elogiosa, no exenta de algunos matices que no hacen sino realzar el valor del trabajo realizado:

“Excelentes planos, escribe el señor Gaillard, y algunas perspectivas acompañan el texto. La ilustración fotográfica es decepcionante: los clichés son demasiado pequeños, algunos incluso imperceptibles; varios trozos de escultura muy importantes no son reproducidos; los interiores de arquitectura son insuficientes. Es la única imperfección grave de una obra precisa, minuciosa, completa, de la que nos gustaría tener un equivalente en todas las otras provincias del arte románico español.”

         Gaya Nuño fue, por otra parte, un innovador en materia de crítica de arte. “Los llamados críticos - escribía en 1951 - una raza de monstruos de buena fe y entusiasmo, tan joviales y pánicos como los centauros picadores de Picasso, tan alados como los purísimos ángeles de Doménico”. Este juicio de valor, injusto seguramente en algunos casos, llevó a Gaya Nuño a un intento humanizar un campo en el que probablemente el ambiente reinante y la lucha por la supervivencia intelectual no permitían mayores atrevimientos:

         “El arte, afirmaría, consuela en la vida extraordinariamente, por cuanto          deben procurar todas las posibilidades que les permitan amigarse con     él.”

Por eso no es necesario comprenderlo, al estilo académico, “… no es un dogma ni un teorema, es una sensación. El arte no se explica; a lo sumo puede glosarse, comentarse.” (Conferencia, “Apertura a la visión del arte”, 1969.) De esta manera, el pueblo puede acercarse a él tranquilamente, apreciar los colores, las formas, lo que sugiere, lo que dice. El crítico tiene que ser una especie de intermediario entre el espectador y el objeto de arte, en el convencimiento de que si se le enseña bien y se le explica correctamente lo aprecia y lo disfruta.

A este propósito, es muy significativa una de las escenas que aparecen en El Santero de San Saturio:

         “Debo decir que mis amigos los escojo entre gentes humildes y de natural       buen sentido,… No les cunde la lectura, pero las pocas páginas a que da        lugar mi conclusión de faena las comprenden como muy pocos críticos.         Otras veces, les muestro reproducciones de Paul Klee, de Marc Chagall o      de Juan Miró y la intuición jamás les engaña; ven la profundidad de los        trazos y colores, comentando con calor y respeto:

         -¡Coña, qué gata..! (Un Klee) – o bien:

         - ¡La de personal que hay aquí metido! (Un Miró casi totalmente abstracto.)   Estoy orgullo de mis amigos, estos paisanos compañeros de taberna, con olfato       de refinadísimo connaisseur. Me hacen feliz con sus comentarios, y yo les    devuelvo la fineza acompañándoles al copeo en las tascas de la calle Real.”

         El arte no puede estar separado, insistiría, de la crítica, ni de la vida. La crítica tiene que tener en cuenta la obra, pero en el marco de la historia del arte en general:

         “Tratar de comentar y valorar el arte actual sin conocer profundamente todo el arte anterior es tarea destinada al más inútil de los fracasos. Y,   además, historiar el arte antiguo desconociendo el nuevo novísimo no         lleva sino a           una entomología y mineralogía de lo consagrado, no ya     odiosa, sino         absolutamente criminal. Tan descomedido es explicar la      obra de Manet  sin        referirse a Velázquez, como comentar a éste        prescindiendo de Manet. Eso de      encerrar materia tan maravillosa cual       es el arte en apartados estancos,          sólo   puede ser obra de perfiles       burocráticos y, en efecto, no de otro modo se profesa en los pobres        centros de burocracia que son las universidades”

         Cuando se habla de su sinceridad, de su mordacidad, en el fondo no se hace sino ratificar su voluntad de “justicia”, de ser justo, a la hora de realizar la crítica de cada corriente artística, cada obra de arte. Para Manuel García-Viñó, Gaya Nuño es un “escritor del arte”; alejoado, escribiría en 1959, “del crítico gacetillero que repite tópicos y pretende enseñar lo que no sabe, como del imponente y sesudo escritor de minorías muy iniciadas -casi terminadas de puro iniciadas- que inventa raros términos y pseudofilosóficas honduras para revestir de extrañas salsas lo que podía ser no más que un sencillo pan cotidiano”.

“La obra de arte necesita, sobre todo, gente que comprenda las obras realizadas y las acepte como una manifestación más de la vida”, escribía el mismo Gaya Nuño en 1960.

