Hebe. Leonor Izquierdo Cuevas 1894-1912. Carolina Riera Cardona

      
 
Ilustración portada: Félicitée. Óleo sobre lienzo: Silvia Clapés Torres




Una novela de Carolina Riera Cardona

Selección de textos
 

I

(una grieta en la pared)

 

«Voy en tren camino de Nantes. Un paisaje colmado de neblina se adhiere por un instante al cristal y en mi retina como si intentase arrancar sus raíces, borrar los caminos y desviar los senderos para participar, aunque solo sea en un nuevo intento fallido, en la aventura de subirse a un tren que invade sin escrúpulos su espacio.

Dentro de mí, un anhelo de quietud. Albergo esperanzas contradictorias que con mejor fortuna han conseguido subir al tren y parecen dibujarme un gesto mucho más apacible que el de las últimas semanas, los últimos días, las últimas horas y hasta el último segundo antes de abandonar el andén y salir definitivamente de París”.

 

«Todavía no habían vuelto a esa casa que se perdía entre los estrechos callejones de la parte antigua de la ciudad y, después de tantos años, ese espacio olvidado reclamaba una mano compasiva que abriese —aunque solo fuese por unas horas— esos ventanales que daban a la calle de la Bâclerie.» 


II

(se miran, hablan…)

 

«Berthe Vittet vive en la calle de la Bâclerie, en Nantes. Es un callejón estrecho muy cercano a la plaza de l’Écluse, en uno de los barrios más antiguos de la ciudad. La casa es pequeña pero para ella es suficiente; la reformó hace ya algunos años. Las lluvias habían hinchado las maderas de las puertas que daban al callejón y tuvo que sustituirlas por otras que parecen cerrar herméticamente.

Seguramente, desde entonces, los inviernos son más llevaderos. Tiene geranios en un estrecho balcón donde apenas se puede dar un paso. Ahora las puertas son blancas y las cortinas también. No ha cambiado ni remodelado nada más. La fachada no tiene muy buen aspecto pero, por ahora, aguanta el paso del tiempo y parece que no exige ninguna reforma inmediata. Ello no quiere decir que Berthe, que no es una mujer precavida,

abandone todo el peso de su cuerpo en las barandillas que dan a la calle. Sabe que no debe hacerlo porque solo un poco de cemento las une a la fachada y se ve que están algo cedidas; sobre todo, la que queda a la izquierda cuando miras sus balcones desde el callejón. Aparentemente, desde la calle, cuando elevas un poco la mirada y observas ese balcón, te da la impresión de que los dos ventanales se hallan en la misma habitación en el interior de la casa, pero no es así. El de la izquierda comunica con su alcoba, único dormitorio, y el otro, el de la derecha, donde pasa la mayor parte del tiempo, comunica con un curioso salón”.

 


La casa de la calle de la Bâclerie.

III

(la casa de una mujer)

«Cuando uno entra en una casa (por ejemplo, en casa de Berthe)», repetía a modo de salmodia mientras me adentraba en calle de la Bâclerie. Habían terminado los delirios, las quimeras, los simulacros y los folios garabateados de simulaciones. Iba a entrar, por primera vez en casa de Berthe.

Posiblemente había sido la propia experiencia la que me había llevado a concluir que solo se llegaba a conocer a una persona si habías estado, aunque fuese solo una vez, en su casa y lo que no dudaba porque lo sabía con certeza era que se trataba de uno de los pocos o únicos dogmas que agilizaban mi vida. Lo sentía como un apéndice ligado al hábito de relacionar los rasgos faciales con el temperamento de las personas; no todo acababa ahí. Había más y necesitaba delatarme al contar que dichas interrelaciones aparecían de manera casi enfermiza. Eran juegos adictivos, juegos que rellenaban huecos, colmaban espacios y completaban silencios.