         Coincidía, en esa misma línea, con el pintor Antonio Saura cuando respondía a las preguntas de Ramón Chao para la Revista Triunfo, 1972: “Creo que arte y vida van unidos. Es decir, no creo que ninguna forma de expresión artística sea algo además de la vida. Hay que realizarlo siguiendo el proceso de la vida misma…

         El compromiso del crítico está precisamente en saber mostrar esa relación De ahí que, cuando se instala en la Ermita de San Saturio cite, uno por uno, todos los libros y obras de arte que le acompañan en su lugar de retiro y de observación:

         “Me quedé en la ermita, ya dueño de las llaves, y acomodé el ajuar.        Conmigo traía una maleta de libros, a saber: Santa Teresa, Eça de    Quiroz, Sartre, Baroja, la Biblia, Baltasar Gracián, Antonio      Machado,   San Juan de la Cruz, Unamuno, Proust, Valle-Inclán,          Gerardo Diego y Dostoievski. Puse junto a los tales el librillo de horas   que traje en          la      faltriquera para leer a ratos perdidos, no otro sino el famosísimo Fray    Gerundio de Campazas, del Padre Isla. De todos ellos me servía y todos        venían en calidad de amigos. Por lo demás, me acompañaba el material         preciso para continuar trabajando en mi Bibliografía         crítica de Picasso.          A la cabecera de la cama clavé, con chinchetas, una          reproducción del Guernica, de Picasso, y otra de La amistad de las bestias, de Paul Klee.          Quedé satisfecho, por haber entendido siempre que el primer santo          surrealista, con su busto cortado como en un collage de Max Ernst, era       San Saturio.”

         Este gesto simbólico de Gaya Nuño pone de relieve su deseo de que Soria forme parte de ese mundo en el que arte y vida siempre van de la mano. El mismo gesto simbólico, pero tan valiente o más que éste, que le llevó a colocar una placa fija en el número 15 de la malagueña plaza de la Merced, donde había nacido Picasso, un día de los años sesenta, según se recoge en el ABC del 14 de junio de 1967, “el poeta Leopoldo Panero y el crítico de arte Juan Antonio Gaya Nuño. El acto no fue del agrado del entonces gobernador de Málaga. Pero el poeta y el crítico la instalaron donde está, contra viento y marea.”

         Un hombre valiente y consecuente, pues, donde los haya; lleno de “Pasión por el arte, pasión por España, pasión por la Justicia”, como escribiría Camón Aznar.

 

II

COMPROMISO INTELECTUAL

A) COMPROMISO CON EL PUEBLO

         Nacido en el seno de una familia de la burguesía soriana, Juan Antonio Gaya Nuño mantuvo, durante toda su vida, un compromiso incuestionable con su pueblo y con sus ideas democráticas. Durante la guerra, formó parte del ejército republicano, en un Batallón, Numancia, que, patrocinado por Benito Artigas Arpón, Miguel Ranz y Carlos de Benito, estaba compuesto por milicianos sorianos. Acabada la guerra, fue arrestado, cuando regresaba a Soria, y un Tribunal Militar le condenaría a 20 años de prisión, y a una inhabilitación para todo cargo público.

         Entre los textos publicados en sus obras completas, nos encontramos con uno, Mi final de la guerra, en el que Gaya Nuño, derrotado ya el ejército republicano, deja bien claro el orgullo que le merece llevar el uniforme de soldado republicano por las calles de un Madrid ocupado ya por las tropas franquistas: “Si doy un rodeo – pensé – mostraré miedo o inferioridad. Continué por la acera, pisando firme. Y se apartaron para dejar paso a quien, pese al capote sin insignias y a la cabeza destocada, las botas altas y la maletita declaraban su condición de oficial rojo a gritos. Llegué a casa, abracé a mi mujer, compartimos la pena de haber perdido la guerra y devoré un poco de carne freía. Creo que mi aspecto era horrible. En dos días había andado unos cien kilómetros desde la República hasta el Fascismo.”

         De aquella guerra, Juan Antonio Gaya Nuño nos cuenta, en Los gatos salvajes, 6 episodios que corroboran ese mismo compromiso. De esas vivencias, citaremos tres ejemplos muy breves:

“Jamás me olvidaré, escribe en uno de esos relatos, de estas nunca largas horas pasadas junto al pueblo, en las que aprendí infinidad de cosas que no se estudian en la Universidad.”

         “Las conversaciones de trinchera, chabola y parapeto, relata en otro, son        mucho más          interesantes, agudas y profundas que las que puedan   sostener los grandes hombres, los inmortales en la dedicación que       fuere.          Bastante más instructiva había sido la charla que siguió al disparo     imprudente del chico de Gárgoles que toda una conferencia sobre          zoología.”

         “Desayunar en el campo un café hirviendo en el momento en que lo pide          el cuerpo y rodeado de buenas gentes, teniendo casi debajo al       enemigo, es una voluptuosidad que compensa de otras mil durezas         bélicas.”

         En otro de sus textos, Sor María de Asís, que forma parte de otro libro inédito, Milagro a la fuerza y otros prodigios, aparecido en el segundo tomo de sus Obras Completas (2000), Gaya Nuño realiza un retrato fraternal y emocionante de una muchacha de Aragón, monja, primero, miliciana, después, y beata, al final de su vida.

         El relato – uno de los más acabados seguramente - comienza con la evacuación de un convento de Madrid. Las 23 monjas son distribuidas entre las casas de sus familiares. Entre ellas, Manuela Guerrero, novicia de 23 años, de Molina de Aragón. Su primer destino, una vez fuera del convento, fue ayudar en la cocina del Quinto Regimiento republicano. Allí conoce a Tomás García Hernando y se casan. Embarazada, mientras su marido lucha en el frente, “conoció la solidaridad de las excelentes mujeres madrileñas, procuró ser una de tantas, lo fue en los días primeros y más graves del asedio.” Da a luz y, al poco tiempo, le anuncian la muerte de su marido en el frente. Ante las dificultades de vivir en Madrid, se traslada a Barcelona, y, después, a Francia, camino del exilio. Un avión bombardea su comitiva y mueren sus dos hijos: “Pero Manolita no lloró, no gritó, no mostró desesperación… Los muertos son vivos que dejan de seguir viviendo para convertirse en podredumbre. Y lo que importa es la vida.” Manuela sigue camino de Francia, pero se cae, pierde el conocimiento, despertándose ya cuando las tropas franquistas la encuentran en una masía. Su enajenación mental le impide contar o recordar nada. Su antigua superiora la reconoce y la lleva otra vez al convento, en donde es beatificada. La nota de prensa que recoge el acontecimiento refleja claramente lo absurdo de la situación: “En 1939 fue una de las que antes reingresaron en su convento, donde sus actos de piedad edificaron a las novicias. Son numerosos los milagros, y goza de especial fama el de las rosas, con el que Dios Nuestro Señor quiso premiar los servicios de su ejemplar sierva. Descanse en paz la monjita de aroma medieval, elegida por la Providencia para iluminar a España en la senda de la religión. Inmediatamente, ha sido incoado, con anuencia del Nuncio de Su Santidad y por especial deseo del señor obispo de Madrid-Alcalá y patriarca de Indias, don Leopoldo Eijo y Garay, el oportuno proceso de beatificación. Tenemos la impresión de que se resolverá en breve y positivamente, y con ese deseo estamos de acuerdo todos los católicos españoles.” Y Gaya Nuño concluye: “Y beatificaron a Manolita. Y aplaudimos la decisión.”

         Su honestidad intelectual, en tiempos tan difíciles, le granjearon, ya lo hemos dicho, muchos sinsabores. Les molesté siempre, y no solo por lo que escribía”, confesó a Juan José Armas Marcelo en un viaje que hizo a Canarias para, como cuenta el mismo periodista en un artículo publicado en 2000 en ABC: “conocer a “la gente de Inventarios” que le habíamos publicado unos meses antes Los monstruos prestigiosos, una colección de cinco relatos bellisimos.” “El viejo republicano Gaya Nuño, termina su artículo Armas Marcelo, el escritor de Los monstruos prestigiosos, hablaba ya entonces con una certidumbre sin fisuras, que le daba una meridiana claridad a su discurso, propiedad sólo de esos sabios raros que saben sobrevivir a las sombras fantasmales que siempre buscaron liquidarlo, matarlo, excluirlo, silenciarlo – como si nunca hubiera sido ni existido -, pero no lo consiguieron.”

         Libre, gracias al valor que le concedieron muchos, y después de muchos años de ausencia de Soria, Juan Antonio Gaya Nuño decidió resolver su “deseo de Duero, de altos chopos, de sierras grises,…, pero, sobre todo, de paz”; para darse así mismo una salida, un cauce, una oportunidad en su tierra, con su gente, escribiera, con la mano tendida, El Santero de San Saturio. Un Canto General a Soria.