Variopintos decorados deslumbraban mis ojos cuando la llave abrió la puerta. Entré de puntillas en todos los sentidos que podamos interpretar esas palabras; mariposeé por todas las esquinas de aquel lugar. Abrí los ventanales; primero de una habitación y después de la otra. Entré en la cocina que, ante mi sorpresa, tenía el techo abuhardillado, y abrí, con cierta dificultad, una puerta de madera a la que se accedía tras bajar dos escalones de piedra que estaban situados en la parte donde el techo era más bajo. Nada más abrir, entró la gata que hasta ese momento había olvidado; lamió mis dedos y las tiras de cuero con las que ataba mis sandalias, ladeó hacia un lado y hacia el otro aquella cabecita que había inclinado de manera coqueta entre mis piernas y empezó a descender los mismos escalones que acababa de subir. Abrí totalmente aquella puerta que había quedado entornada ante la entrada repentina de la gata y descubrí que los dos escalones del interior eran solo el final de la escalera que subía de un patio exterior en forma de pasillo. Desde abajo quise aplaudir ante la belleza de aquel ambiente creado de la nada; aquel humedal verdecido entre dos pequeñas y antiguas construcciones, eran una lección arquitectónica para todo aquel que pudiera contemplarlo.

El pasillo lo diseñaban una serie de macetas colocadas en fila india y la oquedad, cuya amplitud era la que ocuparían dos personas que caminan juntas, se iba ensanchando a medida que avanzabas por él aunque también era cierto que el cruce con una tercera hubiese exigido, en cualquier punto del trayecto, que una cediese el paso a las otras. Al llegar al final, un jazmín gigantesco cubría, como si de una sombrilla se tratase, una pequeña mesa adornada de esmaltes y una silla.

Bajo la mesa, había dos pequeños cuencos de barro con comida y agua para Poupée. Me senté y respiré hasta sentir la ebriedad del jazmín: quería quedarme”.

 

Capítulo IV


(la carta de Sophie) 

«"Hola, soy Sophie. No sé cómo empezar ni sé si seré capaz de abrir unas compuertas que permanecen cerradas en mis adentros desde hace posiblemente demasiado tiempo. No te equivocabas, Agnès, al tacharme de

fría e impasible. Lo soy. Es cierto. Solo puedo decirte, aunque sé que no me escuchas y que ya es tarde, que esa fue la única opción que me quedaba si tenía que seguir viviendo; era el único sendero por donde podía atreverme a seguir caminando: vivir bajo un paraguas por un camino solitario y permanecer a resguardo de todas las inclemencias que sé que existen aunque sólo sea por el hecho de haber nacido mujer”.

 

Capítulo V

(el que observa)

«Nada hacía previsible aquella llamada. Ya habían transcurrido siete meses desde su vuelta y, aunque seguía de manera intermitente la investigación, ya no esperaba ninguna respuesta. Durante las primeras semanas, había guardado una tímida esperanza pero también era consciente de que, como suele ocurrir casi siempre, uno encuentra respuestas a modo de consuelo antes de que la esperanza se desvanezca. Algo así había ocurrido.

Estaba convencida de que si el doctor Morel la llamaba, sólo sería para informarla de la recién descubierta pérdida de cientos de historiales médicos que, por una razón u otra, habían permanecido en los sótanos del hospital a la espera de ser nuevamente clasificados; que las fuertes lluvias del pasado otoño, unidas al mal estado del alcantarillado, habían producido una inundación en los subterráneos donde se hallaban los malogrados documentos. Otra opción era que la pérdida hubiese sido el resultado de una ineficiente gestión administrativa, un caso más de desidia o error huma no. Lo cierto es que, al escuchar el mensaje en el contestador, la sorprendió que no hiciese mención alguna de aquellos miserables acontecimientos. Escuchó el mensaje sin prestar demasiada atención porque seguía atrapada intentando imaginar el estado de los ficheros, de sus expedientes y los residuos de tinta todavía húmeda que bañaban aquellos historiales apergaminados y descoloridamente azulados. Esos fueron los únicos pensamientos que la inquietaron antes de colgar definitivamente el teléfono.