 

III

B) COMPROMISO CON SORIA: EL SANTERO DE SAN SATURIO

         Aunque nació en Tardelcuende, Soria fue seguramente su lugar en la historia. Parecía pues lógico que su primera propuesta literaria tuviera relación con ella. Pero, antes de decidirse, tenía que buscar todavía: “…un retiro donde no me exijan profesión de fe ni de dogma”. Y este lugar, fuera de la ciudad – por razones obvias -, fue la Ermita de San Saturio, y el santero, él mismo, el principal testigo de cargo. “Publicado… - escribirá en la introducción a su segundo libro, Tratado de Mendicidad (1962) - con excelente crítica de la mayor solvencia y olfato, revoloteo de otra mezquina, pasiones desatadas en la tierra del santero, con acompañamiento de alaridos, corazones sangrantes, anónimos y demás relieves regocijantes, desde dentro y fuera de casa, esto es, desde la familia y desde los corazones de no pocos amigos,…”.

         Esas reacciones tan fuera de lugar, en algunos casos, y que tanto dolieron a su inteligencia, y que tanto duelen a la inteligencia en general, fueron seguramente las que le llevaron, entre otras decisiones, a no querer hablar nunca en público en Soria. No se trataba de un gesto de altivez, de engreimiento, de soberbia, sino de un posicionamiento firme, como todos los suyos, contra el sectarismo empobrecedor y miope, ya que, contra lo que algunos afirmaban, su libro, leído con generosidad, con gallardía intelectual, era, y es, un sencillo y emocionado homenaje a su ciudad y a sus paisanos.

 

EL SANTERO DE SAN SATURIO

 

         Años antes, en 1907, Antonio Machado había pasado por Soria y no había dudado en convertir a sus habitantes, sabios y dignos, en personajes de uno de los libros más importantes de la literatura universal, como es Campos de Castilla. Gerardo Diego había incidido en lo mismo unos años más tarde con su Soria sucedida. Gaya Nuño, consciente del valor que tuvo aquel compromiso con la ciudad, quiso refrendarlo con una especie de puesta al día personal, “imparcialmente, rectamente”, de la vida diaria de sus paisanos, su cultura popular, sus espacios urbanos y naturales,…  Con el ánimo, ante todo, de, asumiendo el pasado, continuar con un tiempo nuevo: “El pasado de la región perteneció a los nombrados. También su porvenir, cerrando una retícula en torno a Soria.”

         Se compara ahora esta obra con Campos de Castilla y Soria Sucedida. Lo cual, a nuestro juicio, perjudica a las tres, pues, comparándolas, lo único que se consigue es que se anulen entre ellas, cuando las tres, cada una en su contexto histórico, con su valor literario, su trascendencia, no son sino tres homenajes concluyentes a una ciudad que las inspiró, formando desde su publicación parte del patrimonio cultural soriano.

         A lo largo de todo el libro, un estrafalario, diría él (porque no tiene clasificación dentro de los géneros literarios normales; y por ser temas de “gentes más que modestas, sólo infrecuentemente acometidas en los afanes, criterios  directrices de nuestra literatura actual), Gaya Nuño, que se siente rejuvenecer escribiéndolo, analiza además algunos defectos compartidos; elogia la labor de los cantores de su tierra (Machado, Gerardo Diego,…), y termina haciendo el panegírico del Santo, su patrón, y una loa al Padre Duero, testigo permanente del devenir soriano.

         Si la música de violín, como relata Ernesto Sempere, compañero del penal de Valdenoceda, había conseguido el milagro de vencer su profunda desesperanza en los duros días de aquel penal de Burgos, la escritura del Santero de San Saturio se convirtió para él en el punto de reencuentro necesario con lo suyo y con los suyos; la consagración de su YO, al servicio del TÚ machadiano, personalizado en el conjunto de su tierra y de sus gentes:

         “Por lo demás, me divierte la redacción de mi quincenario soriano.        Algunas líneas van amargadas, pero confío en hacerme más comprensivo    y optimista según pasen los días en la ermita; según el aire de la sierra y el agua del Duero me hagan más humilde, más santero de San   Saturio. Con más tiempo en la ermita, incluso espero poder escribir        cosas magistrales. Creo que si éstas no      abundan es porque pocos       literatos se avienen a esta vida de sencillez, cuidando      la casa de un santo        sencillísimo, trotando los riscos y capoteando por la ribera.”

         La Ermita de San Saturio, fuera de la ciudad, parecía el balcón ideal, el observatorio, desde el que proyectar una mirada propia, generosa, emocionada y comprensiva, tanto hacia fuera como hacia dentro de sí mismo, tras su ausencia entre 1937 y 1951. 

         Un remanso de paz, sagrado, mitológico, desde el que San Saturio, ese personaje discreto, humilde, glorioso, símbolo de Soria, protegió siempre a la ciudad, y desde donde, Gaya Nuño, convirtiéndose en santero oficial, además de realizar las tareas propias de su cargo, poder escribir sobre Picasso, leer, contemplar, “que para mí, dice, vale tanto como oración, vagabundeo, limosneo, copeo”. Desde donde recordar su niñez: “y, como cuando era chico, iría por toda la ciudad gozando del hábito blanco, que la deja tan hermosa y tan limpia, tan digna y señora”; curar sus enfermedades: “A los seis meses de ermita, confiesa, mi cuerpo vuelve a ser tenso y acerado, como en la guerra. No existe el hígado, ni las alergias, ya sin veneno lento de la ciudad. Rejuvenezco.” En la Ermita de San Saturio había encontrado el único “punto en la tierra que ofreciese todas estas felicidades”: “… harto de ciudades populosas, de caretas perpetuamente sonrientes escondiendo intenciones horrendas; estaba harto de perder todas mis horas hablando con algunos listos y muchísimos tontos, sin que para mí y para mis confesiones quedara alguna.”

         “Que bien se está en su soledad”, podríamos repetir con él, para saldar su compromiso personal con su ciudad y sus habitantes. Para hacer, como dice también, una confesión de parte, en paz.

 

a) LA CIUDAD Y SU ENTORNO.

         “Las ciudades, río, río Duero, son accidentales y cambiantes. Ya lo ves: esta misma Soria, que he ido barajando en mi quincenario, también es cambiante, porque está matando, o quizá el gerundio adecuado sea “superando” sus antiguos y honrados hábitos. Es la geografía la que no cambia.”

         Gaya Nuño entiende que, para comprender a su tierra, tiene que partir de lo que constituye su fondo inmutable: la geografía. De alguna manera, se siente, y lo dice, “más dueño de la ciudad y de su tierra que las autoridades”. Nadie como el Santero “puede dominar tan bien la trabazón social de la ciudad, nadie como él, es decir, como yo, al llamar a todas las puertas y recoger monedas de muy diversas manos,…”

         Desde esa autoridad, auto-proclamada, se siente legitimado para describir la ciudad como algo querido, próximo, porque, como todas las ciudades enormes, Soria también es de todos, y también suya (“mi ciudad”; “esta ciudad mía”): para recorrerla, señalar sus rincones, nombrar sus tabernas, dar nombre a las personas que la habitaban o la habían habitado, hablar de sus dimensiones, de sus títulos (leal),  tamaño y color (chiquita y blanca). Es decir, ensalzar cada signo de identidad al objeto de universalizarlo; para trascenderlo.

         La ciudad se ve representada, por otra parte, en la Sociedad, con sus grupos de intereses, colectivos y privados, las relaciones entre ellos, resumidas, en parte, en el estudio de los dos bloques de socios del mismo Casino, La Amistad: “obreros, estanqueros, contratistas, empleados modestos, comisionistas, ancianos maestros o funcionarios jubilados, riquejos pardillos del campo, feriantes, los cazadores y pescadores, que mantenían peñas mentirosas y exageradas; dependientes de comercio y estudiantones del magisterio, grandes como castillos.” – Y el casino Numancia: “médicos, abogados, magistrados, catedráticos, altos cargos, el señor gobernador civil, no faltaría más, el delegado de Hacienda,...” También en sus  tabernas (la del Garrin, la de la Cabrejana,…, Universidades populares en donde también se aprende: “¡Cuánto hemos aprendido en esas universidades privadas que son las tabernas de Soria!” Pues todo eso es Soria. Y su compromiso, proclamarlo bien alto.

         La ciudad son también sus iglesias y sus devotas, sus curas y su ambiente: “¡Qué bien me conozco las iglesias de Soria! ¡Y sus curas, sacristanes y devotas! Yo puedo decir, viendo unas flores de trapo sobre un altar, el nombre de la beata viuda o solterona que las trabajó.” Y es, en fin, Numancia, la heróica Numancia, y el nudo de ferrocarril de Torralba del Moral, y los casi 50 nombres de pueblo que cita: Agreda, Aldealseñor, Aldehuela, El Burgo, Almazán, Camparañón, Castilfrío, Cosquezuela, Gormaz, Fuentelmonje, Fuentetoba, Huérteles, Los Rábanos, Matalebreras, Lumpiaque, Medinaceli, Magaña, Montejo de Liceras, Morón de Almazán, Narros, Navaleno, Portelrubio, Quintana Redonda, San Felices, San Leonardo, Somaén, Sotillo, Talveila, Tozalmoro, Valtajeros, Yanguas, etc.