Cuando ya había entregado la tarjeta de embarque y se dirigía al avión, un repentino sobrecogimiento la hizo ser plenamente consciente de que el mensaje que había decidido su inmediato retorno no le ofrecía ninguna probabilidad de que hubiesen encontrado algo. Lo escuchó, de nuevo, antes del despegue: «Il se peut qu’il y ait quelque chose d’intéressant pour vous; mais je ne peux rien vous garantir. Je vous rapellerai. Au revoir, Madame.»

 

Hôpital Fernand Widal, Maison Dubois, Maison Municipale de Santé.

"A LA MÉMOIRE de ceux qui ont succombé dans cet établissement victimes de leur dévouement au service des malades".

 ("A LA MEMORIA de los que sucumbieron en esta institución víctimas de su entrega al servicio de los enfermos").

A LA MÉMOIRE des personnels des Hôpitaux Fernand Widal et Saint-Lazare morts ou disparus lors des deux Guerres Mondiales (Guerre 14-18 et Guerre 1939-1945.

(A LA MEMORIA del personal de los Hospitales Fernand Widal y Saint-Lazare muertos o desaparecidos en el transcurso de las dos Guerras Mundiales (Guerra 14-18 y Guerra 1939-1945).


Capítulo VI


(apuntes)


«Cécile Berthe Barré nació el 19 de febrero de 1888 en una pequeña región de Saint-Florent-Le Viel, situada a orillas del Loira, a escasos kilómetros de Nantes. Hija y nieta de farmacéuticos por el lado paterno, era la pequeña y la única hija del joven matrimonio Barré. Sus hermanos se llamaban Albert y Jean.


(Charlotte)

La madre de Cécile, Charlotte, había llegado a ser una mujer muy respetada en la comarca tanto por sus méritos artísticos como por sus cualidades humanas. No era oriunda de la ribera del Loira y, durante un tiempo, su fama remitió a unos orígenes desconocidos, tejedores de una aureola de misterio que por la extraña belleza de sus rasgos habían llegado a crear leyendas que se acercaban incluso a lo exótico. Asistía como oyente, con toda la regularidad que su labor como madre le permitía, a clases de Bellas Artes en el Liceo de Nantes, donde no tardó en figurar como una valiosa colaboradora en las prácticas de los talleres y como una eficaz ayudante en distintas disciplinas humanísticas. Destacaban sus preferencias por las lenguas clásicas y una predilección especial por la literatura alemana.

Era una mujer cuyo comportamiento la declaraba, irremediablemente, avanzada en su época; careciendo de estudios superiores de carácter oficial, era un ejemplo de mujer independiente y autodidacta. La educación que daba a sus hijos, con quienes permanecía gran parte del día, conciliando con una gracia envidiable sus responsabilidades como madre con las consabidas debilidades artísticas, se caracterizaba por la tolerancia y las buenas maneras.

Mlle. BARRÉ Cécile Berthe, 1ère Infirmière, 30 ans.

Décédée le 19 Octobre 1918 (Grippe Asiatique)

BARRÉ Célice, Enfermera Primera, 30 años. 
Fallecida el 18 de Octubre de 1913 (Gripe Asiática)

(Cécile)

La pequeña Cécile era la nieta que nunca llegó a conocer la intrépida Celeste; era un fruto tardío del matrimonio que había contraído Charlotte con Albert Barré. Se habían conocido en el Conservatorio de Nantes y su noviazgo había durado el tiempo estrictamente necesario para finalizar los arreglos de la casa familiar de Saint-Florent-le-Vieil y para obtener el permiso expreso de la autoridad eclesiástica.

Era una niña que había crecido en un ambiente afectivo en la casa familiar y muy cerca de su madre, a la que acompañaba al Liceo, donde era —como se pudo comprobar— conocida por todos, tanto por alumnos como por profesores. Rápidamente fueron también reconocidas las facultades artísticas de Cécile. Sus inolvidables participaciones en las representaciones teatrales del colegio y del Liceo eran valoradas unánimemente como brillantes. La jovencísima Cécile estaba especialmente unida a su hermano Jean, ocho años mayor que ella; con él compartía no solo unas líneas faciales esencialmente mediterráneas sino también la fortuna de haber sido bautizados por la vena humanística de su madre. El mayor, Bert —diminutivo de Albert—, había manifestado prematuramente su fascinación por todo lo relacionado con la navegación y no había tardado en vivir bajo la tutela de un tío abuelo paterno que era descendiente de una familia de armadores bretones que tenían sus instalaciones en el nuevo puerto de Saint Nazaire.