 

b) LOS SORIANOS.

         Si su compromiso con la ciudad es importante, lo es más con todos sus habitantes. Sobre todo con los de su misma condición: “gentes humildes y de natural buen sentido, exentos de intereses y de prejuicios”; el Pobre Ciego de Soria, los Santeros que le precedieron (Mansuelo), la gente del hampa: “Siempre gocé condenándome con el hampa, que en Soria es doblemente sabrosa, por comedida y señorial.” Los mendigos: el tío Roto, El Pesquete, el Francés. “Había mucho de hidalguía, escribe, y de raza eterna en aquellas asambleas de caballeros menesterosos.”

         Otros sorianos aparecen también caracterizados en el Santero: los indianos, los pintores, los músicos, los labriegos. Y algunos rasgos genéricos que Gaya les atribuye: estóicos y cínicos ante la muerte, por ejemplo. Estoicos, escribe, porque es propio de pueblos viejos: instruidos en el dolor, doctorados en la magia más sabia del simbolismo, lo que les permite utilizar la burla como dialéctica infalible, y el desprecio como coraza.” Estoicos, como el popular Canario: “La propia y escalofriante ausencia de emotividad en el popular canario.” Así que no le cuesta nada concluir: “Estoy muy contento, muy orgulloso de que mis paisanos estén de acuerdo en esta postura estoica y digna ante el más allá. Me satisface que los dolientes sorianos, cuando han de mostrarse más dolientes, lo hagan con estoicismo.”

         Capítulo a parte, dentro de este Canto General, merecen para él “Las de arriba”, las cortesanas de Soria, que echa de menos: “No vienen porque ya no existen; ya no hay, oficialmente, cortesanas en Soria.” Y, con nostalgia, concluye: “No, no había pecado ni vicio en los burdeles. El Duero purifica cuanto baña, aclara pecados de otras tierras, dignifica la calle del Marmullete. Pero sus mujeres ya no vendrán a dar su paseo de invierno que acaba.”

         Como ven, el Canto General no para de sonar, con sus cuadros cambiantes, capítulo a capítulo, en un quincenario que, de mes a mes, va tomando forma definitiva.

c) LA CULTURA POPULAR

         El Santero de San Saturio le sirve también para elogiar la cultura popular de Soria, como había hecho antes, entre otros muchos, Antonio Machado. El primer ejemplo estaría representado por la cultura gastronómica popular: “Yo, para preciarme de ser soriano, declaro, públicamente, que me regodeo con esta comida de sardinas, atún y chicharros embalsamados, y que no la cambio por faisán. El escabeche acompaña a los sorianos en sus venturas, tanto como en sus desgracias.” Pero no solo, pues: “Naturalmente, el soriano en fiestas y el romero de San Saturio no se limitan al escabeche, pese a los millares de latas vacías que van al Duero. En este río, la tradición del buen comer comprende, además, el cabrito y la cochinillas, como platos especiales, ya asados y enteros, ya fritos en pequeños trozos.” Y un buen vaso de vino, aunque Soria, lastimosamente, escribe, no sea de viñedo.

         Con su estilo directo, da un repaso a los deportes y a los toros. A los primeros, para ridiculizar la importancia que tuvo en una época el tenis en Soria, y la poca del fútbol. En el segundo caso, cuenta la trágica muerte de su amigo Vicente Ruiz El Chicote, al que todos habían animado a torear. Luego vendrían las fiestas: las de San Juan, San Saturio, y las de los pueblos. Ni una seña de identidad se queda en el tintero. 

d) DEFECTOS

         Pero el compromiso con su tierra no se limita a exaltar sus virtudes. También sus pequeños vicios compartidos. El primero es el del individualismo, al que dedica un capítulo. Queriendo mejorar la vida de sus colegas santeros de la provincia, les hace una visita y les invita a asociarse en un sindicato. Objetivo imposible pues ninguno se fía, porque, como dice el de la Ermita de la Virgen de Olmacedo: “eso es de franchutes, de rotos y de gente que no ha comido caliente en toda su vida.” Así que, asumiendo su fracaso, concluye: “No escarmentaré nunca. Me meto en jaleos y salgo cardado.” Aún así, continúa.