 

(Celeste)

Celeste había decidido abandonar París e independizarse un 5 de septiembre de 1848, el mismo día que cumplía dieciocho años. Sus pasos la llevaron a Roma, ciudad que la recibió con una hospitalaria bienvenida sin ofrecerle seguramente ningún indicio que le permitiese inferir que, veinte años después, la muerte pondría punto final no solo a su vida sino a una celebración que había durado hasta el último minuto. Charlotte, su única hija, solo escribió una nota que señalaba el día y decía así: «Mi madre murió el 17 de agosto de 1868».

De su padre nunca se tuvo ninguna noticia. En Roma, año 1948, era todavía verano y solo habían pasado dos semanas desde su llegada, cuando un benévolo azar había llevado a Celeste, la abuela de Cécile, a compartir con otros huéspedes una accidentada experiencia en una pequeña pensión de la Piazza Barberini. Allí había conseguido una habitación mientras buscaba una casa donde instalarse y cumplir uno de los sueños que la habían empujado a iniciar ese viaje para el que solo había comprado el billete de ida. Fue víctima, como el resto de los huéspedes, de un repentino e improvisado registro militar. Ella no entendía exactamente lo que estaba ocurriendo pero, desde que había llegado, era un ambiente agitado el que se respiraba en las calles del Corso y sus alrededores. Se trataba, como pudo saber más tarde, del estallido de unas jornadas revolucionarias. Cinco extranjeros —tres hombres y dos mujeres—, fueron retenidos a lo largo de unas horas que debieron de resultar interminables; horas estas en que, según apuntaba Celeste en una carta de 1850, el tiempo había adquirido una esencia humana que lo convertía no solo en algo intangible sino también en una experiencia inconcebible. Fue entonces cuando la vio por primera vez. Era una mujer sin edad; su templanza desvelaba el armonioso casamiento de la sensualidad y la madurez cuando ambas respiran con tono sosegado y pleno. Admiraba el examen y la rápida asimilación que desplegaba aquella mujer sobre todo lo que estaba ocurriendo. Era una mujer magnánima y valiente que aceptaba las páginas de la vida conforme iban pasando. Hablaba de su hijo, el pequeño Angelo, al tiempo que evocaba sus largos y añorados paseos atravesando la isla de Fire, un banco de arena de cincuenta kilómetros que se extendía al sur de Long Island.

Se llamaba Margaret. Los tres jóvenes franceses, François, Pierre y Sebastian, compartían aspiraciones artísticas y recreaban un paradójico cuadro renacentista que sorprendía por su belleza exultante; una belleza que parecía expandirse por los rincones más siniestros de aquel lúgubre habitáculo donde esperaban ser liberados”.

 

 

 

 

No recuerdo dónde leí o escuché una vez que la verdadera amistad entre mujeres gozaba, además, de cierto poder de absolución.

Quizás esa frase vuelve hoy irremediablemente a mi memoria porque solo con su clemencia y con la amnistía que otorga el tiempo cuando ya han pasado más de cien años, me he sentido capaz de comunicar el legado que nos dejó una mujer, Leonor. Fue, como tantas otras, una vida breve; acababa de cumplir dieciocho años cuando murió; pero apenas unos meses antes, como podremos observar a través de su azaroso diario, había estado ingresada cincuenta y cinco días en París. Enfermó el 14 de julio de 1911.

Agnès



VII

(El diario de Leonor)


Miércoles 11 de enero de 1911. París.

 

Llegamos ayer por la noche. Era muy tarde. Acabo de despertar y es la primera vez que lo hago en París. La verdad es que ya hace un rato que estaba despierta porque, aunque siempre intenta no hacer ruido, nunca lo consigue y yo me despierto enseguida. Hoy ha vuelto a ocurrir. Veo que hay cosas que no cambian aunque estemos en otro país. A veces pienso que no sé dormir del todo o que nunca he dormido profundamente. Me hago la dormida aunque no lo esté; me gusta escuchar sus movimientos mientras se viste y estoy segura de que él se habrá ido más tranquilo si piensa que sigo durmiendo. Sé que hoy solo debo esperarle. No sé qué manía tiene con el descanso. Yo ya se lo digo, que no estoy cansada, que no puedo estar cansada pero él dice que no, que necesito descansar.

Creo que todo lo que acabo de escribir debería borrarlo o arrancarlo y empezar de nuevo. Me he equivocado, estoy segura. Tía Concha me dijo que lo primero era poner la fecha y eso es lo único que está bien; después me dijo que le diese un repaso al día y no le puedo dar ningún repaso porque no me ha pasado nada. Ella debía de estar convencida de que escribiría por la noche y ahora es por la mañana. Prefiero escribir cuando estoy sola y, desde que salimos, es la primera vez que me quedo sola y tenía ganas de empezar así el día. No sé qué más puedo decir. Hemos llegado”.


VIII

(la segunda carta de Sophie)


«Cuando volvía a París, sentía una gran felicidad al descubrir que, a través de Gertrude, le llegaban noticias frescas de su hermana y, al viajar a Nantes para visitar a su familia, sentía lo mismo al ver a Cécile — o mejor, Lud, que era el apodo con el que él mismo había bautizado a su hermana desde que esta había sufrido aquella aparatosa caída—, ya que, entre ellas, mantenían una continua correspondencia. La relación alcanzó tal grado de estima y admiración que Cécile, recuperada de su lesión en la pierna, aceptó una beca como interna en la enfermería de la Maison Municipale de Santé en 1908 y, meses después, Gertrude, necesitada de un ambiente cálido donde poder avanzar en sus estudios musicales, aceptó la hospitalidad que le ofrecía la familia Barré y acabó estableciéndose en la calle de la Bâclerie atraída por el entorno que, gracias a Lud (como ella también solía llamarla), había descubierto en Nantes.

Te preguntarás si he olvidado el jardín y el momento en que se convierte en una prolongación de la casa. No, no lo he olvidado. Verás, sigue así. Gertrude pensó en el extraordinario hábitat que le ofrecía Nantes y todos sus alrededores; pensó en los gratos momentos y las largas veladas que había pasado con su amiga Lud y también sintió cierta fascinación con la popularidad del vecino párroco al que, acompañada de Jean, no tardó en ir a visitar. Pasado un tiempo, ocurrió algo inesperado que volvió a causar un verdadero dolor a todos los vecinos y parroquianos de la ciudad: el joven párroco amaneció muerto en el claustro de la iglesia. Gertrude, terriblemente afectada y temerosa de que otra misteriosa desaparición fuese el inminente destino de aquel extraordinario piano, viajó a Burdeos con un solo objetivo: consultar con los responsables de los bienes de la Abadía, la posibilidad de comprarlo. Fue, sin duda, dicha reacción la que atestiguó claramente el verdadero espíritu bohemio que anidaba en ella y la savia innovadora que lo movía; tampoco aceptó lo que era evidente para cualquiera: la estructura arquitectónica de la Bâclerie se convertiría en un impedimento insalvable.

Algunos diocesanos que guardan la memoria legendaria de aquel piano cuentan que descendió desde la sacristía hasta el claustro, y que acabó entrando misteriosamente en la casa, donde permanece desde entonces. Unos comentaban que no había quedado resquicio alguno de aquella oquedad; otros, sin embargo, que aquella profunda herida causada en el centro neurálgico de la fachada interior de la casa, no cicatrizó hasta que una nueva cavidad oxigenó la llaga: un estrecho orificio, como una boca estrecha, consiguió comunicar el claustro de la parroquia con la Bâclerie.