         El segundo es el del papanatismo. Es decir: el creerse más que los demás, o despreciar la cultura propia o cercana, sintiéndose atraído por la ajena: “Si os aqueja el papanatismo, que sea el madrileño y no el navarro…” “Pero mejor todavía, no envidiéis a nadie.”

         Frente a este vicio por exceso, está el vicio por defecto: el sorianismo. Es decir: “la tranquila contemplación horaciana de la vida.” Un sorianismo que: “en ocasiones, se hace xenófobo y chauvinista; pueblerino y grosero; pequeño y mezquino. El sorianista, con su pequeñez, resulta no ser sino caricatura del soriano, de modo que las virtudes de la meseta degeneran en orgullo, la parquedad celtíbera se trueca en risible miseria, y todo tiende al achabacamiento.” Un sorianismo “cerril” que negaba apoyo a los cursos de extranjeros, un busto a Miguel de Cervantes en su Alameda, etc., etc.

e) MACHADO, GERARDO DIEGO.

         Frente a estos vicios, los mismos en todos los lugares, el alter ego de Gaya Nuño describe también la virtud del agradecimiento, del reconocimiento público, a aquellos que “abrillantaron esta tierra cruda y medieval –Antonio Machado y Gerardo Diego-, llegaban por parecidas fechas desde lejanas latitudes a encargarse de sus cursos; y, por eso, hallaban una Soria tan justa, tan “total, precisa y exacta”.

          “Antonio Machado se acercaba al paisaje, a la inmanente y fabulosa herencia geológica de nuestra tierra, e ignoraba cuanto no fuera esencia contemplativa, es decir, poesía. ÉI realizó el milagro de aprovechar las licencias líricas, aparatosas y deslumbrantes de Rubén Darío, para sintetizar una poesía de salutación al paisaje más pobre y austero de las Castillas.”

         “Y, ahora, todo lo noble de Soria quedaba antologizado, condensado, en una summa poética trabajada no más que con nobleza, sencillez y lirismo de buen cuño. Ésa es nuestra clave, ésa es la ventaja sabedora que todos los sorianos llevamos sobre cualquier otro español. Y uno de los muchos menesteres que he realizado en mi vida, y el más gustoso, ha sido el de intérprete y guía de Machado, situando y detallando los lugares de esta geografía entrañable.”

         Su compromiso con la ciudad, con sus habitantes, de Soria y del Duero, no podía olvidarse de quienes, venidos de otros lugares, compartieron el mismo compromiso. Y si las palabras de Machado fueron excelsas, otro tanto lo son las de Gaya Nuño, cuando se refiere al entorno del Duero: “hermosura viva, que templa los sentidos y levanta el alma.” Compromiso por compromiso.

         Tampoco se olvida de Gerardo Diego. “Llegó muy mozo a Soria —veinticinco años—, se enamoró de la ciudad y la cantó en poesía quizá no tan honda como la del maestro Machado, pero encantadora por lo musical, suelta, fácil y cariñosa, con nostalgias de Lope, como las que suenan en sus letrillas:

Río Duero, río Duero,

nadie a acompañarte baja,

nadie se detiene a oír

tu eterna estrofa de agua.

Indiferente o cobarde,

la ciudad vuelve su espalda...”

 

Y tampoco de otros nombres excelsos, sorianos, como Mariano Granados, Bernabé Herrero, Virgilio Soria:

 

Soria de nuestros padres, Soria de nuestros hijos.

En fin, nuestra Soria, buena, pura y sencilla,

colgada junto al cielo, allá en la alta Castilla.”

 

Todos caben, ninguno sobra, parece decir el santero.

Citando todos estos nombres, recogiendo citas de sus elogios a Soria, Gaya Nuño quiere que quede clara la categoría de su ciudad, cantada por los poetas más excelsos. Así, cuando Marcos Molinero, director, a la sazón, del periódico local Hogar y Pueblo, le invita a participar en la edición de un especial con motivo del 50 aniversario de la muerte de Antonio Machado, su colaboración, publicada en la primera página, aprovecha la ocasión para abordar el tema del reconocimiento, tal como Antonio Machado había hecho en su discurso de homenaje a Antonio Pérez de la Mata muchos años antes:

         “Gracias merece Marcos Molinero Cardenal[2] por haber ideado este        número de su trisemanario en honor de Antonio Machado. Y acepto su    invitación a colaborar en él del mejor grado porque jamás he rehuido       participar en estas conmemoraciones. Pues aún entendiendo que no son          necesarias unas fechas claves, unas datas fijas, para mostrar la adhesión y el cariño para con un gran creador, presente siempre en la memoria y en el          corazón las celebraciones de centenarios pueden y deben resultar útiles a        los olvidadizos y a los arrepentidos de antiguos desvíos. Y, si con este        esfuerzo común se consigue que alguien desconocedor de la obra de         nuestro poeta se aproxime a ella y la disfrute, el menester no habrá sido vano. Y ello se dice con el temor de que todavía haya en Soria y su   provincia, no pocas gentes mal o nada enteradas de quién fuera su cantor,      el celebrante de la modesta épica soriana de cada día.”

Juan Antonio Gaya Nuño no desprecia pues lo que de positivo tiene la conmemoración de una fecha fija como es un Centenario. Sus palabras de hace 38 años valdrían también para éste en el que conmemoramos el suyo propio: “Y, si con este esfuerzo común se consigue que alguien desconocedor de la obra de nuestro poeta se aproxime a ella y la disfrute, el menester no habrá sido vano.”

No, no habrá sido en vano conmemorar su propio Centenario en este año 1913.

 f) EL DUERO 

         Claro que, antes de terminar su Canto General a Soria, habría que releer su último capítulo FINAL, SOBRE EL DUERO, sin dejarse ni una coma: “Se merecería ofrendas de palomas, suovetaurilias, hecatombes de verdad, de las de cien bueyes. Porque es un dios fluvial impoluto.”

         El Duero, el padre Duero, alcanza en este libro indispensable una dimensión mitológica que lo convierte al mismo tiempo en un “don” y un “regalo” para los sorianos de todos los siglos, que lo recorren diariamente con devoción. Es azul, tirando a verdoso, en el estío. Es deseo, transparencia, paz, regular, sabio, silencioso, merecedor,.. “El río de todos los siglos, de los pasados y de los porvenir. Siempre con tus barbas de invierno, apoyando en tu jarra celtibérica con decoraciones de peces y de toros, Duero viejo, Duero fuerte, Duero amigo.

         Todo lo demás es anécdota pasajera. Tú sobrevives y eres eterno… Y todos te debemos mucha fortaleza y mucho pecho duro. Sabemos que fueron tus aguas las que templaban la hoja de las faltas numantinas, para derrotar a romanos. Sepas que, si éste era tu orgullo, es el nuestro también.”

         Ahí queda, para siempre, su compromiso con Soria, que no es otro que su compromiso con su orgullo de soriano. Un compromiso que es un Canto General.

         Por eso, a modo de despedida, como última nota de su Canto General, solo le queda expresar su profundo sentimiento de felicidad: “Yo era feliz, porque estaba muy cerca del Padre y Dios Duero, en la ermita de San Saturio.”

Y a nosotros solo nos queda concluir que una vida y una obra como la Juan Antonio Gaya Nuño merecen un reconocimiento permanente en la memoria de la cultura española y soriana. Max Aub escribió que: “La inteligencia no tiene remedio.”

Venía a recordar que, a pesar de todo, personajes como Juan Antonio Gaya Nuño no morirán nunca porque su obra, su vida, perdurará mientras exista algo de memoria en el mundo. De todas las maneras, merecía la pena, pensamos nosotros, recordar todos estos compromisos una vez más. Sobre todo aquí, en esta Universidad de la Experiencia, y esta tarde abril de 2013, en Soria, 100 años después de su nacimiento.

Muchas gracias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Licenciado en Derecho por la Universidad de Zaragoza, aunque nunca ejerció, tras terminar los estudios de leyes que realizó por imperativo paterno, comenzaría la licenciatura de Filosofía y letras. Se doctoró en Filosofía y Letras y ganó la cátedra de Teoría de la Literatura y de las Artes en la Universidad de Salamanca en 1924. Durante esos años en Salamanca, se vio muy vinculado al partido Radical, y a la persona de Miguel de Unamuno, causa por la que tras el final de la Guerra Civil perdiera la cátedra. Desde 1939 impartió lecciones de Historia del Arte en la Universidad de Zaragoza. En 1942, mediante concurso de oposición, obtuvo la cátedra de Historia del Arte medieval en la Universidad de Madrid, de cuya Facultad de Filosofía y Letras llegó a ser decano y con posterioridad Decano honorario.

[2] En el Centenario de Antonio Machado, Juan Antonio Gaya Nuño, Hogar y Pueblo, 1975.