Pues bien, aquella abertura, cerrada durante años, fue descubierta por Berthe. Paradójicamente, tu silencio resuena cuando observo el piano; son suaves acordes armónicos que susurran a lo lejos...”





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Otros textos e imágenes de la novela:

"En esta novela nos encontramos con Leonor Izquierdo". 
Amparo Hurtado



«Pero nuestra salida del Hôtel de l’Académie apenas duró media hora. Las calles estaban cerradas, sin paso para los vehículos y, a pesar de todos sus esfuerzos, volvimos. Además, la tos ya no me permitía apenas respirar y los esputos de sangre eran cada vez más frecuentes». Hôtel de L’Académie. Rue du Perronet. Paris. Hebe. Carolina Riera.


Les Jardins du Luxembourg

No sé por qué sigo repitiendo los mismos pasos ni sé por qué voy todavía al mismo banco. Ya nada es lo mismo. Ella se fue y en su corazón se llevó todos los cantos de los pájaros. Tampoco el cielo es tan azul como el que mirábamos las dos a través del ramaje de los árboles”. HebeCarolina Riera.

Imaginas a Cécile sentada en un banco? ¿Imaginas a Cécile sentada en un banco de los Jardines de Luxemburgo? Cuando una mujer entra en un jardín, está sola en el jardín. Siempre hay una mujer que está entrando sola en un jardín”. Hebe. Carolina Riera.

«Daba la impresión de que el último mes hubiésemos viajado en el mismo tren pero en vagones distintos, y que ese tren había llegado a la estación: el banco del Jardín de Luxemburgo. Un viaje en el que yo había encontrado una amiga invisible y él se había encerrado en ese mundo que solo él conoce y del que vuelve con un caudaloso torrente de vida». HebeCarolina Riera. 


Maison Dubois - Maison Municipale de Santé - Hôpital Fernand Widal

Los tres nombres del mismo hospital de París en el que el matrimonio Leonor Izquierdo y Antonio Machado estuvieron alojados entre julio y septiembre de 1911



Hôpital Fernand Widal, 1959, anteriormente Maison Dubois y, en 1911, Maison Municipale de Santé




«Hospital Fernand Widal 200, calle Faubourg St Denis 75010 París. Era la misma dirección, no había ninguna duda; se hallaba por segunda vez ante el busto de Fernand Widal (1862-1929)». Hebe. Carolina Riera. 



Fernand Widal

«¿Qué había en ese rostro que volvía a dejarla inmóvil?» Hebe. Carolina Riera. 


Hospital Fernand Widal 200, calle Faubourg St Denis. Paris. 

«El señor de negro se ha dormido bajo un marronnier». Hebe. Carolina Riera.

Hospital Fernand Widal 200, calle Faubourg St Denis. París. 

 "Ahora voy a intentar dormir. Me duele la espalda y me siento muy cansada. ¡Ojalá no tarde en volver Cécile, mi dulce enfermera! Necesito hablar con ella antes de que Antonio despierte. Sé que es la única que puede ayudarme; ella es la otra cuenta". Hebe. Carolina Riera.



«El follaje recuperado de los castaños de indias le ofrecían una imagen diferente al decorado invernal y se asemejaba mucho más a la de aquel verano de 1911». Hebe. Carolina Riera


«—Mi vida sería hoy distinta si un tal señor Dimitri, un vecino ruso, no le hubiese regalado esas vacas a mi padre el mismo año que yo nací. De pequeña no fui nunca consciente de que las visitas de algunas personas estaban relacionadas con aquellas vacas; fue más tarde cuando lo supe». Hebe. Carolina Riera. 

1 rue Lola Dommange – Maison dans la Vallée – 77210 Avon

«Sonne à la porte du concierge et je viendrai t’ouvrir». (Lettre du 31 décembre 1922). Hebe. Carolina Riera. (Cliché Gildas Gourlay, 1997).


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Recortes y comentarios de prensa de la novela.





            Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. 
            Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. 
            Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. 
            Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

                      Antonio Machado (Campos de Castilla)



Broché que llevó Leonor Izquierdo Cuevas el día de su enlace matrimonial con Antonio Machado.